Capítulo 39 #3
Jayne estaba sentada en uno de los sillones del salón con un libro abierto entre las manos, aunque ya llevaba varios minutos sin pasar de página.
La señora Parker permanecía también junto a ellas.
Liviana la había mandado llamar porque la necesitaba a su lado.
Su nana era quien la había criado y conocía a su padre.
Estaba allí para llevárselo si él decidía no quedarse bajo su cuidado.
No estaba dispuesta a rogarle que se quedara ni a obligarlo. Era su deber como hija asistirlo ante cualquier situación, como una enfermedad o un accidente, pero, si su padre se negaba a estar cerca de ella, lo dejaría ir.
Aún dudaba de las palabras de la carta del vizconde de Sousa. Y hasta que no lo escuchara de su propio padre, no lo creería.
Marcus había salido esa mañana para atender algunos asuntos y luego visitaría Agnes House.
—Liviana, deja de caminar de un lado a otro —dijo finalmente Jayne—. Vas a terminar haciendo un agujero en la alfombra.
Liviana se detuvo.
—No puedo evitarlo.
—Lady Jayne tiene razón, mi niña —intervino la señora Parker—. No debes permitir que tu padre note lo nerviosa que estás.
Liviana asintió, respirando hondo varias veces.
—Tienes razón, nana. Debo demostrarle que ya no soy esa niña que dejó atrás. Soy una mujer casada y la marquesa de Stafford. No puede seguir tratándome como lo hacía antes —determinó, pero después dejó caer los hombros. Parecía mucho más fácil de decir que de hacer.
La sola idea de encontrarse nuevamente frente a su padre conseguía hacerla sentir como una niña.
—¿Y si no quiere mi ayuda? —preguntó.
—Entonces puede irse —respondió Jayne, encogiéndose de hombros.
—Jayne...
—¿Qué? Es la verdad.
La señora Parker disimuló una sonrisa, pero terminó asintiendo.
—Eres su única hija —dijo la mujer—. Y, por lo que sabemos de su estado, necesitará ayuda durante algún tiempo.
Liviana asintió. La segunda carta del vizconde había sido mucho más precisa que la primera. El accidente de su padre había sido grave y había perdido la movilidad de las piernas. Los médicos no podían asegurar si llegaría a recuperarla completamente.
Al saberlo, Liviana se sintió triste por su padre. A pesar de todo, no le deseaba ningún mal.
—Pero, si no quiere tu ayuda, terminará solo. No tiene más familia —añadió la señora Parker.
Liviana levantó la mirada y negó.
—Aún le quedan mi tía Emery y mi primo Nicholas —dijo Liviana, tomando asiento al fin.
—No sabía que tenías un primo —comentó Jayne.
—Es hijo de la hermana de mi padre, que vive en Francia. Pasaba mucho tiempo aquí en Inglaterra, pero hace años que no regresa. —Liviana se encogió ligeramente de hombros—. Hasta el momento, es el único heredero del condado de Hamilton.
Jayne abrió los labios para responder, pero los pasos apresurados de la señora Rose al irrumpir en la estancia la detuvieron.
—Milady.
Liviana se puso de pie inmediatamente.
—¿Sí?
—El carruaje que envió a recoger a lord Hamilton acaba de llegar.
El corazón le dio un vuelco y tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Asintió brevemente a la señora Rose, intentando mantener la compostura mientras se alisaba la falda del vestido.
—Enseguida... voy. Es hora de enfrentar al conde de Hamilton —musitó, enderezando la postura y levantando el mentón.
«Eres fuerte, ya no tienes diecisiete años. Él no puede darte órdenes».
Salió del salón acompañada por Jayne y la señora Parker. Cuando llegaron al vestíbulo, Collins ya había ordenado abrir las puertas y los lacayos esperaban a que el carruaje se detuviera.
Liviana salió al exterior justo cuando los caballos se detenían frente a la residencia.
Uno de los lacayos abrió la portezuela y un hombre descendió primero.
Debía de ser el ayuda de cámara que el vizconde había mencionado en su segunda carta.
El hombre se volvió hacia el interior y, con ayuda de un lacayo, comenzó a sacar cuidadosamente una silla.
Liviana observó todo con la respiración contenida. Sabía que su padre no podía caminar. Pero saberlo no la había preparado para verlo. Su padre, el hombre que recordaba erguido, orgulloso e imponente, estaba sentado en una silla de inválido.
