Capítulo 38 #2
Dios. Estaba completamente cautivado por ella. Se puso de pie sin apartar los ojos de Liviana para acercarse con una sonrisa.
—Marcus... —musitó Liviana con las mejillas sonrojadas por la intensidad de su mirada.
No tuvo oportunidad de decir nada más porque él rodeó su cintura con un brazo y la atrajo suavemente contra su cuerpo antes de inclinarse para besarla en los labios.
Fue un beso breve y delicado, pero suficiente para que Liviana sintiera un revoloteo en el estómago.
¿Podría algún día acostumbrarse a recibir esas muestras de amor de él?
Marcus se apartó solo unos centímetros, permaneciendo cerca de ella, contemplándola con una sonrisa.
—Estás hermosa, ángel —murmuró—. Serás la envidia de todas las damas del baile esta noche.
Liviana sonrió, sintiendo que el rubor de sus mejillas aumentaba.
—Exageras. Estoy segura de que habrá damas mucho más hermosas esta noche.
—En absoluto. Para mí, tú eres la más hermosa.
Liviana bajó tímidamente la mirada y apoyó ambas manos sobre su pecho para alisar con cuidado las solapas de su chaqué.
—Tú también estás muy guapo —admitió en voz baja, haciendo que la sonrisa de Marcus se ensanchara.
Un carraspeo sonó detrás de ellos. Liviana abrió los ojos y se separó inmediatamente de Marcus, con las mejillas todavía más encendidas, si es que eso era posible. Jayne estaba a pocos pasos de distancia, observándolos con una expresión divertida.
—Ya estás aquí —dijo Liviana, intentando recuperar la compostura. Jayne solo asintió.
Marcus, en cambio, no pareció sentirse avergonzado por mostrar sus sentimientos hacia su esposa. Conservó la sonrisa mientras le ofrecía el brazo.
—Vámonos, entonces.
Liviana asintió, tomando su brazo para salir de la residencia y subir al carruaje que los esperaba.
El trayecto fue tranquilo y silencioso. Marcus tomó su mano durante todo el camino, acariciando suavemente el dorso.
Liviana, de vez en cuando, observaba a Jayne, quien permanecía mirando por la ventanilla.
Notaba su nerviosismo a pesar de que ella intentaba ocultarlo.
Sus manos no dejaban de jugar con la tela de su vestido, y Jayne rara vez hacía eso.
A pesar de todo, debía admitir que estaba hermosa. De hecho, Jayne William era hermosa y nadie podía negarlo.
Para presentarse al baile de sus padres, iba escandalosamente vestida de rojo carmesí, con un atrevido escote.
La falda de seda caía en suaves pliegues bajo el busto, cubierta parcialmente por una fina sobrefalda de tul bordada con flores y enredaderas de oro que terminaba en una pequeña cola.
Los largos guantes rojos y las joyas doradas completaban el conjunto, haciéndola prácticamente imposible de ignorar.
El carruaje se detuvo frente a Devonshire House. Marcus descendió primero, se volvió de inmediato para ofrecerle la mano a Liviana y ayudarla a bajar, antes de hacer lo mismo con Jayne.
Liviana sonrió un poco al contemplar lo enorme que era la mansión de los duques de Devonshire.
Sin duda eran bastante acaudalados y poderosos; no por nada toda la sociedad ansiaba asistir a sus bailes y congraciarse con ellos.
Luego miró a Jayne para bromear sobre la casa en la que se había criado, pero su sonrisa desapareció al ver el rostro de su amiga, lleno de tristeza, nerviosismo y cierta anticipación mientras observaba la casa.
—Jayne... —Liviana se acercó un poco—. ¿Estás bien? ¿Realmente quieres entrar? Podemos...
Marcus la tomó suavemente del brazo, atrayéndola hacia sí e interrumpiendo su pregunta. Liviana lo miró con el ceño fruncido, pero enseguida relajó sus facciones cuando lo vio negar con la cabeza, haciéndole un gesto para que no continuara abrumando a Jayne con preguntas.
Entonces asintió, mordiéndose el labio inferior, recordando la conversación que habían tenido hacía pocas horas mientras compartían el baño.
Segundos después, Jayne soltó finalmente un largo suspiro y se giró hacia ellos con una sonrisa.
—Entremos —dijo sin más—. Hace casi cinco años que no pongo un pie en un salón de baile. Muero por saber qué cambios ha tenido la alta sociedad durante mi ausencia.
Liviana sonrió y buscó la mirada de Marcus.
Él solo asintió y le ofreció el brazo. Ella entrelazó el suyo con el de él para comenzar a caminar hacia la entrada.
Jayne caminó junto a ellos mientras atravesaban la entrada de Devonshire House.
El sonido de la música y el murmullo de las conversaciones se hicieron cada vez más intensos mientras se acercaban.
Después de entregar sus invitaciones y esperar su turno, finalmente escucharon cómo eran anunciados.
Liviana sintió que el estómago se le encogía mientras avanzaban. Pensó que sería más fácil presentarse ante la sociedad una vez más, pero las manos le estaban sudando bajo la tela de los guantes por el nerviosismo.
Justo antes de que cruzaran las puertas del salón, Marcus se inclinó hacia ella.
—No te separes de mí —le recordó en voz baja, y ella solo se limitó a asentir.
