Miserable Matrimonio Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Marcus sintió otra punzada desagradable en el pecho mientras apretaba la mandíbula con más fuerza. No permitiría que se acercara lo suficiente para convencer a Liviana de convertirse en su amante. Jamás.

Tomó aire para relajarse antes de salir de la habitación.

Como hacía cada noche desde que Liviana le había dado una oportunidad, se encaminó hacia el ala este.

Ya no podía dormir solo cuando podía hacerlo junto a ella.

De hecho, comenzaba a impacientarlo que Liviana continuara negándose a ocupar la habitación contigua a la suya, la que realmente le correspondía como marquesa de Stafford.

Pero no podía obligarla. Ni siquiera podía enfadarse con ella por esa decisión cuando había sido él mismo quien, casi dos años atrás, la había enviado al extremo opuesto de la residencia porque no soportaba la idea de tenerla cerca.

«Idiota».

Cada vez que recordaba al hombre que había sido durante aquellos primeros meses de matrimonio, sentía deseos de regresar al pasado únicamente para darle unos cuantos puñetazos. Pero no podía cambiar el pasado. Solo podía enmendar cada uno de sus errores.

Caminó por los pasillos silenciosos con pasos seguros hasta llegar a la habitación de Liviana.

Tomó el picaporte y trató de abrir. Frunció el ceño al encontrar resistencia.

Volvió a intentarlo, pero no sirvió de nada; estaba cerrada con llave.

Cerró los ojos y permaneció unos segundos con la mano aferrada al picaporte.

—Maldición —murmuró.

Liviana estaba molesta con él. Lo había notado desde el baile y, durante el regreso a casa, ella apenas le había dirigido la mirada antes de retirarse a su habitación.

Soltó lentamente el picaporte y miró la puerta con el entrecejo fruncido.

Solo era una puerta, y eso no iba a impedirle dormir con su esposa.

Desde el día en que Liviana había aceptado darle una oportunidad, se había prometido que no desperdiciaría más tiempo lejos de ella. Ya había perdido casi dos años y tenía planeado recuperar cada minuto que pudiera.

Miró hacia el pasillo desierto y una idea comenzó a formarse en su cabeza.

Sonrió por lo estúpida y arriesgada que era, pero esa noche dormiría con su mujer.

Entró en una de las habitaciones desocupadas situadas en esa misma ala.

Atravesó el dormitorio a oscuras y abrió las puertas acristaladas que daban al pequeño balcón.

Marcus salió y miró hacia su derecha. La habitación de Liviana estaba dos balcones más allá.

—Bien... puedo hacerlo —murmuró, calculando la distancia que tendría que cruzar.

Había hecho cosas considerablemente más peligrosas durante sus misiones. Con un suspiro, pasó una pierna por encima de la balaustrada y apoyó cuidadosamente el pie sobre la estrecha cornisa de piedra que recorría la fachada. Se aferró al borde del balcón mientras buscaba apoyo con el otro pie.

Miró hacia abajo y sintió un vértigo repentino. La caída desde un segundo piso probablemente no lo mataría, pero sí podría dejarlo varios meses en cama.

—Espero que valores esto, ángel —masculló a medida que avanzaba lentamente de lado, manteniendo el cuerpo pegado a la pared. Cuando alcanzó el siguiente balcón, se impulsó hacia la balaustrada y consiguió sujetarse con ambas manos antes de trepar hasta el otro lado.

Soltó el aire, llevando hacia atrás los mechones de cabello que habían caído sobre su frente.

Ya había pasado uno; ahora faltaba otro.

Marcus volvió a pasar por encima de la balaustrada. Avanzó con cuidado hasta alcanzar el último balcón y estiró una mano hacia la barandilla justo cuando uno de sus pies resbaló.

—Mierda —masculló con la frente cubierta de sudor. Se aferró con fuerza a la piedra, recuperó el equilibrio y permaneció inmóvil unos segundos antes de continuar.

Definitivamente no pensaba contarle esa parte a Liviana.

Finalmente alcanzó la balaustrada y trepó hasta el balcón. Apoyó ambas manos sobre las rodillas y respiró profundamente, cerrando los ojos por un segundo. Luego levantó la mirada hacia las puertas de la habitación de Liviana.

—Por favor... —rogó, esperando que estuvieran abiertas.

Probó el picaporte con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando logró abrirlas sin tener que forzarlas.

—Gracias a Dios.

Entró silenciosamente y cerró las puertas tras él. La habitación estaba casi completamente a oscuras. Solo la chimenea y una vela encendida sobre la mesita de noche iluminaban tenuemente la estancia.

Enseguida se acercó a la cama y vio a Liviana dormir.

Con solo verla, su cuerpo se relajó por completo, disipando la tensión acumulada.

Avanzó hacia la cama con una sonrisa cansada, dispuesto a meterse bajo las mantas y abrazar a su esposa.

Pero se detuvo con el ceño fruncido al ver a los gatos de Liviana dormir plácidamente en el lado de la cama que él ya consideraba suyo.

