Miserable Matrimonio Capítulo 43
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Capítulo 43

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Parece que la tranquilidad de los duques de Agnes ha durado muy poco.

La señorita Emma Ashton fue vista entrando en la residencia del duque y, curiosamente, no mucho tiempo después, la duquesa de Agnes, abandonó la mansión acompañada de numerosos baúles.

¿Significa esto que los rumores de divorcio eran ciertos después de todo? ¿O acaso la duquesa simplemente decidió abandonar a su esposo tras la entrada de la amante?

Tal vez ese matrimonio feliz que tanto se empeñaron en mostrarnos durante las últimas semanas no fuera tan feliz después de todo.

Algo me dice que esta historia está muy lejos de haber terminado.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

Ya todo estaba listo para el viaje a Green Hills. Los baúles ya estaban siendo preparados y cargados en los carruajes. Solo esperaba que Marcus terminara de reunirse con el hombre que había aparecido de forma imprevista. Ya llevaban más de media hora encerrados en el despacho.

—El conde es un verdadero gruñón —se quejó la señora Parker—. Bien sabe que el aire del campo podría hacerle bien. Podría animarlo un poco, pero no, prefiere quedarse en Londres.

—Es su decisión, nana —expresó Liviana, tomando una de las galletas de mantequilla que le había preparado su nana.

Estaban sentadas en el jardín esperando a Marcus. Liviana había querido sentarse allí para memorizarlo y recordarlo durante los meses que estaría en Green Hills.

—Definitivamente, él no cambiará —suspiró la mujer con una expresión de tristeza—. Pensé que, en su condición, cambiaría un poco, se acercaría más a ti y se daría cuenta de todos sus errores, pero es un necio.

Liviana sonrió mientras daba otro mordisco a la galleta.

—No te preocupes por eso. La verdad, si mi padre llegara a pedirme perdón o buscara mi cercanía, se sentiría demasiado extraño.

La señora Parker sonrió con tristeza y acarició su brazo, mirándola de forma maternal.

—Ay, mi niña. No sabes cuánto me duele que hayas crecido sin el amor de un padre.

—Pero te tuve a ti, nana. Me diste el amor que necesitaba y te agradezco mucho todo lo que hiciste por mí —dijo con una sonrisa, tomando una de sus manos y apretándola con fuerza.

La señora Parker dejó escapar una lágrima y asintió.

En ese momento, Jayne se acercó con paso apresurado hasta ellas. Liviana la miró con la cabeza ladeada.

—Jayne, ¿qué pasa? —preguntó.

—No te va a gustar saberlo, pero... la señorita Emma está aquí —avisó con preocupación.

Liviana se levantó de la silla como un resorte, con el ceño fruncido.

—¿Qué...? Pero ¿qué hace ella aquí? —inquirió, molesta.

—Según escuché, vino a ver a Marcus.

Liviana apretó los puños y, sin esperar más, entró en la casa, encaminándose hacia el vestíbulo, pero al llegar no vio a nadie. Apretó aún más los puños y se dirigió hacia el despacho de Marcus, con Jayne y la señora Parker siguiéndola.

—Liviana, debes tranquilizarte. Estás encinta —le recordó su nana, pero ella no se detuvo.

A medida que se acercaba, escuchó las voces provenientes del despacho. La puerta estaba entreabierta.

—Pudiste enviar una carta —escuchó la voz de Marcus—. Vete. Iré a verte dentro de una hora en el Black Swan.

Liviana se detuvo en seco, con el corazón martilleándole en el pecho. ¿Por qué Marcus la vería dentro de una hora? ¿Acaso...?

No. Negó con la cabeza, llevándose una mano al pecho.

—Pero... es importante —escuchó ahora la voz de Emma—. Además, si nos vamos a casar en cuanto te divorcies, no importa si nos ven.

El mundo pareció derrumbarse a sus pies y el aire se volvió denso. Sintió cómo algo dentro de ella se rompía en mil pedazos. Sus ojos se humedecieron y tragó saliva con dificultad.

No entendía por qué Emma decía esas cosas. Ellos no iban a divorciarse. Marcus... él no...

—No es el momento de hablar de esto. Haz lo que te digo, por favor, Emma.

Levantó la cabeza, mirando la puerta sin ser capaz de moverse.

—Estás molesto, pero, en cuanto te dé la noticia, te alegrarás.

Liviana ladeó la cabeza con una expresión devastada en el rostro mientras contenía las lágrimas.

—¿Qué noticia?

—Estoy encinta.

Liviana abrió los ojos al mismo tiempo que una lágrima escapaba y resbalaba por su mejilla.

Una mano se posó en su hombro, pero ella no se giró a mirar. Respiró con dificultad y, de repente, la ira se mezcló con el dolor, la tristeza y la decepción.

¿Cómo era posible que Marcus hubiera jugado con ella de esa forma? Haciéndola creer que la amaba, pero ¿qué ganaba él con eso?

Secándose las lágrimas con brusquedad, abrió la puerta de un tirón, tomándolos por sorpresa. Emma estaba frente a Marcus con ambas manos sobre su pecho. Marcus levantó la mirada y abrió mucho los ojos al verla allí.

Enseguida se apartó de Emma y dio un paso hacia Liviana, pero ella retrocedió.

No lo quería cerca. Sentía un nudo atorado en la garganta y unas inmensas ganas de llorar, pero, aun así, esbozó su mejor sonrisa irónica y lo miró fijamente para luego dirigir la mirada hacia Emma, que tenía una amplia sonrisa en el rostro.

