Capítulo 40 #3
Marcus la rodeó y la estrechó con tanta fuerza como pudo, hundiendo el rostro entre sus cabellos y dejando caer las lágrimas en silencio. Cerró los ojos con fuerza mientras se aferraba a Liviana, sintiendo el dolor de perder a alguien que amaba.
Un miedo profundo y visceral se apoderó de él ante la sola idea de que algún día pudiera perder también a Liviana. Que la muerte se la llevara a ella también, dejándolo consumido por el dolor. La apretó todavía más contra su cuerpo, sintiendo cómo el miedo aumentaba.
No quería volver a sentir ese dolor. Y mucho menos por la mujer que amaba.
∞∞∞
Ya habían pasado tres días desde el fallecimiento de Alexander.
El día estaba lluvioso y la espesa neblina que cubría Londres parecía intensificar la tristeza de la familia Livingston.
Todos estaban destrozados. Aunque sabían que ese momento llegaría a causa de la enfermedad, nadie estaba realmente preparado para perder a un ser amado.
Liviana estaba igual de triste, pero intentaba mantenerse fuerte para apoyar a Marcus. Aunque Lillian era quien peor lo estaba pasando. Amaba profundamente a su esposo y su pérdida la había dejado completamente devastada.
Caminó con pasos suaves a través del pasillo que conducía a la habitación de Marcus. Antes de detenerse frente a la puerta, sintió un repentino mareo que la hizo tambalearse ligeramente. Se detuvo, apoyando una mano en la pared y otra sobre el pecho, mientras respiraba profundamente.
Cuando se sintió mejor, ladeó la cabeza y frunció el ceño, pensando en la causa de ese mareo. Ella estaba perfectamente de salud y había desayunado bien esa mañana.
Sin pensar demasiado en eso, Liviana entró en la habitación de Marcus sin llamar.
Lo encontró sentado en el diván junto a la ventana, con la mirada perdida en la lluvia y una expresión de tristeza.
Nunca había visto a Marcus tan derrotado.
Siempre parecía tener el control de todo, como si nada pudiera doblegarlo, y verlo de esa manera le partió el alma.
—Marcus... —lo llamó con suavidad.
Él levantó la mirada y Liviana pudo ver su sufrimiento. Se acercó sin decir nada más y, apenas estuvo a su lado, Marcus tomó una de sus manos y tiró suavemente de ella hasta sentarla sobre su regazo. Después la rodeó con los brazos y hundió el rostro contra su cuello.
—Liviana, mi padre... murió. —Su voz se quebró—. No puedo creer que realmente haya muerto. Siento un dolor inmenso en el pecho.
—Oh, Marcus... —Liviana lo abrazó con más fuerza y acarició lentamente sus cabellos—. Estoy aquí. No tienes que decir nada si no quieres. Solo... estoy aquí contigo.
Marcus cerró los ojos y se aferró a ella.
Durante esos tres días había intentado mantenerse entero, ocupándose de todo lo que ahora recaía sobre sus hombros y aceptar que ya no era el heredero de Agnes, sino el duque.
Pero, estando entre los brazos de Liviana, ya no pudo contenerse.
Empezó a sollozar, apretando entre sus dedos la tela del vestido de Liviana.
Ella sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas al verlo derrumbarse de esa manera, pero no se apartó. Lo abrazó con ternura y continuó acariciándolo mientras Marcus se aferraba a ella. Tenerla allí lo hacía sentir seguro. Liviana era su ancla en ese momento.
—Me duele pensar en todas las cosas que nunca podré decirle —confesó Marcus con la voz entrecortada—. En todas las veces que no estuve a su altura como hijo...
Y en la última cosa que su padre más le había pedido.
Un nieto. Y él, como un completo idiota, había desperdiciado casi dos años de matrimonio rechazando a la mujer que ahora sostenía entre sus brazos.
Ahora su padre ya no estaba y sus hijos nunca conocerían al maravilloso abuelo que pudieron haber tenido.
—No te tortures de esa forma —murmuró Liviana, apartándose apenas para poder mirarlo—.
Tu padre sabía que lo amabas, Marcus. Y tú sabes que él te amaba.
Estaba orgulloso de ti. No te culpes por las oportunidades perdidas; en su lugar, céntrate en recordar todo lo bueno que compartieron y honra su memoria.
Marcus tragó con dificultad y bajó la mirada.
—Solo desearía haber tenido más tiempo.
—Sí... —respondió ella con dulzura—. Todos deseamos lo mismo.
Marcus volvió a abrazarla y Liviana dejó un beso sobre su sien. Permanecieron así durante largo rato. Afuera, la lluvia continuaba golpeando los cristales.
—Gracias, ángel —murmuró finalmente—. No sé qué haría sin ti.
—No tienes que agradecerme nada. Yo...
Liviana se detuvo, mordiéndose el labio inferior.
«Te amo».
—No me gusta verte sufrir —terminó diciendo—. Y no pienso dejarte solo mientras atraviesas esto.
Marcus la observó durante unos segundos.
Sabía perfectamente qué palabras Liviana había estado a punto de pronunciar.
Le habría encantado escucharlas, pero no podía exigírselas.
Había sido él quien las rechazó cuando ella quiso decirlas.
Ahora tendría que esperar hasta que Liviana estuviera preparada para confiar plenamente en él.