Los observó un segundo antes de tomarlos en sus brazos. Ambos gatos empezaron a quejarse y a removerse para que los soltara, pero Marcus los sujetó con más firmeza entre sus brazos y los llevó fuera de la habitación, dejándolos en el pasillo.

—Su turno terminó —murmuró mientras cerraba la puerta otra vez—. Ese lado de la cama es mío.

Regresó a la cama y se deslizó bajo las mantas con cuidado de no despertar a Liviana.

Se acercó hasta rodearla con un brazo y atraerla suavemente contra su pecho.

Ella se removió ligeramente al sentir el colchón hundirse, pero no abrió los ojos.

Solo suspiró dormida y se acomodó instintivamente contra él.

Marcus hundió el rostro entre sus cabellos y aspiró su aroma a rosas.

Cerró los ojos y sintió cómo la paz y la tranquilidad inundaban su cuerpo.

Había arriesgado el cuello y atravesado dos balcones únicamente para llegar hasta ella.

Pero, ahora con Liviana entre sus brazos, había valido totalmente la pena.

∞∞∞

Cuando Liviana abrió los ojos y quiso moverse en la cama, sintió un peso sobre su cintura que se lo impedía. Giró un poco la cabeza para descubrir que era Marcus quien la abrazaba contra su cuerpo. Quiso removerse para levantarse, pero él la retuvo con más fuerza.

—Marcus —musitó ella—. Suéltame.

—No —respondió con voz ronca, dejando un beso en su cuello que la hizo estremecer—. Tuve que cruzar dos balcones para poder dormir contigo. Mereces un castigo, ¿no crees?

Liviana frunció el ceño y, haciendo fuerza, se giró hasta quedar frente a él.

—Si cerré con llave es porque quería dormir sola, ¿no pensaste en eso?

Marcus abrió los ojos para mirarla. Sin decir nada, levantó una mano para apartar un mechón de cabello de su frente, recorriendo suavemente la línea de su mejilla con el pulgar.

—Sé que estás molesta, ángel, y con toda razón —comenzó él con suavidad—. Anoche no debí dejarte sola tanto tiempo, pero... era importante.

—Lo entiendo, dejaste claro que los bailes también forman parte de cerrar negocios —respondió ella, pero su tono dejaba claro que seguía molesta.

—Perdóname, no quería hablarte de esa forma —suplicó Marcus.

Ella bajó la mirada y aflojó la tensión de su cuerpo, dejando que la molestia diera paso a la tristeza.

—No lo sé, Marcus. Pensé... que todo estaba yendo bien entre nosotros, que no habría más problemas, pero... anoche sentí que estabas molesto conmigo cuando no hice nada malo. Volviste a hablarme con frialdad y sentí que estaba frente al hombre que me rechazó y me echó de su casa.

Marcus entreabrió los labios para decir algo, pero los cerró al no saber cómo justificarse. Le dolían esas palabras, que su ángel sintiera que era el mismo hombre de antes.

—Yo... —tragó con dificultad por el nudo que tenía en la garganta—.

No soy ese hombre, Liviana. Juro que he cambiado, pero los matrimonios nunca son fáciles y, a veces, voy a fallar.

Estaré tan cansado que no mediré mi tono o mis palabras.

Pero te prometo —tomó su mano y la besó antes de mirarla a los ojos— que voy a intentar ser mejor cada día por ti, por nosotros.

Liviana sintió cómo la calidez de su gesto disipaba un poco su molestia.

—Es más, si me porto mal, tienes derecho a regañarme y darme una buena bofetada —dijo él con una sonrisa que la hizo reír.

Ese sonido hizo que su corazón latiera con un poco más de tranquilidad. No soportaba que ella estuviera molesta con él.

—¿Crees que no lo haré? —lo retó ella, arqueando una ceja.

Él la besó en respuesta, un beso intenso y apasionado, como si no hubiera un mañana.

—Extrañé esto anoche —musitó sobre sus labios, volviendo a dejarle un casto beso—. Casi caigo del segundo piso por querer llegar hasta ti.

—No te ibas a morir por una simple caída.

—¿Simple caída? ¿Sabes lo alto que está el balcón? Habrías tenido que recogerme con una espátula del jardín —bromeó él, haciéndola reír más alto antes de volver a besarla—. Haría eso y mucho más con tal de estar contigo, sin importar los riesgos ni las locuras que deba cometer para lograrlo.

Liviana solo pasó las manos por su rostro, apartando los mechones cortos de su frente.

—¿Aún no merezco que me digas que me amas? —preguntó, rompiendo el silencio.

Liviana negó con una sonrisa y él asintió.

—Bien, seguiré esperando entonces —musitó antes de volver a besarla y recorrer con las manos el costado del cuerpo de Liviana.

Luego, sin esperar mucho, la desnudó y empezó a adorar su cuerpo sin prisa; la deseaba y pensaba saciar esa necesidad.

∞∞∞

Liviana estaba nerviosa.

¿Cómo no estarlo?

Habían recibido un aviso esa mañana de que el barco en el que viajaba su padre había llegado finalmente a Inglaterra. De inmediato había enviado un carruaje para recogerlo y, desde entonces, apenas había conseguido permanecer quieta.