—Solo te haré una pregunta —dijo, tratando de que su voz no temblara—. ¿Es verdad?

Marcus negó con una expresión de horror en el rostro y los ojos llenos de preocupación.

—Ángel... —musitó, queriendo acercarse a ella, pero Liviana levantó una mano para detenerlo.

—¡¿Es verdad?! —gritó, perdiendo el control.

La señora Parker la abrazó por los hombros con los ojos llorosos.

—Por supuesto que es verdad —respondió Emma sin perder la sonrisa—. Marcus nunca dejó de amarme. Si te hiciste ilusiones creyendo que él te quería, fue tu propio error, querida. Lo mejor será que vayas preparándote para el divorcio. Nuestro hijo tiene que nacer como legítimo.

Liviana miró el vientre de Emma y luego a Marcus, siendo incapaz de creer que él la hubiera engañado de esa forma cuando tantas veces le había jurado que ella era la única mujer que deseaba, que Emma no significaba nada para él.

—¿Era por esto que querías que me fuera a Green Hills? ¿Para ocultar lo que estabas haciendo en realidad? —expresó ahora con la voz más baja y rota.

Marcus tragó saliva con dificultad. El corazón le latía con violencia contra las costillas.

—No, todo esto tiene una explicación. Emma solo es...

—Agnes —interrumpió una voz. Liviana levantó la mirada por encima del hombro de Marcus para ver a un hombre que estaba de espaldas, mirando hacia la ventana—. Debe ser sincero y decirle a su esposa lo que siente por la señorita que le dará un hijo. No puede arruinar esta oportunidad.

Liviana frunció el ceño y miró a Marcus, confirmándolo todo. No sabía quién era ese hombre, pero, si estaba al tanto de todo, era porque todo... era cierto. Vio cómo Marcus negaba con la cabeza y apretaba los puños.

Ella asintió despacio, conteniendo las lágrimas. No podía llorar allí, no delante de ellos.

Marcus se acercó otra vez con cautela y los ojos llenos de súplica y dolor.

—Te... prometo que todo tiene una explicación. Te lo contaré todo, pero... debes ir a Green Hills, por favor. Yo... iré dentro de unos días —articuló él con esfuerzo—. Cree en mí, por favor.

Liviana negó sin decir nada. Dirigió una última mirada a Marcus, tomando la decisión que debió tomar desde el principio. Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Marcus se quedó mirando la puerta vacía, sintiendo cómo una parte de él se desprendía de su cuerpo.

La impotencia que sentía le quemaba el pecho, al igual que la rabia y la frustración por no poder retenerla y contárselo todo, decirle que era mentira, que ese hijo que Emma decía llevar en su vientre no era suyo.

Que él jamás le había sido infiel y que solo la amaba a ella.

—No entiendo por qué quieres protegerla, Marcus.

Ella es la culpable de todo, de que hoy no estemos juntos.

Si no te hubiera atraído a aquella trampa hace dos años, ni siquiera la habrías mirado.

Tiene suerte de, al menos, haber probado lo que se sentía al ser una duquesa.

Será el único recuerdo bueno que le quede de este matrimonio.

—¡Cállate! —gritó sin poder contenerse. No podía seguir escuchándola despotricar contra su esposa, la mujer que realmente amaba.

Emma dio un paso atrás, asustada.

—Ma... Marcus...

—Vete, Emma. Nos veremos esta noche. Ahora tengo que arreglar este desastre —dijo más contenido, apretando los puños.

Emma solo lo miró con el ceño fruncido, pero terminó asintiendo.

—Espero que para la noche te encuentres de mejor humor —replicó con seriedad antes de retirarse del despacho.

Marcus se quedó mirando a la nada, tratando de controlar la ira que sentía y, sin más, estrelló el puño contra la pared con tanta fuerza que sus nudillos comenzaron a sangrar. Ni siquiera el dolor pudo calmar la rabia que sentía.

—Casi lo arruina todo, Agnes —recriminó Harrington.

Marcus se giró hacia él con la mirada ensombrecida.

—¡Su maldita misión arruinó mi matrimonio! —gritó con ira y los ojos humedecidos—. ¿Sabe lo que se siente que la mujer que ama lo mire con desprecio y odio? No —negó con amargura, soltando una carcajada cínica—. Usted no sabe lo que es amar a alguien.

Harrington lo miró con serenidad.

—Esta noche es la reunión. Nada puede salir mal, Agnes. Es su trabajo.

Marcus lo miró con tanto odio que tuvo que darle la espalda para no cometer una locura.

—Váyase de mi casa. Y, si esta noche cumplo con el objetivo, le prohíbo volver a pisar cualquiera de mis propiedades.

—Mida sus palabras, Agnes. Puedo ser un aliado muy valioso o su peor pesadilla.

Marcus esbozó una sonrisa cínica antes de girarse para enfrentarlo.

—Usted mismo lo dijo, ahora soy duque. Tengo mucha más influencia que antes. En comparación con usted, que sin el cargo que ocupa al servicio de la Corona es un simple hombre.

Sabía que esa declaración de enemistad podía poner en riesgo muchas de sus alianzas, pero debía demostrarle a Harrington que él también podía convertirse en su peor pesadilla.

Harrington lo miró con los ojos entrecerrados.

—Espero buenas noticias, duque —y, sin más, salió del despacho, dejándolo solo.