Capítulo 40
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La temporada avanza y aún muchas de nuestras damas continúan solteras.
A algunas ya no les queda demasiado tiempo, pues se encuentran en su última temporada para encontrar esposo.
Pero seamos realistas, si no lo han conseguido antes, dudo mucho que vayan a hacerlo a estas alturas.
Mis condolencias para todas esas madres ambiciosas que todavía sueñan con ver a sus hijas casadas con un noble.
Uno de esos casos es el de la señorita Katherine Debinham, hija de uno de los empresarios burgueses más ricos de Londres.
A pesar de poseer una fortuna considerable, hasta el momento no parece haber conseguido despertar el interés matrimonial de ningún lord.
Aunque quizá la fortuna no sea el problema.
Si me permite un pequeño consejo, señorita Debinham: debería olvidarse por un momento de la moda parisina y probar algún vestido que favorezca un poco más su figura.
No podemos decir lo mismo de lady Amelia Straton, hija del conde de Warwick, recién presentada en sociedad y, debo reconocerlo, una verdadera beldad.
Son tantos los caballeros solteros que buscan conseguir siquiera unos minutos de su atención que casi podría organizarse una fila frente a ella en cada salón de baile.
Sin embargo, parece que uno de los solteros más codiciados de la temporada lleva cierta ventaja.
Me han informado de que el marqués de Winchester ha bailado con lady Amelia en casi todas las veladas a las que ambos han asistido y, por si eso fuera poco, también se los ha visto juntos en varias ocasiones por Hyde Park.
¿Estaremos presenciando el comienzo de uno de los grandes romances de esta temporada?
Después de tantos años evitando el matrimonio, quizá finalmente haya aparecido la dama capaz de llevar al esquivo marqués de Winchester hasta el altar.
Revista de sociedad de Lady Kennt.
Ese día, Liviana había pedido que el desayuno se sirviera en el jardín. Y, como habían permanecido más tiempo en la cama, algo que ya se estaba convirtiendo en costumbre, desayunarían ellos solos.
Los días junto a Marcus estaban siendo los más felices que había vivido.
Asistían juntos a los eventos y él no se apartaba de ella en ningún momento.
Bailaban juntos casi toda la noche, atrayendo las miradas de todos.
Liviana aún podía percibir que algunas mujeres la observaban con cierto recelo, antipatía e incluso rechazo, pensando que, en algún momento, lo del divorcio se haría realidad.
Pero a ella no le importaba. Sonreía y tomaba a su esposo del brazo con el mentón en alto, demostrando que su puesto como marquesa no quedaría libre durante muchos años.
Y, para entonces, sería su hijo quien ocuparía aquel título.
Sonrió al imaginar que tendría un hijo parecido a Marcus; instintivamente, se llevó una mano al vientre y deseó estar encinta.
Desde que Marcus le había dicho que deseaba una familia y habían aclarado el asunto de los hijos, no había podido dejar de pensar en quedar encinta. Esperaba que su próximo sangrado no llegara, convirtiéndose en la señal definitiva de que su deseo se había hecho realidad.
Ya era hora de darle hijos a Marcus. Aunque su matrimonio se había consumado un año y medio después de la boda, ya era tiempo de que esa noticia llegara.
Su intimidad se había vuelto más frecuente y casi una necesidad para ambos, por lo que la noticia de un bebé demostraría que su matrimonio se encontraba en perfectas condiciones y que ella era la mujer indicada para el marqués, una mujer que podía darle muchos hijos.
Marcus se unió a ella y se sentó en una de las sillas, muy cerca. Estaba impecable con su chaqué y el pañuelo blanco alrededor del cuello. Liviana sonrió al reconocer el alfiler de pañuelo que había elegido para él en Green Hills. Se lo había visto en incontables ocasiones.
—Te gusta mucho ese alfiler de pañuelo, ¿cierto? —preguntó con una media sonrisa, observando cómo Bea terminaba de disponer todos los platos del desayuno.
Instintivamente, Marcus bajó la mirada, aunque no logró ver el alfiler, y asintió con una sonrisa.
—Es mi favorito —respondió, sirviéndose un poco de leche en una taza.
Liviana no pudo evitar sentir cómo su corazón se llenaba de calidez ante esa respuesta. Que considerara algo que ella había elegido como su favorito le producía una satisfacción que no podía ocultar.
Ella también se sirvió un poco de leche tibia y, cuando buscó la mermelada, vio que Marcus la tenía y echaba algunas cucharadas en su leche.
Parpadeó varias veces, sorprendida. Nunca lo había visto tomar la leche con mermelada.
De hecho, era un hábito que solo ella tenía y que muchos consideraban extraño.
Hasta Jayne había expresado su desagrado por la mezcla.
—¿Por qué haces eso? —preguntó.
Marcus sonrió aún más mientras revolvía la leche con mermelada hasta que adquirió un tono rosado.
—Me gusta cómo sabe —respondió con simpleza antes de darle un sorbo.
—Sí, pero... tú nunca hacías esa mezcla.
—Tomé prestada tu costumbre —admitió, tomando ahora una rebanada de pan para untarle un poco de mantequilla—. Después de ver tus gestos al tomarla, decidí probarla y, ¿qué crees? Me gustó.
