Miserable Matrimonio Capítulo 42
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Capítulo 42

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Finalmente se ha confirmado lo que muchos ya sospechábamos: el marqués de Winchester y lady Amelia Straton, hija del conde de Warwick, están oficialmente comprometidos.

Para nadie debería ser una sorpresa. Lady Amelia, aun encontrándose en su primera temporada, ha conseguido conquistar a uno de los caballeros solteros más codiciados de Londres. Y, seamos sinceras, con semejante belleza habría sido una verdadera insensatez dejarla escapar.

Sin embargo, no puedo evitar preguntarme qué pensará lady Jayne al saber la feliz noticia. Resulta curioso que lord Winchester haya decidido comportarse como un verdadero caballero con otra dama, cuando años atrás no mostró la misma consideración hacia ella.

Después de todo, lady Jayne le entregó su corazón y recibió a cambio un rechazo que la humilló ante toda la sociedad londinense cuando el marqués se negó a convertirla en su esposa.

Al parecer, no era el matrimonio lo que lord Winchester rechazaba. Quizá simplemente no deseaba casarse con ella.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

El Black Swan estaba más concurrido de lo habitual esa noche. Emma se encontraba demasiado cerca de él. Desde que había llegado, no se había separado de su lado y, en cuanto ocuparon el mismo lugar de siempre, donde no podían ser reconocidos tan fácilmente, ella se aferró a él.

—Lamento mucho lo de tu padre, Marcus —murmuró ella, apoyando una mano sobre su pecho—. Deseé tanto poder estar contigo durante esos días.

Marcus bajó la mirada hacia su mano, con ganas de quitársela de encima, antes de volver a mirarla a los ojos.

—Te escribí varias veces —continuó Emma, haciendo un pequeño mohín—. Y no respondiste ninguna de mis cartas.

Lo último que había deseado durante esos días era verla. Había tenido a Liviana; ella le había dado todo el apoyo y el amor que había necesitado.

—No quería ver a nadie —respondió finalmente, fingiendo una sonrisa triste—. La muerte de mi padre me afectó más de lo que esperaba.

Emma suavizó la expresión y asintió, pasando los dedos por la incipiente barba.

—Entiendo.

Marcus esperaba que así fuera y que no continuara preguntando. No había ido hasta allí para soportar las atenciones de Emma sin obtener nada a cambio. Para ese encuentro solo tenía un objetivo y pensaba cumplirlo: conseguir toda la información posible, porque esa maldita misión tenía que terminar.

Liviana había aceptado finalmente marcharse a Green Hills y, para su propio alivio, su madre también.

Partirían dentro de tres días y los preparativos ya habían comenzado.

Incluso había enviado aviso a Green Hills para que todo estuviera listo cuando llegaran.

Aline había decidido permanecer en Londres junto a su esposo.

Marcus no podía obligarla a marcharse sin explicarle el verdadero motivo de su insistencia.

Pero, al menos, tenía la tranquilidad de saber que su marido estaría con ella y que Liviana estaría lejos y a salvo junto a su madre.

—¿Me extrañaste? —preguntó Emma de pronto. Marcus regresó su atención hacia ella.

—Sí —fue lo único que respondió.

Emma sonrió y se acercó todavía más.

—Yo te extrañé muchísimo. —Deslizó los brazos alrededor de su cuello—.

No sabes cuánto deseaba volver a verte —dijo, soltando un suspiro—.

Estoy cansada de tener que esconderme contigo.

Quiero que todo esto termine. Que seas libre de una vez de esa mujer.

No sabes cuánto la odio, mi amor. Imagino que tú también.

Marcus apretó discretamente la mandíbula y tomó hondas bocanadas de aire, pidiendo fuerzas. Porque, si Emma continuaba hablando así de su mujer, no se creía capaz de continuar con esa farsa.

—Aunque tendrás que darte prisa —añadió Emma con una sonrisa.

Marcus entrecerró ligeramente los ojos.

—¿Por qué?

Emma bajó la mirada y se frotó distraídamente el vientre. Luego volvió a mirarlo y sonrió de una forma extraña.

—Pronto lo sabrás. Primero tengo que estar segura.

Marcus frunció el ceño. No comprendía a qué demonios se refería, pero tampoco tenía interés en saberlo. Solo quería sacarle alguna información valiosa y luego marcharse, así que empezaría ya. No retrasaría más su regreso a casa, donde Liviana lo esperaba.

—Tengo que marcharme —dijo de pronto, fingiendo cansancio.

Emma dejó de sonreír y puso una expresión triste.

—¿Ya? Pero si apenas llegaste.

—Tengo trabajo pendiente. Debo preparar algunos discursos para una reunión en el Parlamento.

—Marcus... —Emma volvió a rodearle el cuello con los brazos, negándose a dejarlo marchar—. Quédate un poco más.

—No puedo, preciosa —expresó con suavidad, intentando convencerla de que no quería irse, pero tenía que hacerlo—.

Ahora que soy duque, mis responsabilidades han aumentado —luego soltó un sonoro resoplido—.

Créeme, últimamente comienzo a estar cansado de todos esos asuntos.

Uno puede hablar durante horas en el Parlamento y nada cambia.

Emma dejó de protestar y ladeó la cabeza con el entrecejo fruncido, observándolo atentamente.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella.

