Capítulo 39
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Me han informado de que el conde de Hamilton ha regresado a Inglaterra después de casi dos años en Brasil. Se desconocen todavía los motivos de su repentino retorno, aunque algunos aseguran que su salud podría no encontrarse en las mejores condiciones.
Me pregunto si ahora sí querrá permanecer cerca de su hija, para nadie era secreto que el conde prácticamente aborrecía a su única descendiente, hasta el punto de presentarla en sociedad un año antes de lo acostumbrado y comprometerla poco después con el difunto lord Aldermere.
Aunque imagino que la ironía de la vida está dando ahora una verdadera lección al conde de Hamilton.
En estos momentos, incluso yo siento cierta pena por lady Stafford.
Aunque, pensándolo mejor, si hubiera continuado comprometida con el anterior vizconde de Aldermere, hoy sería su viuda y probablemente se encontraría en una posición mucho más favorable, en lugar de estar a las puertas de convertirse en una mujer divorciada y prácticamente exiliada de la sociedad.
Qué curioso puede resultar el destino. A veces, aquello que creemos nuestra salvación termina siendo nuestra desgracia.
Revista de sociedad de Lady Kennt.
Media hora después, Liviana estaba en medio del salón bailando con el duque de Windsor.
Después de su conversación, ella entró primero, reuniéndose con Jayne una vez más y explicándole por qué había salido tan repentinamente.
Marcus aún no había aparecido y, para ese entonces, su ánimo estaba por los suelos. No sabía dónde estaba y Beaufort, a quien había preguntado, no había sabido qué decirle, aunque pareció nervioso ante su pregunta.
Las miradas habían estado sobre ella y Jayne casi toda la noche, y habían aumentado desde que Marcus desapareció. No tenía que ser demasiado observadora para imaginar lo que estarían comentando.
Lo que no entendía era por qué Marcus había recalcado que se quedara a su lado cuando él mismo había sido quien la dejó sola.
El duque estaba siendo bastante amable y educado, manteniendo la distancia después de la conversación. Después de todo, era un caballero.
Soltó un leve suspiro, deseando poder tener el dominio de su corazón, poder olvidar a Marcus y su sufrimiento, tener el valor de alejarse de él, porque vivir siempre con la duda y la incertidumbre terminaría llevándola a la tumba antes de tiempo.
Todo entre ellos estaba bien siempre y cuando ella supiera que estaba en la residencia, pero, en cuanto saliera, sabía que sus pensamientos no la dejarían en paz. Que pensaría lo peor de él aunque no estuviera haciendo nada malo.
Cuando el baile terminó, el duque hizo una reverencia y ella hizo lo mismo. Justo cuando iban a abandonar la pista de baile, se detuvo en seco al ver a Marcus frente a ella, con una mirada demasiado seria puesta en Windsor.
—Solo me ausento un momento y aprovechas para estar cerca de mi esposa, Windsor —gruñó Marcus.
El duque levantó una ceja.
—Solo estaba procurando que se divirtiera un poco. Después de todo, la dejaste sola, otra vez —replicó Windsor con igual seriedad.
Marcus entrecerró los ojos, fulminándolo con la mirada. Luego miró a Liviana y la atrajo hacia sí.
—No te quiero cerca de mi esposa, Windsor —advirtió y, antes de alejarse, se acercó para que solo él pudiera escucharlo—. No pienses que no me he dado cuenta de tu atracción por ella. Por eso te quiero lejos.
Y, sin esperar respuesta, se alejó llevándose a Liviana sin importarle los muchos pares de ojos puestos sobre ellos.
—Marcus —musitó ella—. Todos nos miran.
Pero él continuó hasta quedar en un rincón, cerca de la mesa de bocadillos.
—No debiste aceptar su invitación a bailar —recriminó él, haciéndola fruncir el ceño.
—¿En serio? No vi nada malo en hacerlo, y menos cuando tú desapareciste —señaló ella, molesta.
Marcus apretó los dientes.
—Estaba aquí mismo, reunido con unos socios importantes —explicó él.
—¿Socios? ¿En un baile? —Ella rio con ironía.
—Sí, Liviana, estos eventos también son espacios estratégicos para cerrar negocios —explicó él con frialdad. Parecía molesto.
Ella bajó la cabeza y asintió. No era lugar para discutir.
Ambos volvieron a mezclarse entre los invitados, y Liviana vio a Jayne bailando con su hermano, lord Normanby. Parecía divertirse y sonrió por ella.
Se mantuvo al lado de Marcus en silencio, queriendo regresar ya a casa y encerrarse en su habitación.
Marcus, por su lado, trató de recuperar el control, haciendo que la ira disminuyera poco a poco.
Había planeado que el baile fuera una oportunidad para acercarse más a su esposa, pero todo había salido mal en cuanto vio al detective Vance allí y luego lo vio hacerle señas para que se reuniera con él.
Durante todo ese tiempo habían estado en la zona más alejada del jardín de Devonshire House.
Vance le había contado que habían descubierto a uno de sus compañeros y lo habían secuestrado.
