Capítulo 41 #2
Collins se retiró y, unos minutos después, Harrington entró en el despacho. Marcus esperó hasta que la puerta se cerró.
—¿Qué diablos hace aquí a plena luz del día? —preguntó con tono duro, levantándose de su asiento—. Alguien podría haberlo visto entrar.
Harrington ni siquiera se inquietó ante su tono. Colocó las manos detrás de la espalda y se acercó al escritorio.
—Ahora usted es el duque de Agnes y tiene intereses suficientes como para justificar una conversación con un subsecretario de Estado de Asuntos Exteriores. Mi visita a su residencia resulta mucho menos sospechosa ahora que antes.
Marcus guardó silencio, aún con el ceño fruncido. Terminó asintiendo al comprender que tenía razón.
—Entonces... ¿a qué debo el honor de su visita? —preguntó, acercándose a su licorera para servir dos copas de coñac.
Harrington aceptó la copa que le tendió antes de endurecer el semblante.
—La misión no está avanzando —espetó con amargura, dejando la copa sobre el escritorio sin probarla.
Marcus apretó la mandíbula.
—Mi padre murió hace apenas unas semanas.
—Lo sé. Lamento su pérdida. También comprendo que ahora tiene un ducado bajo su responsabilidad y numerosos asuntos que antes pertenecían a su padre. Pero hemos esperado cuanto podíamos, Agnes.
Marcus soltó un suspiro antes de beber un sorbo de su copa.
—¿Qué ha ocurrido?
—Han descubierto a otro de nuestros hombres.
Marcus se tensó y miró a Harrington con una mezcla de sorpresa y preocupación. No podía creer que otro de sus compañeros hubiera caído.
—¿Cómo es posible?
—Desapareció hace dos noches.
Marcus apoyó ambas manos sobre el escritorio, con la mirada fija en un punto de la estancia.
—¿Cómo carajos está ocurriendo esto? —espetó con ira, mirando ahora a Harrington—. Eligieron a los mejores hombres que tenían.
—No lo sé —musitó Harrington, bajando la cabeza.
Por primera vez desde que lo conocía, Marcus vio que estaba realmente preocupado—.
No sabemos si alguien está hablando, si cometimos algún error o si ellos tienen acceso a información que desconocemos.
Precisamente por eso tenemos que actuar antes de perder a otro hombre.
Marcus se pasó una mano por el rostro.
—Necesitamos encontrar la cabeza de la red —continuó Harrington—. Podemos detener intermediarios durante meses y no conseguiremos nada si quien dirige todo continúa reemplazándolos. Tenemos que llegar hasta arriba. Y para eso necesitamos que vuelva a concentrarse en su parte de la misión.
Marcus apretó los puños, sintiendo una punzada de rechazo ante el solo pensamiento de tener que acercarse nuevamente a Emma.
Pero Harrington tenía razón, la misión tenía que terminar antes de que todos los involucrados acabaran desapareciendo uno a uno.
Estaba seguro de que no tardarían en descubrir los nombres de todos los espías.
—De acuerdo —respondió finalmente—. Lo aceleraremos. Me... encontraré con Emma lo antes posible.
Harrington asintió con una expresión de alivio.
—Eso esperaba escuchar. Gracias, Agnes.
Marcus solo asintió en silencio. Harrington se dirigió hacia la puerta, no sin antes despedirse. Cuando quedó solo, no pudo evitar pensar en Liviana, en su madre... en toda su familia. Debía tomar precauciones antes de que todo se saliera de control.
Regresó a su escritorio, intentando concentrarse de nuevo en el trabajo. Pero no lo consiguió. Dejó los documentos y se recostó en su silla con cansancio.
Tenía que enviar a Liviana al campo. Ya la había convencido de marcharse a Green Hills junto con sus padres, pero la muerte de su padre había eliminado el principal motivo por el cual la había convencido.
Aun así, no podía continuar aplazándolo.
Tal vez, si le decía que su madre necesitaba alejarse de Londres, ella aceptaría.
Marcus cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz.
Ya habían pasado tres semanas desde la muerte de su padre. El dolor continuaba, aunque poco a poco había comenzado a aceptar su muerte. No podía permitirse derrumbarse. Su padre no habría querido verlo abandonar sus responsabilidades por su muerte.
Volvió a concentrarse en los documentos extendidos sobre el escritorio.
Desde que había heredado el ducado, sus responsabilidades se habían multiplicado.
A sus propios negocios se sumaban ahora las propiedades, rentas e inversiones de la familia, además de innumerables asuntos que antes administraba su padre.
En ese momento, Marcus revisaba los informes enviados por uno de los administradores del ducado.
Varias granjas necesitaban reparaciones antes del invierno y dos arrendatarios habían solicitado una reducción temporal de sus rentas después de una mala cosecha.
No levantó nuevamente la cabeza hasta que Collins le informó de que la cena no tardaría en servirse.
Estirándose en su silla, decidió que ya había trabajado suficiente por ese día.
Ordenó algunos documentos, cerró los libros de cuentas y abandonó el despacho para dirigirse directamente a la habitación de Liviana.
La encontró sentada frente al tocador, preparándose para la cena. Una de las doncellas terminaba de arreglarle el cabello mientras Liviana observaba su reflejo en el espejo.
