Capítulo 38
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Aunque, si debo hablar de vestidos, es imposible no mencionar a lady Liviana, marquesa de Stafford.
Nuestra joven marquesa reapareció en sociedad sencillamente hermosa y demostrando que su estancia en el campo no perjudicó en absoluto su buen gusto por la moda.
Estoy segura de que más de una dama estará visitando muy pronto a la señora Jaynson para intentar imitar su estilo.
Entre tantas distracciones, confieso que no tuve tiempo de percibir si los duques de Devonshire llegaron a acercarse a su hija. Después de todo, lady Jayne llevaba casi cinco años ausente de la sociedad londinense.
Lo verdaderamente irónico es que los duques decidieran invitar al mismo caballero que perjudicó la reputación de su hija y después la repudió.
Pero... cinco años pueden cambiar muchas cosas.
Tal vez no sea demasiado tarde para enmendar ciertos errores, lord Christian.
Revista de sociedad de Lady Kennt.
—Esta noche, ángel, quiero que te mantengas a mi lado —pidió Marcus, frotando su espalda con un paño húmedo.
Ambos estaban en el cuarto de baño de la habitación de Liviana. Ella había estado dándose un baño cuando él irrumpió y ordenó a Olivia y Bea que salieran de la habitación para unirse a ella.
Y, por supuesto, ya le había hecho el amor dentro de la bañera. Él no desaprovechaba ninguna oportunidad para tocarla y hacerla suya. Aunque ella tampoco se negaba; disfrutaba de ese placer de pertenecerle completamente.
Esa noche era el baile de los duques de Devonshire y la apertura oficial de la temporada social. Imaginaba que ese año muchas jóvenes se habrían presentado ante el rey.
—¿Estás seguro? —preguntó indecisa.
A pesar de haber pasado días maravillosos al lado de Marcus, quien prácticamente se había quedado en casa, secuestrándola cada vez que la veía, no podía evitar sentir que esa noche algo podría salir mal o cambiar la relación que habían estado construyendo.
Quería mantener la esperanza de que nada sucedería, que Marcus le demostraría igualmente su amor y olvidaría a Emma, que esa noche demostrarían ante la sociedad que su matrimonio estaba mejor que nunca.
—Sí —respondió Marcus, juntando sus cuerpos desnudos y mojados por el agua. Hizo que ella recostara la cabeza contra su pecho y lo mirara—. Hay cosas que... no puedo decirte, al menos por ahora.
Ella frunció el ceño sin comprender.
—Puedes decírmelo, Marcus. Confía en mí —pidió ella, girándose para quedar frente a frente.
Él negó y pasó una mano por su rostro con el corazón oprimido, rogando no tener que encontrarse con Emma, al menos esa noche.
—No puedo, aún no —terminó respondiendo en un susurro.
Ella bajó la mirada y asintió.
—También estaré con Jayne —comentó ella con la voz más decaída. Le afectaba un poco que Marcus no confiara completamente en ella—. Es el baile de sus padres y seguro que ellos tratarán de hablar con ella.
—Deberías darle espacio para que puedan arreglar su situación —aconsejó Marcus, volviendo a pasar el paño por su cuerpo.
—Ella no quiere hablar con ellos ahora —respondió, encogiéndose de hombros.
—¿Y le crees? —preguntó con una ceja arqueada—. Recuerdo que ella era muy apegada a su familia, a sus hermanos, hasta que ocurrió el escándalo.
Liviana se quedó callada, pensativa. Marcus era amigo de los hermanos de Jayne; seguramente conocía bien los detalles del escándalo de su amiga.
—Si regresó es porque seguramente también quiere terminar con la distancia que existe entre ella y su familia —añadió Marcus—. Pero, si no quiere hablar con ellos, puede permanecer a nuestro lado. No me molesta.
Liviana terminó asintiendo.
—Gracias —musitó. Levantó un poco una de sus piernas para pasar ella misma el paño mientras Marcus seguía atendiendo su espalda—. ¿Deseas tener hijos? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio.
Marcus se quedó inmóvil detrás de ella. Luego continuó pasando el paño hasta subir por su cuello.
—Por supuesto que deseo tener hijos, ángel —respondió con dulzura—. ¿Tú quieres?
Liviana lo pensó un poco antes de asentir lentamente.
La revista de Lady Kennt que había leído hacía pocos días había hablado de la necesidad de un heredero entre los nobles y los había mencionado específicamente a ellos, insinuando que era muy probable que ella no fuera la marquesa que diera a luz a los herederos de Marcus.
Ella saltó repentinamente al sentir los labios de Marcus junto a su oreja, provocándole una corriente por todo el cuerpo que terminó alojándose en su vientre bajo.
—Podríamos comenzar a concebir uno ahora —susurró seductoramente.
—Se nos hará tarde. Además, ya... lo... hicimos —dijo avergonzada al recordar cómo Marcus la había tomado allí mismo, en la bañera.
Marcus volvió a quedarse inmóvil y la giró un poco para mirarla con los ojos muy abiertos.
—¿Estás encinta? —preguntó con demasiada euforia y desesperación, lo que hizo que ella entrecerrara los ojos.