Liviana sintió cómo se le encogía el pecho al ver cómo sacaban a su padre y lo acomodaban en la silla. Apenas podía reconocerlo bajo la barba más espesa y crecida, con el cabello considerablemente más gris que la última vez que lo había visto y el rostro mucho más delgado.
El conde se limitó a mirarla sin decir nada y sin dejar traslucir lo sorprendido que estaba al ver a su hija tan cambiada.
Ya no era la muchacha de diecisiete años que no soportaba ver dentro de su casa.
Henry sintió algo extraño oprimiéndole el pecho y sus ojos se humedecieron.
Tenía que reconocer que estaba feliz de volver a ver a su hija.
—Milord —dijo finalmente Liviana, aunque la voz no sonó tan firme como habría deseado. Henry inclinó apenas la cabeza—. He dispuesto una habitación para usted —continuó—. Su ayuda de cámara podrá instalarse también en la residencia y asistirlo mientras se recupera.
Henry desvió la mirada y asintió. Liviana comprendió que, para un hombre tan orgulloso como su padre, depender de otras personas incluso para las tareas más sencillas debía de resultar insoportable y vergonzoso.
—Será solo hasta que recupere fuerzas —añadió con suavidad, pero él siguió sin responder.
Liviana apretó los labios en una fina línea antes de girarse y guiarlos hacia la entrada. Cuando llegaron al vestíbulo, la señora Parker se llevó una mano a la boca.
—Milord...
Henry levantó la mirada y arqueó una ceja antes de poner los ojos en blanco.
—Señora Parker —respondió con voz ronca.
—Me alegra verlo nuevamente en Londres —expresó la mujer con los ojos húmedos.
Henry permaneció callado unos segundos antes de asentir.
—Gracias.
Liviana miró a Jayne, quien se mantenía al margen, observando la escena en silencio y con el ceño fruncido.
La señora Rose guio al ayuda de cámara de Henry hasta la habitación que habían preparado para él y, cuando finalmente estuvo instalado, Liviana pidió a todos que los dejaran solos.
Durante varios minutos permanecieron en silencio.
Liviana se limitó a observar por la ventana, que daba al jardín.
Había procurado que la habitación tuviera una buena vista, al menos para que no se aburriera de contemplar cuatro paredes todo el día.
Finalmente, se giró hacia él, jugueteando nerviosamente con los dedos.
—El vizconde, su amigo de Brasil, me escribió que el accidente...
Henry levantó una mano para detenerla.
—No quiero hablar de ello, por favor.
Liviana cerró la boca y asintió. Una parte de ella quiso insistir. Necesitaba saber qué había sucedido, qué habían dicho exactamente los médicos y si existía alguna posibilidad de que volviera a caminar. Pero le daría tiempo; apenas acababa de llegar.
—Está bien —dijo con suavidad antes de acercarse un poco—. Puedo ordenar que preparen agua caliente para que su ayuda de cámara lo atienda. Después le traerán algo de comer.
Henry asintió sin decir nada más.
Liviana permaneció allí unos segundos más, como si esperara algo. Bajó los hombros y negó con la cabeza.
«No esperes demasiado».
—Lo dejaré descansar —dijo finalmente, acercándose a la puerta—. Su ayuda de cámara estará cerca, pero, si necesita algo, también puede pedir que llamen a la señora Parker. Le pedí que se quedara algunos días por si... necesitaba a alguien de mayor confianza.
Henry tampoco respondió a ese gesto. Liviana tragó saliva y abrió la puerta para marcharse.
—Liviana.
Se detuvo en seco y, por un momento, dudó de si había sido su imaginación.
—Gracias por todo —expresó Henry con más fuerza.
Liviana lo miró por encima del hombro con una expresión de sorpresa. Su padre nunca había sido tan cortés y amable con ella como para darle las gracias.
Henry no la estaba mirando. Tenía los ojos fijos en algún punto de la habitación, como si decir esas palabras hubiese requerido demasiado esfuerzo.
—No tiene que agradecerme nada. Solo cumplo con mi deber como hija —respondió con una mezcla de frialdad e incomodidad.
Salió deprisa antes de que las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus ojos pudieran traicionarla. Una vez en el corredor, apoyó durante un instante la espalda contra la puerta y cerró los ojos.