Marcus se acomodó en el asiento, fingiendo cierto cansancio. Pero esa atención era precisamente lo que estaba buscando.

—Estoy empezando a comprender que los cambios que pedimos nunca serán escuchados. Siempre toman las mismas decisiones y todos los demás nos limitamos a aceptarlas.

Emma permaneció en silencio y Marcus vio cómo desviaba la mirada y se mordía discretamente el labio inferior, como si estuviera pensando.

—Quizá estás intentando hacerlo rodeándote de las personas equivocadas —dijo distraídamente antes de mirarlo. Marcus fingió curiosidad mientras jugaba con un mechón de su cabello rubio.

—¿Eso crees? —preguntó en un tono casi seductor. Emma vaciló, pero terminó asintiendo.

—Solo digo que... existen personas que no están conformes con la forma en que se hacen algunas cosas.

Como tú. Yo... conozco a algunos amigos —admitió ella, y Marcus se puso en alerta; sabía que sacaría alguna información de lo que estaba a punto de decir—.

Ellos piensan de una manera muy parecida a la tuya.

—¿Quiénes? —preguntó, fingiendo desinterés. Sabía que eso funcionaba para no levantar sospechas.

Emma volvió a quedarse pensativa durante algunos segundos. Tenía el rostro más serio, como si estuviera preocupada.

—Antes quiero preguntarte algo —dijo, y Marcus asintió para que hiciera la pregunta—. ¿Crees en mi amor por ti?

Marcus casi soltó una carcajada, pero mantuvo una expresión serena.

«No. Ni por un instante».

—Sí —terminó diciendo con una sonrisa. Tenía que seguir fingiendo. Emma suspiró, aliviada. Luego sonrió y acercó el rostro al suyo con la clara intención de besarlo.

Pero Marcus tosió de repente y giró la cabeza, cubriéndose la boca con el puño. Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Perdona... —fingió seguir tosiendo y ella se apartó ligeramente.

—¿Estás bien?

Marcus asintió y, antes de que pudiera intentarlo de nuevo, levantó una mano y deslizó lentamente un dedo por su mejilla, ofreciéndole esa caricia como distracción.

—Por supuesto. ¿Y tú crees en mi amor? Porque estoy dispuesto a provocar un escándalo para conseguir el divorcio y casarme contigo.

Los ojos de Emma se iluminaron y asintió emocionada.

—¡Por supuesto, Marcus! Creo en nuestro amor. —Él continuó acariciándole la mejilla—. Así que no deberías dudar de mí.

Marcus terminó asintiendo y ella sonrió ampliamente.

—Seré la duquesa de Agnes —canturreó Emma, haciendo un extraño movimiento con la cabeza.

Marcus tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no poner los ojos en blanco.

Por supuesto.

De todas las cosas que acababa de decir, eso era lo que más parecía entusiasmarla.

—Y lo serás —mintió, haciendo que Emma volviera a sonreír. Luego retiró lentamente la mano.

—Ahora dime quiénes son esos amigos que mencionaste.

La alegría de Emma disminuyó ligeramente.

—No puedo darte nombres así como así, Marcus. Son personas muy discretas.

—Acabas de decir que esas personas piensan como yo y están dispuestas a cambiar algunas cosas. Quiero conocerlas primero antes de tomar cualquier decisión. No comprometeré mi nombre ni mi posición sin saber con quién estoy tratando.

Emma permaneció en silencio, debatiéndose consigo misma. Marcus no la presionó; tenía que dejar que ella creyera que esa decisión era suya.

—Está bien —dijo finalmente. Marcus mantuvo la misma expresión serena, aunque por dentro estaba orgulloso por el éxito de su plan—. Dentro de tres días habrá una reunión. Estarán algunas de las personas más importantes que creen en un cambio real para Inglaterra. Estoy segura de que te agradarán.

Tres días. Exactamente cuando Liviana y su madre partirían hacia Green Hills. Perfecto. Todo estaba saliendo bien y, si tenía la misma suerte, podría terminar con todo mucho antes y alcanzar a su esposa en el campo. Sin más mentiras ni tener que ocultarle nada.

—¿Y crees que esos amigos tuyos estarán dispuestos a recibirme?

Emma soltó una pequeña risa.

—Marcus, eres el duque de Agnes. Tienes un nombre, influencia, una posición en el Parlamento y acceso a lugares a los que muchos de ellos jamás podrían llegar por sí solos. Créeme, estarán encantados de conocerte.

Marcus sonrió. Había conseguido mucho más de lo que esperaba.

∞∞∞

Liviana caminaba junto a Jayne por uno de los senderos de St James’s Park, agradeciendo el aire fresco.

Sus malestares estaban disminuyendo, pero no del todo; a veces sentía muchas ganas de vomitar una vez al día o sufría mareos repentinos.

Lo bueno era que no aparecían cuando Marcus estaba presente, aunque durante esos últimos días él había estado más ausente de la residencia.

Según le decía, tenía que reunirse con miembros del Parlamento o con sus socios.

Lo único que él no dejaba pasar era la noche; siempre era puntual a la hora de la cena y luego iba a su habitación, donde le hacía el amor con la misma pasión y desesperación de siempre, para después dormirse entre sus brazos.