Capítulo 43 #2
Se llevó una mano al pecho, como si pudiera tocar su corazón para calmar el dolor y la angustia que sentía. Sin contenerla, dejó caer una lágrima mientras bajaba la cabeza.
—Perdóname, ángel —susurró a la nada.
∞∞∞
Ya estaba listo y de camino para asistir a la reunión donde todo terminaría. Había pasado el resto del día lamentándose en su despacho después de confirmar que Liviana había partido hacia Green Hills.
Al menos estaría a salvo si algo salía mal. Ese era el único consuelo que le quedaba.
Y, si todo salía de acuerdo con el plan, a primera hora de la mañana partiría hacia Green Hills, la alcanzaría y le explicaría todo.
Le aseguraría que todo lo que había dicho Emma era mentira y que formaba parte de una misión.
Las probabilidades de que Liviana quisiera escucharlo eran escasas.
Había visto el dolor en sus ojos y sabía que estaría molesta, maldiciéndolo y odiándolo mientras pensaba lo peor de él.
Pero no importaba. Él lucharía y esperaría su perdón aunque pasaran años, porque la amaba y no estaba dispuesto a dejarla ir sin luchar por ese amor.
Emma iba sentada en el asiento de enfrente, en silencio. Al menos agradecía que no estuviera haciendo preguntas ni quisiera estar pegada a él. No tenía ánimos para lidiar con ella en ese momento.
Cuando el carruaje se detuvo frente a la propiedad, Marcus observó el lugar a través de la ventanilla.
Era una residencia amplia y elegante, construida en ladrillo oscuro, con altas ventanas y una escalinata de piedra que conducía hasta la entrada principal.
No poseía la magnificencia de las grandes mansiones de Mayfair, pero resultaba evidente que pertenecía a alguien con una fortuna considerable.
Dos faroles iluminaban la entrada y una verja de hierro separaba la propiedad de la calle.
Marcus frunció ligeramente el ceño al notar la falta de vigilancia.
Había esperado encontrar hombres apostados cerca de la entrada o, al menos, alguna señal de que la reunión estaba siendo protegida.
Después de todo, estaban traicionando a la nación y debían saber perfectamente lo que ocurriría si eran descubiertos.
Pero, al parecer, confiaban demasiado en su propia discreción.
El lacayo abrió la portezuela y Marcus descendió primero.
Antes de ofrecerle la mano a Emma, recorrió los alrededores con la mirada para ubicar dónde estaría Vance esperando la señal.
No consiguió verlo, pero sabía que estaba allí.
Vance era muy escurridizo y sabía ocultarse perfectamente entre las sombras, por lo que no se preocuparía demasiado por él.
Luego observó las ventanas, la disposición de la fachada y los puntos desde los que podría ser visto desde el exterior. Necesitaba saber dónde situarse cuando llegara el momento de dar la señal. No tendría demasiado tiempo para improvisar una vez identificara al hombre que buscaban.
—¿Estás de mejor humor? —preguntó Emma cuando estuvo a su lado.
Marcus la miró, reprimiendo un suspiro cansado.
—Me molestó que fueras a mi casa —respondió en voz baja—. Fuiste imprudente, Emma.
Por no decir que había sido una loca a la que había querido tomar por el cuello.
Ella frunció ligeramente los labios.
—Tenía que decírtelo.
Marcus apretó la mandíbula con el impulso de gritarle que ese niño no era suyo, que jamás la había tocado aquella noche, pero tenía que contenerse.
No podía permitir que Emma sospechara nada cuando estaban a punto de entrar directamente en un nido de víboras.
Por eso suavizó la expresión y le dedicó una sonrisa.
—Lo sé. Y estoy feliz por el bebé.
Emma se iluminó inmediatamente.
—¿De verdad?
Marcus asintió. Ella sonrió y tomó su brazo.
—Entonces espero que todo lo relacionado con el divorcio se resuelva pronto. No veo la hora de convertirme en tu esposa.
Marcus no respondió. Simplemente comenzó a caminar con ella hacia la entrada de la residencia.
Un sirviente los recibió y, tras comprobar discretamente quiénes eran, los condujo hacia el interior.
Marcus permaneció alerta mientras atravesaban un vestíbulo decorado con lujo y avanzaban por un corredor hasta llegar a un amplio salón.
