Miserable Matrimonio Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

—¿Estás molesta conmigo por lo que hizo Winchester hace cinco años? —preguntó, conteniendo una sonrisa.

—No —respondió ella con simpleza, sin mirarlo. Él le arrebató la revista y la dejó a un lado. Liviana entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.

—Perdóname, mi ángel. No sabía que tenía algo que ver con ese asunto —dijo con divertida ironía.

Liviana negó con la cabeza y tomó una uva, pero Marcus se la quitó y se la llevó a los labios antes de besarla y darle la mitad a través del beso.

—Te amo —le recordó una vez más.

Eso fue suficiente para que ella olvidara lo demás y sonriera un poco.

Un carraspeo los hizo levantar la mirada. Era Collins.

—Disculpen la interrupción, pero han venido de Agnes House —la forma en que Collins habló y la palidez de su rostro no eran una buena señal.

Ambos se pusieron tensos ante esas palabras. Liviana tomó una mano de Marcus y la apretó.

—El... duque ha fallecido.

∞∞∞

Marcus permaneció sentado junto a Liviana durante todo el camino, con las palabras de Collins repitiéndose una y otra vez en su cabeza.

Su padre había muerto, pero, hasta que no lo viera, no podía creerlo.

Durante esos últimos días había visto cómo perdía fuerzas con demasiada rapidez y cómo su estado empeoraba cada vez más.

Se había repetido una y otra vez que debía ser fuerte, que debía prepararse para afrontar su muerte cuando llegara.

Pero ahora comprendía que no estaba preparado y que nunca podría haberlo estado.

Apenas el carruaje se detuvo frente a Agnes House, Marcus abrió la portezuela y descendió. Liviana bajó tras él y tuvo que apresurar el paso para alcanzarlo.

Al entrar, vio cómo los sirvientes se movían en silencio, cumpliendo con la tarea de cerrar las cortinas de las estancias principales, dejando casi toda la residencia sumida en la oscuridad. Ver eso hizo que se le formara un nudo en la garganta.

Entonces se escucharon los gritos de Lillian. Eso terminó de destruir la pequeña e irracional esperanza de que su padre aún viviera.

—Marcus... —susurró Liviana a su lado, pero él comenzó a subir las escaleras de dos en dos.

Sentía los ojos arderle y la visión se le volvía cada vez más borrosa, pero continuó avanzando. Liviana lo siguió casi corriendo para no quedarse atrás. Cuando entró en la habitación, se detuvo en seco.

El médico todavía estaba allí. Aline lloraba desconsoladamente entre los brazos de su esposo, mientras Lillian permanecía junto a la cama, inclinada sobre Alexander y aferrada a una de sus manos.

—No... —sollozó Lillian—. Por favor, Alexander... No... no me dejes todavía.

Marcus dejó de respirar e, inevitablemente, una lágrima resbaló por su mejilla. Su padre estaba inmóvil sobre la cama, pálido, delgado, todo lo contrario al hombre fuerte que había sido.

Sintió unos dedos entrelazarse con los suyos y bajó la mirada hacia Liviana, que estaba a su lado, con los ojos llenos de lágrimas. Él apretó su mano, aferrándose a su contacto.

—Su gracia —lo llamó el médico, y Marcus tardó unos segundos en comprender que se dirigía a él.

—¿Qué...?

—Su gracia... Hice todo cuanto estuvo en mis manos, pero la salud de su padre llevaba tiempo muy deteriorada y su organismo se encontraba demasiado debilitado...

El médico continuó explicando, pero Marcus había dejado de escuchar. Se había quedado en esas primeras palabras mientras miraba el cuerpo de su padre.

Su gracia.

Esas dos palabras le provocaron una sensación extraña, porque durante toda su vida habían pertenecido a su padre. Ahora su padre estaba muerto y él... era el duque de Agnes.

El aire empezó a faltarle y llevó una mano al pañuelo que rodeaba su cuello para aflojarlo, pero no sirvió de nada. El aire seguía sin llegarle a los pulmones.

—Marcus... —Liviana lo llamó, pero el zumbido ensordecedor no lo dejaba escuchar—. Marcus, mírame.

Trató de hacerlo, pero sus ojos estaban clavados en la cama, donde su madre permanecía aferrada al cuerpo de su padre.

Dio un paso al frente, llamando la atención de Lillian. Ella tenía los ojos enrojecidos, el rostro descompuesto y las mejillas empapadas de lágrimas.

—Mamá...

Lillian abandonó el lado de su esposo y caminó hacia su hijo para después rodearlo con sus brazos.

Marcus cerró los ojos y la abrazó, sintiendo cómo algo dentro de él lo asfixiaba.

Quería llorar como cuando era un niño y su padre lo convencía de que todo estaba bien.

Pero se contuvo. Ya no era un niño, era un hombre que ahora tenía múltiples responsabilidades, y su padre no estaría contento de verlo llorar siendo ya un hombre.

Abrió los ojos y vio a Liviana a su lado, pasando una mano lentamente por la espalda de Lillian, intentando consolarla mientras las lágrimas también resbalaban por sus mejillas.

Después de unos momentos, Marcus se apartó de su madre, que se volvió inmediatamente hacia Liviana y la abrazó.

—Se ha ido... —sollozó contra ella—. Mi Alexander se ha ido.

—Lo... siento tanto... —susurró Liviana, estrechándola entre sus brazos.

Marcus no pudo soportarlo más y salió de la habitación con rapidez. Atravesó los pasillos, bajó las escaleras, cruzó más pasillos hasta salir al jardín. Necesitaba aire o terminaría derrumbándose frente a todos.

—¡Marcus!

Liviana lo alcanzó en el jardín y lo tomó del brazo, obligándolo a detenerse.

—No tienes que contener tus sentimientos, mi amor —expresó ella, con los ojos todavía húmedos—. Puedes llorar, verás que te hará bien.

Él apretó la mandíbula y negó.

—No...

—Sí puedes —insistió con suavidad, acercándose—. No tienes que demostrar que eres fuerte. Lo eres, pero también eres un hombre que acaba de perder a su padre.

Liviana lo abrazó, pasando sus manos por su espalda.

—Déjalo salir —susurró contra su pecho—. Estoy aquí. No voy a dejarte solo.