Capítulo 42 #2
Incluso Bombón y Nube habían dejado de dormir con ella; Marcus había ocupado su lugar. Ella tuvo que ordenar que hicieran pequeñas camas para ellos, que colocó cerca de la chimenea. No podía abandonarlos por Marcus; ellos habían estado con ella desde muy pequeños y nunca la habían dejado sola.
—Ya quiero que pasen estos dos días —comentó Jayne.
Liviana la miró, notando la tristeza en su semblante.
Comprendía por qué Jayne quería abandonar Londres cuanto antes. La noticia del compromiso de Winchester la había tomado por sorpresa esa mañana y el cruel comentario de Lady Kennt había terminado de hacerle aún más daño.
Ya había aceptado ir al campo con Lillian y Jayne. Partirían en dos días. Su padre había tomado la decisión de quedarse en Londres.
Ya estaban haciendo los preparativos para trasladarlo a Hamilton House.
Su nana lo cuidaría con la ayuda del hombre que había venido con él desde Brasil.
No había insistido en que los acompañara.
Después de todo, durante días días ella lo veía muy poco.
Lo visitaba cada mañana, comprobaba cómo se encontraba por si necesitaba algo y luego se retiraba.
Él nunca hacía el intento de retenerla o entablar una conversación.
Al parecer, seguía detestando su presencia.
—Si lo dices por lo que escribió Lady Kennt, no deberías darle importancia —respondió Liviana, aunque sabía que eso era difícil.
Jayne negó con la cabeza.
—Quisiera hacerlo, pero es difícil. Todo lo que dijo es cierto —musitó antes de detenerse.
Dos damas se acercaban en sentido contrario. Al ver a Jayne, comenzaron a susurrar entre ellas, pero, al pasar por su lado, saludaron a Liviana con cortesía.
—Su gracia.
Liviana apenas les correspondió el saludo.
—Odio la hipocresía de esta sociedad —dijo en voz baja, antes de concentrarse nuevamente en su amiga—. Yo digo que el marqués perdió a una gran mujer.
Jayne le sonrió con tristeza y luego se encogió débilmente de hombros.
—Él no cree lo mismo. Va a casarse con una dama perfecta. Aceptada por la sociedad y que prácticamente es la joya de la temporada.
Liviana frunció el ceño.
—De todos modos, él fue quien perdió. Y creo que deberías darte una oportunidad con alguien más.
Jayne soltó un suspiro que se convirtió en un chillido cuando tropezó con una piedra. Liviana la sujetó por instinto. Y, cuando se estabilizó, ambas rieron un poco.
El parque era bonito y tranquilo. El lago serpenteaba entre extensiones de césped y senderos arbolados, mientras patos y otras aves se desplazaban tranquilamente sobre las aguas.
—Oh, ese es Logan —dijo Jayne de pronto, mirando al frente.
Liviana se tensó instintivamente un poco y luego miró en la misma dirección que Jayne. El duque se estaba acercando a ellas a caballo. Al estar cerca, desmontó y tomó las riendas, guiando al animal detrás de él.
—Qué hermosa sorpresa —halagó Logan con una sonrisa.
Liviana lo saludó con una venia corta y él hizo lo mismo.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó Jayne.
—Voy a ver a nuestro padre. Quiere hablar de algunos asuntos. Leo debe de estar llegando también —explicó el duque, y Jayne se limitó a asentir—. Madre me contó que te envió una invitación para el lunes a su reunión de té.
Jayne asintió otra vez.
—No iré, regresaré al campo dentro de dos días —respondió.
—¿Por qué regresas tan pronto? La temporada aún no acaba.
Jayne se encogió de hombros.
—Ya me aburrí y extraño la tranquilidad del campo.
El duque se quedó observándola con los ojos entrecerrados, luego negó con la cabeza antes de mirar a Liviana, quien desvió la mirada hacia el camino que se extendía ante ellos.
—¿Cuál es el destino de su paseo? —preguntó de repente.
—Queremos visitar el invernadero de cristal y luego iremos a la librería. Quiero comprar algunos libros para mi regreso a Green Hills. Así que creo que deberías darme algunas libras, hermanito.
Liviana miró a Jayne con los ojos abiertos por el atrevimiento, pero luego se relajó. Entre los hermanos había demasiada confianza como para que una simple petición de dinero fuera motivo de descortesía.
