Miserable Matrimonio Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

—Pero ¿por qué nunca me dijiste que el hombre que amaste era el marqués de Winchester? —preguntó Liviana con suavidad.

Jayne tomó una copa de la mesa y frunció el ceño durante unos instantes antes de encogerse de hombros.

—¿Acaso importa quién era el hombre que me destrozó el corazón y la vida?

—No, pero... —Liviana se mordió el labio—. La forma en que te miró... no sé, me pareció ver la tristeza y la culpa reflejadas en su mirada.

Jayne apretó los labios y negó.

—Christian quedó en mi pasado, Liviana. Lo que sienta no me importa. Él me destruyó sin importarle mis sentimientos, fingió amarme para conseguir lo que quería de mí y, cuando lo tuvo, me desechó y se rehusó a casarse conmigo —contó con la voz baja, casi quebrada.

Liviana la observó durante unos segundos, pensando si debía preguntar o no.

—¿Todavía lo amas? —preguntó al fin, dando un paso más cerca. Jayne bajó la mirada hacia su copa.

—No lo sé —confesó sin levantar la mirada—.

Era más sencillo odiarlo que aceptar todo lo demás después de lo que hizo —dio un sorbo a su copa y parpadeó, evitando que notaran sus ojos húmedos—.

Lo amé lo suficiente para ser una completa estúpida y creer cada palabra que salía de su boca.

Pero eso fue hace casi cinco años. Ya no soy esa mujer.

Liviana permaneció en silencio, escuchándola y notando el dolor en su voz.

Tal vez sí había sido una mala idea convencerla de regresar a Londres.

La Jayne que conoció en Green Hills era alegre y nada la hacía llorar.

Green Hills era su lugar seguro y, por no querer estar sola en Londres, la había arrastrado con ella.

—No tienes que hablar de ello si no quieres. Entiendo tu dolor y lo difícil que debe ser para ti enfrentar tu pasado después de tanto tiempo.

Jayne le dedicó una pequeña sonrisa.

—Ya te dije, no soy tan fuerte como tú —dijo Jayne con suavidad. Liviana negó enseguida.

—Sí lo eres. Afrontaste tus problemas y saliste adelante.

Jayne soltó una risa irónica antes de beber todo el contenido de su copa.

—Si te contara todo, no pensarías lo mismo —murmuró, haciendo que Liviana frunciera el ceño—. Algún día te contaré todo. Solo... no esta noche.

—Está bien —asintió, tomando su mano y apretándola con cariño—. Aunque debo decir que ahora comprendo por qué tu hermano parecía dispuesto a asesinarlo.

Jayne soltó una risa baja.

—Logan lleva casi cinco años esperando una oportunidad para hacerlo. Leo suele ser quien evita que termine cometiendo ese crimen.

Liviana rio suavemente, agradecida de ver desaparecer parte de la tristeza del rostro de su amiga.

—Qué conmovedor amor fraternal —bromeó Liviana, aunque, en el fondo, habría deseado tener a alguien que la hubiera cuidado así.

—Cuando tuve mi primera temporada, esa protección fue agotadora. No dejaban que ningún caballero que no creyeran digno se me acercara —contó Jayne con una sonrisa que disminuyó un poco—. Al final, se acercó el peor de todos.

Liviana iba a responder, pero fue interrumpida.

—Buenas noches, lady Stafford.

La sonrisa desapareció de los labios de Liviana al reconocer la voz femenina detrás de ellas. Al girarse, vio a Emma Ashton dirigiéndole una mirada gélida y cargada de superioridad.

«Te juro que Emma no significa nada para mí».

Recordó las palabras de Marcus y sintió algo de tranquilidad. No tenía por qué bajar la cabeza ante ella.

—Señorita Ashton —saludó con cortesía y una sonrisa fingida.

—Debo admitir que no esperaba verla aquí esta noche —comentó con una mezcla de sorpresa y desdén mientras miraba la mesa llena de bocadillos—. Dadas las circunstancias de su matrimonio.

Liviana se tensó, pero mantuvo la expresión serena. No le daría el gusto a Emma de verla alterada por sus comentarios malintencionados.

—Mis circunstancias matrimoniales no son asunto suyo, señorita Ashton —respondió Liviana con firmeza, a la vez que elevaba el mentón.

Emma sonrió un poco antes de mirarla con una ceja arqueada.

Hasta ese gesto la hacía lucir demasiado hermosa.

La inseguridad la golpeó hasta el punto de hacerla dudar de si realmente Marcus ya no deseaba a Emma.

Ella era muy bella, con su cabello rubio perfectamente peinado, que parecía oro esculpido, y su rostro seguía siendo perfilado y llamativo.

Pero, a pesar de su belleza, aún continuaba soltera.

¿Acaso aún esperaba a Marcus?

Por esa parte, no podía juzgarla por estar dispuesta a perder su belleza y juventud. Ella misma lo habría esperado si hubiera tenido la certeza de que estarían juntos algún día.

—Quizá no —respondió Emma ahora con un tono demasiado dulce—. Pero ¿de qué sirve fingir que todo está bien cuando todo Londres sabe que Marcus se divorciará de ti?

Liviana apretó ligeramente los dedos alrededor de su copa, recordando por qué la odiaba.

—En primer lugar, le exijo que me respete. No somos iguales para que me tutee —masculló Liviana con rabia—. Y, en segundo lugar, los rumores no significan que sean ciertos. Marcus y yo estamos bien, nuestro matrimonio también.