Tenía un nudo en la garganta. Hacía casi dos años que no ponía un pie en un salón de baile y, durante su primera temporada, apenas había tenido oportunidad de asistir a unos cuantos.
Pero esa noche era diferente. Ahora estaba casada y Marcus la quería.
No como antes, cuando apenas soportaba tenerla cerca.
Tomó aire y se aferró un poco más al brazo de Marcus en el mismo momento en que entraron al salón.
Todos se giraron hacia ellos y comenzaron a murmurar sin discreción alguna.
Tanto su regreso como el de Jayne eran motivo de conversación.
Liviana levantó el mentón, fingiendo seguridad; al menos debía aprovechar lo bien que se le daba fingir.
Marcus la guió por el salón sin soltarla, sin mirar a nadie, limitándose a asentir ante los saludos de algunos conocidos y compañeros del Parlamento, hasta llegar donde se encontraban Beaufort y el marqués de Winchester.
—Buenas noches —saludó Marcus, incorporándose a ellos junto a Liviana y Jayne.
—Stafford —saludó Beaufort, haciendo espacio para ellos—. Pensamos que no llegarían. El baile comenzó hace ya un buen rato.
—Lo mejor se hace esperar, caballeros —respondió él con una media sonrisa, mirando a Liviana.
Los dos hombres negaron con la cabeza antes de posar sus ojos sobre Liviana y Jayne.
—Miladys —saludó el duque con educación.
Liviana hizo una leve venia con una sonrisa.
—su gracia.
Jayne fue quien se quedó callada, sin dirigirle la mirada a ninguno de los dos.
El silencio se prolongó un instante y Liviana frunció el ceño al notar la tensión. Sabía que a Jayne no le agradaba Beaufort por ser amigo de él, Christian. Podía recordar el nombre que ella había pronunciado ante su hermano días atrás.
Ella los observó uno a uno sin decir palabra, hasta que posó los ojos en el marqués de Winchester.
Solo había visto al hombre una vez y de eso ya habían pasado dos años.
Seguía teniendo el mismo aspecto, pero ahora llevaba el cabello rubio más corto y mostraba una expresión contenida que la hizo fruncir el ceño.
Siguió su mirada, que permanecía fija intensamente en alguien, y se sorprendió al descubrir que era a Jayne a quien miraba de esa forma.
Volvió a fruncir el ceño, girándose para mirar completamente a su amiga, que había quedado detrás de ella. Jayne también lo miraba, pero el odio en sus ojos ámbar era demasiado evidente como para no llegar a la conclusión de que ese Christian era el marqués de Winchester.
«Dios, ¿cómo no lo deduje antes?».
Se preguntó, frunciendo los labios.
El silencio entre ellos acabó con la llegada de los mellizos William, los hermanos mayores de Jayne.
—Buenas noches —saludaron, acercándose a su hermana e interponiéndose entre ellos, como si quisieran evitar que Winchester la mirara.
—Por favor, no hagan una escena aquí —susurró Jayne a sus hermanos.
—No lo haremos si él se aleja —replicó Windsor, fulminando a Winchester con la mirada, quien bufó con una sonrisa.
—Por favor, yo ya estaba aquí —se defendió el marqués.
—Es que ni siquiera deberías haber asistido al baile —añadió Normanby.
—Recibí la invitación, ¿por qué desaprovecharla? —espetó Winchester, encogiéndose de hombros, para luego tomar aire y mirar a los mellizos, buscando una vez más la atención de Jayne—. Además, deberían olvidar el pasado. Ha transcurrido demasiado tiempo para conservar los rencores.
—Maldito —siseó Windsor, apretando los puños y queriendo lanzarse contra el marqués, pero entre Marcus y Normanby lo detuvieron.
Jayne miró a todos lados al ver que habían llamado la atención, miró a su hermano y posó una mano sobre su pecho.
—Logan, por favor. Es el baile de nuestros... padres, no quiero que piensen que apenas regresé ya estoy provocando otro escándalo —habló Jayne, mirando fijamente a su hermano.
—Jayne tiene razón, Logan. Queremos recuperar nuestra familia, y un escándalo no ayudará —agregó Normanby.
Windsor asintió y pasó las manos por su chaqué. Winchester negó con la cabeza y, antes de retirarse, lanzó una última mirada llena de tristeza a Jayne.
El ambiente se relajó un poco, pero Liviana podía sentir que su amiga seguía tensa. Se acercó a Marcus y se inclinó un poco hacia él.
—Iré con Jayne a la mesa de bocadillos para darle un momento de respiro —avisó ella. Él la miró con el entrecejo fruncido, dando a entender que la idea no le agradaba—. Solo será un momento.
Marcus miró al frente y, por un segundo, su mirada se quedó fija en un mismo lugar. Liviana se giró, pero no vio a nadie y volvió su atención hacia él.
—¿Marcus?
—Está bien, ve, pero no salgas del salón, por favor —pidió, mirándola ahora fijamente a los ojos.
—Sí —respondió ella con una mirada dubitativa.
Luego se alejó con Jayne hacia el área donde estaban servidos los aperitivos. Había muy pocas damas y caballeros cerca de la mesa, lo que les permitiría hablar con mayor privacidad sin llamar demasiado la atención.
—Entonces... ¿Christian?
Jayne se tensó de inmediato.
—No, por favor.