El duque soltó una carcajada, llamando un poco la atención de quienes caminaban a su alrededor.
—Vamos, las acompañaré y así pagaré todo lo que quieras.
Jayne miró a Liviana con una sonrisa pícara. Al menos su ánimo había mejorado.
—Tengo el mejor hermano, ¿no cree?
Liviana sonrió y asintió. Amaba ese tipo de confianza y el cariño que se tenían. Ella habría deseado algo así mientras crecía, pero le había tocado un padre que la despreciaba.
Movió la cabeza para alejar esos recuerdos tristes. Y los tres avanzaron por el camino mientras Jayne iba hablando. Ella se mantuvo al margen de muchas de las conversaciones y alejada del duque durante todo el trayecto para impedir que algún tema indeseado surgiera entre ellos.
Cuando llegaron a la residencia, ya era casi mediodía. Collins le informó de que el almuerzo estaba listo y de que el duque tampoco se encontraba en casa.
Después del almuerzo, regresó a su habitación y, con la ayuda de su nana y Bea, comenzaron a preparar los baúles para el viaje a Green Hills.
El día anterior había visitado a Lillian.
La pobre aún seguía algo aturdida, pero la había visto mucho mejor que días atrás.
Ella también deseaba ir a Green Hills porque no soportaba permanecer en la casa donde había compartido tanto con su esposo.
Liviana la entendió y supo que Marcus había tenido razón al decir que se sentiría mejor en el campo.
Esperaba que así fuera; el tiempo haría su magia y, al final, quedaría el hermoso recuerdo de su matrimonio, que había sido feliz al lado del hombre que amó.
Y, por otro lado, estaba ansiosa por contarle a Marcus sobre el bebé.
Ya podía estar segura de que estaba encinta; su sangrado se había retrasado demasiado y los síntomas eran demasiado evidentes.
Cada noche se contenía para no decírselo.
Quería esperar hasta estar en Green Hills y que se cumplieran al menos dos meses desde la muerte de Alexander; así, la culpa y el dolor de Marcus no serían tan abrumadores al recibir la noticia.
Parada frente a la ventana, contempló el hermoso jardín que Marcus había hecho para ella y suspiró.
Extrañaría esa casa, aunque regresaría en unos meses.
Se había acostumbrado a estar allí y, sobre todo, ya no se sentía como una intrusa, como al principio, sino que lo consideraba su hogar.
También extrañaría Londres, por muy raro que sonara, pero debía admitir que había disfrutado de la temporada y, si no fuera porque tendría que regresar a Green Hills para ayudar a Lillian, se quedaría hasta el final y disfrutaría de los bailes y banquetes sociales.
Cuando llegó la noche, se dirigió al despacho de Marcus.
Él la había mandado llamar apenas llegó a la residencia.
No entendía por qué no había ido directamente a su habitación, como siempre.
Al llegar frente a la puerta, no se molestó en tocar; simplemente entró, encontrando a su esposo frente a la chimenea con una copa de licor en la mano.
Cerró la puerta con un suave clic, sin despegar los ojos de Marcus. Era demasiado guapo. Estaba sin chaqueta ni pañuelo de cuello; solo llevaba la camisa blanca, remangada hasta los codos y con los primeros botones desabrochados, dejando entrever la tersa piel de su pecho.
Ella se pasó la lengua por los labios, sintiendo el deseo recorrerle el cuerpo. Pero tendría que esperar hasta que estuvieran en la habitación, después de la cena. Y eso era esperar demasiado tiempo.
—Llegaste temprano hoy —comentó, acercándose.
Marcus se giró para verla con los ojos entrecerrados. Estaba molesto. Liviana se detuvo enseguida a medio camino, pero él se acercó, dejando la copa sobre el mármol de la chimenea.
Liviana ladeó la cabeza sin comprender su expresión.
—Marcus... ¿te pasa algo? —preguntó, ladeando la cabeza.
Él no respondió. Solo se acercó más hasta acabar con la distancia que los separaba para luego tomarla de la cintura sorpresivamente. Liviana soltó un chillido divertido.
—¡Marcus!
—¿Por qué saliste con Windsor hoy? —gruñó sobre sus labios sin llegar a tocarlos.
Liviana frunció el ceño y dejó de sonreír.