Aún no tenían noticias de él, pero le advirtió que la misión se estaba complicando porque se había filtrado que había un grupo de espías buscando a los traidores.
Eso enfureció a Marcus. Primero, porque debía actuar con más cuidado con Emma; no podía dejar ninguna duda de que su interés por ella era real.
Y segundo, porque había tomado la decisión de enviar a Liviana y a su familia al campo.
Su padre estaba delicado y no podría defender a su madre si se descubría que él era uno de esos espías, y tampoco podía poner en riesgo a Liviana. Eso nunca se lo perdonaría.
Aunque, tal vez, eso sería lo mejor. Alejarla de Londres también le evitaría el sufrimiento de saber que él se encontraba con Emma.
Miró a Liviana, que estaba a su lado, y se percató de su rostro triste mientras contemplaba a las parejas danzar en medio del salón.
Apretó los puños, molesto ahora consigo mismo.
Había sido un idiota. La información de Vance lo había alterado y los celos que le provocó verla con Windsor lo hicieron tratarla con una frialdad que no merecía, y menos cuando se había jurado no volver a hacerlo.
—Ángel —la llamó con suavidad, tomando su mano.
Ella se giró y lo miró a los ojos. Sus hermosos ojos turquesa habían perdido el brillo que habían tenido antes de salir de la residencia.
—Perdóname —dijo en voz baja, sin apartar la mirada de ella—. Estaba molesto por... la conversación con los socios que te mencioné y luego verte con Windsor... los celos me cegaron. No debí hablarte así —explicó con suavidad, trazando círculos sobre el dorso de su mano.
Liviana lo miró fijamente antes de asentir.
—No tienes que sentir celos, Marcus. Yo nunca te engañaría —respondió ella, volviendo la mirada hacia el centro del salón.
Marcus se quedó mirándola con un nudo en la garganta, sintiendo la amargura que esas palabras le provocaron.
Él tampoco la había engañado nunca; siempre había sido fiel a ella desde que intercambiaron sus votos en la iglesia.
Aunque en aquel tiempo aún creía sentir algo por Emma, la había mantenido alejada de él porque, a pesar de todo, había dado su palabra ante Dios.
Y ahora que había aceptado sus sentimientos por Liviana, mucho menos tenía ojos para otra mujer que no fuera su esposa.
Pero, aun así, la amargura le espesaba la saliva porque, aunque no fuera real, se veía a escondidas de su esposa con Emma.
Y, en cierto modo, eso también era una traición.
—¿Quieres bailar? —le preguntó, levantando su mano para entrelazarla con la suya. Ella volvió a mirarlo y él le sonrió débilmente. Al final, Liviana terminó asintiendo sin demasiado entusiasmo.
Se unieron a la danza y bailaron en silencio, con las miradas de todos puestas sobre ellos. Para ese entonces, a Liviana ya no le importaba demasiado lo que dijeran de ellos; solo quería marcharse, caer en su cama y cerrar los ojos.
Al final, la sensación de que algo saldría mal, de que la relación que habían construido durante esos días se vería afectada por alguna razón, resultó ser válida.
Era como si esos días llenos de felicidad junto a Marcus hubieran sido un sueño del cual ya había despertado y ahora tuviera que afrontar la realidad una vez más.
∞∞∞
Marcus cerró la puerta de su habitación después de despedir a su ayuda de cámara y terminó de acomodarse la ropa de dormir con movimientos más bruscos de lo necesario.
Seguía molesto, no con Liviana, sino consigo mismo.
Había pasado buena parte del trayecto de regreso lamentando la forma en que le había hablado esa noche.
No tenía derecho a descargar sobre ella un enojo que ni siquiera había provocado.
Había estado asustado y alterado por la conversación que había tenido con Vance.
Nunca creyó que alguno de ellos pudiera ser descubierto.
Y lo peor era que estaba secuestrado. Todos habían dado su palabra de que, pasara lo que pasara, no podían delatar a sus compañeros ni a quien había ordenado la misión.
Aun así, Marcus no podía evitar temer por Liviana o por algún miembro de su familia.
Sabía que, bajo tortura, hasta el hombre más fiel podía hablar y delatarlo todo.
Si llegara a saberse que él era uno de los espías, no irían por él, sino por su esposa o por alguien de su familia.
Tenía que evitar que algo así sucediera; tenía que infiltrarse cuanto antes en esa red.
Y, por mucho que odiara la idea, Emma era la única vía por el momento.
Y, para empeorar las cosas, había tenido que ver a Windsor bailando con su esposa.
Solo recordarlo hizo que apretara la mandíbula.
El interés de Windsor por Liviana nunca había sido un secreto para él.
Lo había notado desde la primera vez que los presentó.
La manera en que Windsor la observaba era demasiado evidente y sabía lo que pretendía.
Ellos se conocían desde hacía años, pero eso no impediría que Windsor intentara acercarse a Liviana.
Eran caballeros, sí, pero seguían siendo hombres acostumbrados a conseguir todo lo que deseaban.
Y Windsor deseaba a su esposa.