Capítulo 41
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La reciente y triste muerte del duque de Agnes no solo ha dejado de luto a una de las familias más distinguidas de Inglaterra, sino que también nos ha dado un nuevo duque y, por supuesto, una nueva duquesa.
Y parece que el matrimonio de los nuevos duques de Agnes se encuentra bastante mejor de lo que algunos rumores nos hicieron creer. Su gracia no se ha mostrado precisamente indiferente con su esposa durante las últimas veladas. Bailes, atenciones, miradas...
¿Será que ese famoso divorcio no era más que eso, un rumor?
Por el momento, tampoco han llegado a mis oídos nuevos encuentros entre el duque y la señorita Emma Ashton.
Revista de sociedad de Lady Kennt.
Liviana se llevó una mano al estómago cuando otra oleada de náuseas la obligó a respirar profundamente.
Se sentía mal desde el desayuno. Al principio había pensado que se debía a algo que había comido, pero el malestar no había desaparecido y, a medida que avanzaba la mañana, lo único que deseaba era regresar a su habitación, meterse en la cama y dormir durante unas horas más, con la esperanza de despertar sintiéndose mejor.
Su nana le había preparado un té para aliviarle el estómago. Esperaba que surtiera efecto pronto.
—Puedes estar encinta —comentó Jayne de pronto.
Liviana abrió los ojos y llevó instintivamente una mano hasta su vientre.
—¿En serio? —preguntó con entusiasmo y una amplia sonrisa en los labios.
«¿Acaso mi deseo se ha hecho realidad?».
—Es una posibilidad —asintió Jayne—. Náuseas, mareos, cansancio... Aunque también podría ser cualquier otra cosa, así que no empieces a imaginar nombres para el niño todavía.
Liviana reprimió una sonrisa y respiró profundamente, intentando calmarse. No debía ilusionarse. Pero ¿y si realmente estaba encinta? Justo cuando comenzaba a hacer mentalmente las cuentas desde su último período, Collins irrumpió en el salón.
—El duque de Beaufort desea verla.
Liviana ladeó ligeramente la cabeza, sorprendida por la visita, pero asintió.
—Hágalo pasar, por favor.
Collins hizo una reverencia y se retiró.
—Yo me iré —anunció Jayne, levantándose de su asiento—. No tengo ganas de lidiar con libertinos.
Liviana la observó con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué no te agrada Beaufort y sí Marcus?
Jayne se encogió de hombros.
—De hecho, tu esposo tampoco me agrada demasiado. Pero es tu esposo y el hombre que amas, así que no puedo hacer nada contra eso. Y... estoy viviendo en su casa. A Beaufort no le debo nada.
Liviana contuvo una risa, pero asintió. La vio salir del salón justo cuando el duque entraba. Ambos se encontraron en la puerta, pero Jayne apenas le dirigió una mirada antes de continuar su camino.
Beaufort la siguió con el ceño fruncido antes de acercarse a Liviana.
—No entiendo por qué me odia —lo escuchó murmurar. Liviana tuvo que reprimir otra sonrisa.
—Beaufort, qué grata sorpresa —lo saludó con una sonrisa cortés.
—Su gracia. —El duque hizo una reverencia.
Sí. Ahora era la duquesa de Agnes, y se lo recordaban varias veces al día cada vez que alguien se dirigía a ella como «su gracia».
Marcus era quien peor sobrellevaba ese tratamiento.
Todavía no aceptaba del todo que su padre ya no estuviera, aunque poco a poco estaba aprendiendo a vivir con su ausencia.
Ya habían transcurrido dos semanas desde la muerte de Alexander. Liviana había visitado a Lillian en varias ocasiones y ella continuaba devastada, pero comenzaba a recuperarse poco a poco.
—Quería ver a Agnes, pero me han informado de que no se encuentra en casa —explicó Beaufort—. Y no podía marcharme sin saludarla y saber cómo se encuentra.
—Estoy bien, gracias. Mi esposo ha tenido que ocuparse de muchos asuntos últimamente —respondió con un suspiro cansado, sintiendo nuevamente las náuseas.
—Lo comprendo. Cuando heredé mi título, también tuve que aprender demasiado deprisa cuáles eran mis responsabilidades como duque. Pero Agnes ya conocía de antemano muchas de las suyas; no le costará demasiado adaptarse.
Liviana asintió, llevándose una mano a la sien.
—Todavía está muy triste. Intenta no demostrarlo concentrándose en esas responsabilidades, además de su posición en el Parlamento, pero sé cuánto le duele la muerte de su padre.
Liviana apretó discretamente los labios cuando otra punzada de malestar le revolvió el estómago. Al parecer, el té de su nana no había surtido tanto efecto como esperaba.
Beaufort continuó conversando con ella durante algunos minutos más, hasta que finalmente miró su reloj de bolsillo y se puso de pie.
—Será mejor que me marche. Dígale a Agnes que volveré a visitarlo.
—Se lo diré.
Liviana se levantó también y avanzaron juntos hacia la salida del salón. Pero apenas había dado unos cuantos pasos cuando sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies. Intentó aferrarse al respaldo de una silla, pero sus dedos no llegaron a alcanzarlo.
—¿Liviana? —La voz de Beaufort se volvió distante y, de pronto, todo se volvió negro.
∞∞∞
Cuando Liviana volvió a abrir los ojos, tardó unos segundos en reconocer su propia habitación. Parpadeó lentamente, todavía aturdida, hasta que distinguió a Jayne sentada junto a la cama y al doctor guardando algunos de sus instrumentos.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, intentando incorporarse.