«No creo que tenga hijos con Liviana».
Recordó aquellas palabras pronunciadas por su propia boca. Bajó la mirada, humedeciéndose los labios, y negó con la cabeza. Marcus levantó su mentón con suavidad y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Está bien, podemos seguir intentándolo. El proceso de creación no me supone ningún problema —musitó con picardía, aunque su sonrisa disminuyó al notar la expresión decaída de su esposa—. ¿Qué pasa, ángel?
Liviana se mordió el interior de la mejilla. Tenía que decirlo; no podía quedarse con la duda de saber por qué él le había dicho aquello a su padre.
—Te escuché... decirle a tu padre que no creías posible tener hijos conmigo —soltó al fin, mirándolo a los ojos—. Fue hace muy poco, días antes de que me confesaras que me amabas. Entonces, no entiendo por qué no...
—No escuchaste todo —la interrumpió él con el ceño fruncido—. Ángel, lo dije porque, después de todo lo que te hice pasar, estaba seguro de que eras tú quien no aceptaría tener una familia conmigo.
Liviana parpadeó, sintiéndose algo estúpida.
Sí, él tenía razón, no había escuchado toda la conversación.
Aunque tampoco podía reprocharse haber pensado lo peor.
Después de todo, en aquel momento aún no conocía los sentimientos de Marcus hacia ella y escuchar aquella simple frase...
pues sus pensamientos intrusivos habían hecho el resto.
—Oh —fue lo único que dijo antes de bajar la cabeza, avergonzada—.
Lo siento. Creí que... —tomó aire antes de levantar la mirada una vez más y encogerse de hombros—.
Bueno, lo querías con Emma. Aún no sabía lo que sentías por mí, y todo Londres solo sabía comentar sobre sus encuentros y afirmar que eran amantes.
Marcus sonrió débilmente, asintiendo mientras acariciaba su mejilla.
—No te juzgo por pensar lo peor, te di suficientes motivos para hacerlo. Pero pienso enmendar cada uno de esos errores, te lo juro —aseguró, tomando una de sus manos mojadas y besándola.
Liviana pasó esa misma mano por su cuello y lo atrajo hacia ella para besarlo y acallar las palabras que estuvieron a punto de salir de sus labios.
«Te amo».
Lo dijo mentalmente. Aún no creía que Marcus mereciera escucharla expresar el amor que había rechazado antes, a pesar de estar demostrándole su cambio y su amor por ella. Necesitaba más, más certeza de que todos esos sentimientos eran reales y durarían para siempre.
Cuando el baño terminó, Marcus tuvo que ir a su propia habitación para arreglarse, no sin antes besarla como si no hubiera un mañana, como si sintiera que podría perderla en cualquier momento y ese beso fuera el último.
Liviana observó su reflejo en el espejo mientras Bea terminaba de acomodar los últimos pliegues de su vestido.
Había escogido un delicado tono marfil, cubierto por una finísima capa de gasa que suavizaba el movimiento.
El corpiño se ajustaba delicadamente a su busto y terminaba justo debajo de este, siguiendo la cintura alta desde donde la falda descendía hasta el suelo.
Pequeños bordados de hilo plateado recorrían el corpiño formando ramas, hojas y flores.
El escote era amplio y dejaba al descubierto parte de sus hombros y clavículas.
Sin embargo, lo que más le gustaba del vestido era la larga sobrefalda de tul casi transparente que nacía de sus hombros como una capa.
Estaba bordada con las mismas flores y delicados motivos plateados del vestido y caía por su espalda hasta rozar el suelo.
Para el cabello, Olivia lo había recogido parcialmente hacia atrás, entrelazando varios mechones sobre la coronilla antes de sujetarlos en la parte posterior y dejando el resto de su larga cabellera caer en suaves ondas hacia un lado.
Entre los cabellos llevaba pequeñas horquillas adornadas con perlas.
Para las joyas, había escogido perlas y diamantes.
Y, para finalizar, unos guantes blancos que llegaban por encima del codo, un pequeño ridículo de seda marfil y un poco del perfume de rosas que tanto le gustaba a su esposo.
Cuando Liviana volvió a contemplarse en el espejo, sonrió satisfecha con el resultado. Se veía exactamente como había imaginado para esa noche. El vestido la hacía lucir demasiado hermosa y, en cuanto se lo probó, supo que debía abrir la temporada con él.
—Ha quedado hermosa, milady —la halagó la doncella con una sonrisa.
Liviana sonrió al espejo y luego se giró.
—Gracias a ti y a Olivia —respondió ella emocionada. Esperaba causar una buena impresión ante la sociedad y que los rumores sobre su matrimonio comenzaran a disiparse.
Sin esperar más, bajó hacia el vestíbulo, esperando que Jayne ya estuviera lista. Pero quien la esperaba era Marcus, sentado cómodamente en uno de los sillones.
Marcus levantó la mirada al escuchar sus pasos y la respiración se le atascó al ver a su esposa.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, contemplándola mientras se adentraba en el vestíbulo.
Sus ojos recorrieron lentamente el vestido color marfil y después subieron nuevamente hasta su rostro.