Emma soltó una risita cristalina, llevando su abanico a los labios.

—Qué curioso que digas eso cuando el propio Marcus me aseguró que me haría su esposa en cuanto se librara de ti —aseguró Emma sin dejar de tutearla, como si tuviera derecho a hacerlo.

Liviana cerró los ojos un segundo, tratando de que la ira no la dominara. No sabía por qué esa mujer siempre conseguía sacar lo peor de ella. Pero la punzada de la duda también estaba ahí. Emma hablaba con tanta seguridad que, por un momento, las palabras de Marcus parecieron mentiras.

«No dudes, no dudes, no dudes».

Se repitió Liviana mentalmente.

«Liviana, yo te amo».

Recordó una vez más esas palabras que Marcus le había repetido incansablemente durante los últimos días. No podían ser mentiras. Nadie podía decir esas palabras sin sentirlas, ¿verdad?

Miró a Emma con frialdad, ajustando su postura, lista para retirarse.

—Entonces debería hablar con Marcus —dijo tranquilamente—. Estoy segura de que él podrá aclararle cuál es exactamente el lugar que ocupa usted en su vida.

La sonrisa de Emma titubeó en sus labios.

—Buenas noches, señorita Ashton —añadió Liviana, recalcando su rango inferior.

Emma apretó los labios con ira, pero Liviana y Jayne ya se habían alejado.

—Así que ella es la tal Emma —musitó Jayne, y Liviana solo asintió, aún molesta.

Le ardía el pecho por la rabia y la duda sembrada por esa mujer. Intentó respirar profundamente para calmar el temblor de sus manos y luego buscó a Marcus por el salón. Pero Lillian se interpuso en su búsqueda, quedando frente a ella con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Mi querida Liviana —dijo la duquesa con suavidad—. Lady Jayne.

Jayne hizo una leve reverencia a modo de saludo y Liviana le devolvió la sonrisa, olvidándose por un momento de Emma al ver cómo Lillian había adelgazado en tan solo unos días. Sintió una punzada de pena por ella, porque imaginaba lo triste que debía estar por la enfermedad de su esposo.

—su gracia —saludó Liviana—. ¿Cómo está?

Lillian respondió con un suspiro triste antes de mirar a su alrededor para evitar que sus ojos se humedecieran.

—Sobrellevando toda esta situación —respondió al fin.

—Y... ¿el duque? ¿Cómo se encuentra?

Lillian se humedeció los labios antes de encogerse ligeramente de hombros.

—Sigue en cama. Cada día está más débil. Pensé que mejoraría con los cuidados y remedios del médico, pero... —se interrumpió para aclararse la garganta—... no ha habido mejoría alguna, sino todo lo contrario.

Liviana miró a Jayne sin saber qué decir.

—De hecho, ya me iba. Solo cumplía con mi deber de duquesa. Pero, la verdad, asistir a estos eventos sin Alexander... ya no es lo mismo —continuó Lillian.

—Comprendo —musitó Liviana.

—¿Dónde está Marcus? —preguntó con más seriedad—. No quiero pensar que esté huyendo de mí.

Liviana frunció el ceño y ladeó la cabeza.

—¿Por qué huiría de usted? —preguntó.

—Por el rumor del divorcio —respondió, mirándola fijamente antes de tomar su mano enguantada y apretarla—. Liviana, lo siento tanto. No sé por qué mi hijo se comporta de esta manera. Primero la anulación y ahora ¿pretende un divorcio? Dios mío.

Liviana negó con la cabeza, brindándole una sonrisa.

—No se preocupe, su gracia. Es solo un rumor. Marcus no ha pedido ningún divorcio —informó ella con suavidad.

—Pero... ¿en serio? —Liviana asintió—. ¿Entonces por qué Lady Kennt ha publicado semejante noticia?

—No... lo sé. Tal vez solo quiere crear rumores porque no tiene nada más que publicar —dijo con una sonrisa para que no notara la mentira.

No le diría que había sido ella quien habló de divorcio.

Lillian ladeó la cabeza, confundida, pero terminó asintiendo.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó de nuevo.

Liviana volvió a recorrer el salón buscándolo, pero no lo encontró. Ella lo había dejado con Beaufort y los mellizos William. ¿Dónde podría estar?

—No lo sé —musitó, aún buscando, cuando de repente su corazón dio un vuelco al recordar a Emma.

La buscó a ella también y sintió cómo algo se rompía dentro de ella al no encontrarla tampoco.

«¿Están juntos?».

Ella se negó a creer que Marcus la traicionara de esa manera después de haberle asegurado que no sentía nada por Emma, que la amaba a ella.

—Bueno, está bien. Yo ya me voy —informó Lillian.

—Sí, pronto iré a visitarlos —dijo Liviana con la voz algo temblorosa; aun así, fingió una sonrisa para Lillian.

Se despidieron y Liviana volvió a quedarse sola con Jayne.

—Necesito aire —dijo Liviana sin más.

—¿Qué tien...? —Jayne no llegó a completar la pregunta porque Liviana ya se había alejado con pasos rápidos hacia la salida que daba al jardín de la propiedad.

Al salir, el aire de la noche le golpeó el rostro y enseguida cerró los ojos, respirando profundamente para calmar los latidos de su corazón.

—No, por favor —suplicó a la nada, sintiendo cómo los ojos le picaban por las lágrimas.

Marcus no podía hacerle eso, no cuando ella le había dado la oportunidad que él mismo suplicó.