—Despacio —advirtió Jayne, colocando una mano sobre su hombro—. Te desmayaste.
Liviana frunció el ceño, recordando el fuerte mareo que había sentido antes.
—Beaufort consiguió sujetarte antes de que cayeras al suelo —explicó Jayne.
—Afortunadamente, no sufrió ningún golpe, su gracia —añadió el doctor.
Liviana volvió a recostarse sobre las almohadas y llevó una mano hasta la frente.
—Doctor... ¿sabe qué me ocurrió?
—No está enferma —aseguró el doctor con una sonrisa, al tiempo que terminaba de cerrar su bolsa de cuero.
—¿Entonces?
—Tengo una sospecha, pero primero... —El doctor hizo una pausa—. ¿Sus períodos suelen ser regulares?
—Sí.
—¿El siguiente debería haber llegado ya?
Liviana hizo rápidamente las cuentas y abrió un poco los ojos, mordiéndose el labio inferior.
—Hace... varios días.
—¿Ha sentido náuseas anteriormente?
—Desde esta mañana. Aunque hace unos días tuve un mareo.
—¿Cansancio? ¿Algún cambio en su apetito?
Liviana respondió mientras comenzaba a comprender hacia dónde se dirigían sus preguntas. Instintivamente, sonrió y llevó una mano hasta su vientre.
—¿Cree... que estoy encinta?
—Es una posibilidad considerable. Sus síntomas y la ausencia de su sangrado así lo indican. Sin embargo, es demasiado pronto para afirmarlo con absoluta certeza. Tendremos que esperar y observar cómo evoluciona durante las próximas semanas.
Liviana asintió sin poder contener la alegría; tenía la esperanza de que un hijo de Marcus y de ella estuviera creciendo en su interior. Una sonrisa apareció lentamente en sus labios mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
«Marcus estará feliz de saber la noticia. Él también desea un hijo».
Pero su sonrisa desapareció poco a poco al recordar la reciente muerte de Alexander.
No, Marcus no sería feliz si supiera ahora que estaba encinta. Solo se sentiría culpable y triste, como durante los últimos días, por no haber cumplido el deseo de su padre de conocer a su nieto antes de morir.
—¡Liviana, felicidades! —exclamó Jayne en cuanto el doctor abandonó la habitación.
Liviana ni siquiera había notado cuándo se había ido. Miró a Jayne, que tenía una amplia sonrisa en el rostro; ella también sonrió, a pesar de la tristeza que le producía recibir esa noticia en un momento tan delicado.
—Voy a tener un hijo... —susurró, y decirlo en voz alta hizo que volviera a sonreír.
Jayne arqueó una ceja, divertida.
—Por la expresión que tienes, supongo que era lo que querías.
—Sí —respondió Liviana sin dudar—. Lo deseaba muchísimo.
Volvió a acariciar su vientre, aunque sabía que todavía era demasiado pronto para sentir algo.
—Tu esposo estará encantado de saber que ahora sí te ha atado de por vida a él —bromeó Jayne, pero Liviana bajó la cabeza—. ¿Qué pasa?
—No se lo diré a Marcus todavía —respondió ella con un hilo de voz, haciendo que Jayne frunciera el ceño.
—¿Pero por qué no?
Liviana suspiró, hundiendo los hombros.
—Su padre murió sin conocer a su nieto, algo que Marcus me dijo que deseaba mucho. Y ahora... se culpa por haber desperdiciado casi dos años de nuestro matrimonio. Cree que, si no me hubiera rechazado durante tanto tiempo, su padre habría podido conocer a nuestro hijo.
Jayne alzó una ceja y luego asintió despacio.
—Oh...
—¿Cómo voy a decírselo ahora? —Liviana bajó la mirada hacia su vientre con tristeza; deseaba poder compartir su felicidad con él—. ¿Cómo voy a decirle que estoy encinta apenas dos semanas después de que su padre muriera?
—Liviana, no creo que tu esposo reciba mal la noticia.
—Yo tampoco —respondió inmediatamente—. Sé que será feliz porque él también desea este bebé. Pero también sé que después pensará en su padre y empezará a culparse porque él no lo conocerá.
—¿Entonces vas a ocultárselo?
Liviana torció los labios, odiando la idea.
—Solo... durante un tiempo. Hasta que esté un poco mejor y haya conseguido aceptar que su padre ya no está.
—¿Y su madre?
Liviana se recostó en la cama, cerrando los ojos por un momento.
—Tampoco puedo decírselo todavía. Está destrozada.
Jayne suspiró, pero terminó asintiendo.
—Es tu decisión. Aunque no podrás ocultarlo eternamente.
—Lo sé, y tampoco pretendo hacerlo. Solo... un par de semanas.
∞∞∞
Marcus levantó la mirada de los documentos extendidos sobre su escritorio cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
Collins entró en el despacho e hizo una ligera inclinación.
—Su gracia, lord Harrington desea verlo.
Marcus frunció el ceño, dejando la pluma sobre el escritorio.
—¿Harrington? —murmuró.
Él jamás había ido a buscarlo a su casa. Sus encuentros siempre tenían lugar en sitios previamente acordados y lo bastante discretos como para evitar cualquier vínculo entre ambos.
¿Qué demonios hacía allí, en su casa?
—Hágalo pasar —ordenó a Collins.
—Sí, su gracia.