Liviana entrecerró los ojos.
—Me robaste mi receta de leche con mermelada —lo acusó, ocultando una sonrisa.
—Bueno, estamos a mano.
—¡Pero yo no te robé nada! —exclamó Liviana, divertida, mirándolo.
De pronto, Marcus se acercó y la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia él.
—¿Y robarme el corazón no es suficiente, ángel? —preguntó demasiado cerca de sus labios.
Liviana se sonrojó tanto que terminó mordiéndose ligeramente el labio inferior y bajando la mirada, azorada. Marcus pasó la yema de los dedos por sus labios antes de besarlos con ternura.
Nunca perdía la oportunidad de besarla, tocarla o estar cerca de ella. Y eso le encantaba; hacía que se enamorara cada día más, si eso era posible, de su esposo.
—¿Podemos compartir el gusto por la leche con mermelada? —preguntó él con voz ronca, rozando sus labios.
Liviana solo asintió, incapaz de responder. Aún perdía las palabras cada vez que la tomaba tan repentinamente y la besaba de esa manera.
El desayuno continuó. Ella aún tenía las mejillas sonrojadas, pero se relajó mientras Marcus le contaba que quería pasar un tiempo en Green Hills. Le pareció extraño que quisiera alejarse de Londres, pero aceptó de todos modos. Ella amaba Green Hills y, si Marcus iba a estar con ella, mucho mejor.
—Yo... iría unos días después —añadió Marcus con el ceño fruncido, concentrado en otra rebanada de pan.
Ella lo miró, bajando las manos hacia su regazo.
—¿Por qué? Puedo esperarte.
—No, necesito que te adelantes con mis padres. Yo tengo que dejarlo todo listo aquí en Londres, tanto mis asuntos como los del ducado —explicó él, aún sin mirarla.
—Oh... sí, claro —asintió ella.
Sabía lo ocupado que había estado durante esos días. El duque empeoraba cada día más y Marcus se estaba encargando de todo lo relacionado con el ducado, además de sus propios asuntos y de los constantes discursos y reuniones en la Cámara de los Lores.
Su padre había ido a visitar al duque con frecuencia. Se había negado a salir de la habitación durante los primeros días, pero, en cuanto supo del estado de su amigo, no había dejado de visitarlo ni un solo día.
Y, aunque Marcus intentara ocultárselo, sabía que a él también le afectaba saber que, tarde o temprano, su padre moriría.
—Supongo que, en cuanto termine la temporada, nos iremos —comentó, apartando esas preocupaciones.
Marcus negó.
—No, quiero que se vayan lo antes posible —respondió, mirándola ahora.
Liviana ladeó la cabeza, confundida. Apenas estaban a mitad de temporada.
—La salud de mi padre empeora cada día y quiero que tenga algo de paz y tranquilidad lejos de este ambiente.
Y mi madre también necesita estar tranquila.
Aquí debe continuar cumpliendo con sus deberes como duquesa para mantener las apariencias ante la sociedad, pero sé que no está feliz con eso.
Y, si la acompañamos en el campo, se sentirá mejor.
Liviana miró hacia las flores del jardín, que se mecían con la suave brisa. Comprendía sus razones y, aunque la idea de marcharse antes de lo previsto le causaba cierta inquietud, no podía negarle eso.
—Sí, está bien —asintió—. Te esperaré entonces en Green Hills.
Marcus le sonrió con una expresión de alivio. Algo que la inquietó aún más.
—Disculpen.
Ambos miraron a Olivia, que llevaba los periódicos y revistas de aquel día entre las manos. Se los entregó y luego se retiró.
Marcus abrió uno de los periódicos y ella tomó la revista de Lady Kennt. Ya no se sentía tan emocionada por leerla como al principio; siempre temía encontrar su nombre entre sus páginas, ya que últimamente solo hablaban de su matrimonio.
Pero ese día no era a ella a quien criticaba, sino a la señorita Katherine Debinham.
No la conocía, pero seguramente debía de sentirse muy avergonzada por las palabras de Lady Kennt.
Juzgar su forma de vestir y recordar a toda la sociedad que aún estaba soltera, sin duda, debía de ser terriblemente humillante.
Siguió leyendo y abrió los ojos ante la noticia de Winchester y lady Amelia Straton.
—Dios, Jayne no puede leer esto —musitó, llamando la atención de Marcus, que apartó el periódico y la miró con interés.
—¿Qué dijiste, ángel? —preguntó. Ella levantó la mirada hacia él y luego dejó caer los hombros.
—¿Por qué tu amigo Winchester tuvo que ser tan cruel con Jayne? —preguntó con el ceño fruncido, como si Marcus fuera el culpable de lo que el marqués había hecho.
Marcus se encogió de hombros.
—No lo sé, ángel. Aunque seamos amigos, tenemos nuestros propios asuntos personales y tampoco andamos preguntando ni juzgándonos unos a otros.
—Sí, ese es el problema de ustedes —murmuró molesta antes de volver su atención a la revista.
Marcus se quedó mirándola con una mezcla de diversión e incredulidad.