Al entrar, observó que había alrededor de una veintena de personas distribuidas en pequeños grupos. Algunos sostenían copas mientras conversaban en voz baja; otros permanecían junto a las ventanas o alrededor de pequeñas mesas. No había música ni el bullicio habitual de una velada social.
Marcus comenzó a observar los rostros presentes, reconociendo a varios.
Había nobles, hombres a los que había visto innumerables veces en recepciones, clubes y salones de baile.
También distinguió a hombres vinculados al comercio y las finanzas, además de algunos caballeros relacionados con círculos políticos y administrativos.
Personas que, por separado, jamás habrían llamado especialmente su atención.
Continuó recorriendo el salón con la mirada hasta que se detuvo en un rostro conocido.
Ravensworth.
Tuvo que controlar su expresión para que la sorpresa no lo delatara. De todos los hombres que había imaginado encontrar allí, Ravensworth no había sido uno de ellos.
Su peor adversario en la Cámara de los Lores resultó ser un traidor.
Quién lo habría imaginado. Marcus casi sintió deseos de reír.
Aunque, pensándolo bien, quizá no debería sorprenderle tanto.
Los hombres sedientos de poder siempre encontraban una manera de convencerse de que sus actos estaban justificados.
Creían que podían cambiar las cosas a su conveniencia y actuar sin consecuencias.
Marcus apartó la mirada de Ravensworth. Ya tendría su merecido, y nadie podría quitarle la satisfacción de verlo responder por sus actos de traición.
Emma lo condujo hacia uno de los grupos más cercanos. Estaba formado por varios caballeros y tres mujeres que conversaban entre ellos con naturalidad.
—Caballeros, damas —intervino Emma con una sonrisa—. Quiero presentarles a alguien. Lord Marcus Livingston, duque de Agnes.
Todos lo miraron con sorpresa durante un segundo antes de ofrecerle sonrisas y palabras de bienvenida.
Uno de los hombres estrechó su mano con entusiasmo, mientras otro le aseguró que era un verdadero honor contar con su presencia esa noche.
Marcus respondió con la misma cortesía, interpretando su papel de querer formar parte de su red.
Nadie hizo preguntas ni quiso saber por qué el duque de Agnes, conocido por su posición en la Cámara de los Lores y sus conexiones con hombres cercanos a la Corona, aparecía repentinamente en una de sus reuniones.
Definitivamente, estaban demasiado seguros de su propia discreción.
Y eso comenzaba a preocuparlo. Si confiaban tanto en que nadie podía infiltrarse entre ellos, ¿cómo demonios habían descubierto a Wexford y Marlowe?
Marcus continuó conversando con los caballeros mientras prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor, incluida la conversación de Emma con una de las mujeres, que estaban a unos pasos de ellos.
No reconocía a esa dama. Y, a juzgar por su vestimenta, probablemente pertenecía a una familia burguesa que había prosperado hacía poco y no podía evitar demostrarlo.
Llevaba demasiadas joyas y un vestido confeccionado con telas evidentemente costosas.
Debía de rondar los treinta años. Las otras dos mujeres, en cambio, parecían pertenecer a la alta sociedad, aunque tampoco las reconocía.
—¿Y qué ocurrió con el vizconde? —preguntó Emma—. La última vez que hablamos parecías bastante encantada con él.
La mujer soltó un gruñido de disgusto.
—Resultó ser un asqueroso espía de la Corona.
Marcus arqueó una ceja disimuladamente. Ella debía de ser Alice Winslow, la mujer que le había tocado a Marlowe.
—¿En serio? —preguntó Emma.
—Lo descubrí a tiempo y lo denuncié. Desde entonces no he vuelto a saber nada de él.
Marcus apretó la mandíbula. Maldita. ¿Cómo se había dejado descubrir Marlowe por esa mujer?
—A Pearl le ocurrió prácticamente lo mismo —intervino otra de las mujeres—.
Aunque ella no se ha dejado ver desde entonces.
Supongo que todavía siente vergüenza después de haber presumido durante semanas de haber conquistado al marqués de Wexford y descubrir que el hombre solo pretendía sacarle información.
Ahora comprendía que no habían descubierto a sus compañeros porque existiera una filtración dentro del grupo. Los habían descubierto las propias mujeres a las que intentaban sonsacar información.
Miró a Emma por el rabillo del ojo, notando que ya lo estaba observando con una expresión seria.
«Maldición».