Marcus se detuvo unos instantes en el umbral de la puerta, deleitándose con la hermosa imagen de su esposa. Después de todo lo ocurrido durante esas semanas, verla conseguía darle paz.
Liviana lo vio a través del espejo y le sonrió.
—¿Has terminado de trabajar?
—Por hoy.
Marcus se acercó y, cuando la doncella terminó, le indicó con una mirada que podía dejarlos solos. Esperó hasta que la puerta se cerró antes de inclinarse sobre Liviana y depositar un beso sobre su hombro. Ella cerró los ojos, disfrutando de su contacto.
—Estás hermosa, ángel.
Liviana sonrió y negó ligeramente con la cabeza.
Marcus dejó otro beso sobre su hombro antes de sentarse en uno de los divanes cercanos. La observó colocarse algunas gotas de su perfume sobre las muñecas y el cuello.
—Ángel, lo que hablamos sobre Green Hills sigue en pie —dijo con suavidad. Ella lo miró a través del espejo con el ceño ligeramente fruncido.
—Pensé que, después de lo de... tu padre, no iríamos.
Marcus apoyó los codos sobre sus muslos.
—No, mantengo nuestra ida al campo. Y quiero adelantar el viaje.
Liviana se volvió ligeramente hacia él.
—¿Adelantarlo... cuánto?
—Lo antes posible.
Liviana lo observó con extrañeza. No comprendía esa insistencia.
Cuando Marcus había propuesto marcharse a Green Hills antes, su principal preocupación había sido la salud de su padre y el bienestar de su madre.
Pero Alexander ya no estaba y Marcus tenía ahora muchas más responsabilidades en Londres como nuevo duque.
—¿Nos iremos todos juntos? —quiso saber sin dejar de mirarlo—. ¿Tú también?
Marcus desvió la mirada.
—No —admitió—. Yo tendré que quedarme en Londres unos días más.
—¿Entonces quieres que me marche mientras tú te quedas aquí?
—Solo durante unos días, ángel. Tengo demasiados asuntos pendientes. Debo ocuparme del ducado, además de mis propios negocios, y hay algunas cuestiones que no puedo abandonar de un momento a otro. Cuando termine, iré a reunirme contigo. Y mi madre también irá.
Al menos esperaba eso.
Liviana frunció aún más el ceño y bajó la mirada por un segundo antes de volver a mirarlo. Sus ojos turquesas estaban más oscuros ahora. Señal de que estaba ansiosa.
—Marcus, ¿por qué quieres que me vaya al campo?
La pregunta lo tomó desprevenido. Había esperado otras, como si no podía hacer el mismo trabajo en Green Hills o por qué no esperar hasta el final de la temporada.
—Ya te lo expliqué —respondió finalmente, aclarándose la garganta.
—Me dijiste que querías llevar a tu padre lejos de Londres para que pudiera descansar mejor y que tu madre necesitaba tranquilidad. —Hizo una pausa—. Pero ahora tu padre...
Liviana no terminó la frase. La vio morderse el labio para evitar mencionar la palabra «muerte». Marcus bajó la mirada durante un segundo, buscando alguna idea que pudiera convencerla, pero la mejor era involucrar a su madre en el asunto.
—Mi madre continúa necesitando tranquilidad —respondió finalmente—. Quizá ahora más que antes.
Liviana lo observó sin decir nada. Luego entrecerró ligeramente los ojos.
—Puedes confiar en mí, Marcus. Si existe algún otro problema, puedes hablar conmigo.
En ese momento, Marcus sintió el impulso de contárselo todo. Pero no podía ponerla en riesgo; lo mejor era mantenerla ajena a todo. Ella se preocuparía y seguramente se negaría a abandonar Londres y dejarlo allí.
Negó suavemente con la cabeza y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No ocurre nada, ángel. Solo quiero que mi madre se aleje de Londres durante un tiempo. Green Hills le hará bien y sé que tenerte allí con ella también la ayudará.
Liviana continuó observándolo durante unos segundos. Pero finalmente asintió, aunque no estaba convencida del todo.
Marcus se levantó del diván, se acercó a ella y se inclinó para besarla suavemente en la frente, agradeciendo en silencio que no continuara interrogándolo.
—Hemos sido invitados a un banquete en Debinham House dentro de unos días —agregó después de unos minutos, cambiando de tema.
Liviana alzó ligeramente las cejas.
—Son los dueños de las joyerías más grandes de Londres, ¿cierto? —preguntó. Había visto a Marcus leer algo sobre eso en el periódico.
—Sí, aunque no tengo ganas de asistir a ningún evento durante el resto de la temporada, debo ir. Ahora, como duque de Agnes, he heredado las mismas conexiones y amistades que tenía mi padre. Y Debinham era una de ellas.
Liviana recordó el desagradable artículo que Lady Kennt había publicado sobre la señorita Katherine. Todavía le parecía cruel que hubiese ridiculizado su apariencia y su falta de pretendientes ante toda la sociedad.
—Entonces iremos —respondió, dedicándole una ligera sonrisa.
Marcus volvió a inclinarse para besarla, esta vez en los labios, antes de apartarse.
—Termina de prepararte, ángel. Te esperaré abajo para cenar.