Capítulo 37 #3
Liviana asintió agradecida y Marcus volvió a abrazarla, queriendo protegerla y, a la vez, sintiendo que debería alejarla de él, al menos por el momento, enviarla al campo, lejos de lo que se avecinaba, porque sabía que, si continuaba con la misión, el sufrimiento de su mujer estaba garantizado.
Mentirle y ocultarle la verdad la protegería físicamente, pero ¿cómo podría protegerla emocionalmente y asegurarse de que, al final de todo, ella continuaría amándolo?
∞∞∞
Marcus llevaba casi una hora encerrado en su despacho, revisando documentos de sus propios negocios y correspondencia de sus propiedades. Sobre un extremo del escritorio descansaba, además, otra pila de papeles del ducado de Agnes.
Desde que la salud de su padre había empeorado, Marcus se encargaba de los asuntos del ducado para evitar que su padre tuviera que gastar su energía en ellos. El día anterior había ido a visitarlo precisamente para llevarle varios documentos que requerían su firma y recoger otros que debía revisar.
Tenidnoe en cuanta que esos días terminaba agotado por tantos papeles, tendría que aprender a distribuir mejor su tiempo.
Sus propios negocios ya exigían bastante y, tarde o temprano, todas las responsabilidades del ducado serían definitivamente suyas. Por mucho que detestara pensarlo, algún día heredaría el título de su padre y continuaría realizando exactamente el mismo trabajo que ahora intentaba compartir.
Marcus dejó la pluma sobre el escritorio y se frotó los ojos.
Inevitablemente, recordó la conversación que había mantenido con su padre la tarde anterior y sonrió antes de negar con la cabeza.
Esta vez su padre no le había pedido amablemente un heredero como en otras conversaciones.
Mas bien, se lo había exigido y con mucha firmeza, lo que lo había echo sonreir al notar que ese día su padre se sentía mejor, pero la tristesa no lo abandonaba del todo, de solo saber que su mejoría duraba tan poco.
Comprendía perfectamente la insistencia de su padre por un heredero.
Sabía que él quería morir con la paz de que existía un nuevo heredero para el ducado de Agnes.
Marcus suspiró y se recostó contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos.
Él también deseaba un hijo, pero ya no porque su padre se lo estaba exigiendo. Quería formar su propia familia con Liviana y, más que nada, quería que su padre pudiera conocer a su nieto antes de morir. Le haría inmensamente feliz poder concederle ese deseo.
Sonrió un poco aun con los ojos cerrados al imaginar a Liviana embarazada, con el vientre abultado mientras esperaba a su hijo.
Estaba seguro de que su angel se vería hermosa. Y que además, sería una madre maravillosa. Liviana poseía un corazón demasiado bondadoso para su propio bien. Después de todo el daño que habían hecho tanto él como su padre, ella había decidido darles a ambos la oportunidad de regresar a su vida.
Marcus abrió lentamente los ojos con el ceño fruncido.
No podía perderla. La amaba tanto que vivía cada día con ese temor. Que por culpa de la misión Liviana terminara alejándose definitivamente de él.
—Creo que no lo soportaría —musitó con la mandibula tensa.
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos. Marcus enderezó la postura y volvió a tomar la pluma del tintero.
—Adelante.
—Disculpe la interrupción, milord. Ha llegado una carta para usted —anunció Collins acercandose para entregarle el sobre.
Marcus frunció ligeramente el ceño.
—Bien, gracias, Collins —dijo tomando la carta.
Collins hizo una respetuosa inclinación y abandonó el despacho.
Marcus kiró el sobre sin mucho interés hasta que reconoció la caligrafía y el sello. Apretó la mandíbula con un suspiro rompió el sello y desplegó la hoja.
Mi querido Marcus.
Finalmente han llegado a mis oídos los rumores sobre tu divorcio. No imaginas cuánto me alegra saber que pronto podrás librarte de tu esposa y que, por fin, podremos estar juntos como siempre debimos.
Estoy impaciente por verte nuevamente. Extraño besarte y, sobre todo, despertar a tu lado.
Encuéntrame esta noche en el club Black Swan. Estaré esperándote.
Emma.
Marcus arrugó la carta entre los dedos.
—Ni en tus mejores sueños —masculló, molesto.
Arrojó el papel hecho una bola al fuego de la chimenea y se levantó para servirse un trago de whisky. Bebió un sorbo, manteniendo el ceño fruncido.
No quería verse con Emma, y menos por la noche, cuando ya las tenía reservadas para su esposa. Nada podría hacerlo renunciar a dormir con ella. Ni siquiera la misión, que bastantes problemas le estaba causando ya.
Pero debía, al menos, enviar una respuesta si no quería que Emma se molestara o sospechara, aunque quizá podría decirle que nunca recibió esa carta si preguntaba después.
Sí, mejor la segunda opción; después de todo, ella le creería.
Y ese era un asunto sobre el que verdaderamente tenía dudas.
Tampoco era como si pensara en Emma todo el tiempo, pero ahora...
se preguntaba si realmente lo quería como decía.
En sus últimos encuentros, ella había actuado demasiado empalagosa para su gusto, queriendo abrazarlo y besarlo todo el tiempo y proponiendo cosas que una dama no debería.
Pero Emma había dejado de ser una dama, al menos ante sus ojos.
Incluso había tenido que fingir que habían pasado una noche juntos. Para que Emma lo creyera, había tenido que embriagarla bastante, mezclando varias bebidas. Tuvo que desnudarla y desnudarse él mismo para que, al despertar, ella creyera que realmente habían estado juntos.
Ahora ella seguramente quería repetir lo que creía que habían hecho. Tendría que buscar otra solución; Emma era inteligente y no se creería que se había embriagado de nuevo.
Sintió náuseas con solo recordar cómo había tenido que actuar. Él había sido criado para ser un caballero y, sin embargo, andaba por ahí perjudicando a las mujeres.
La puerta se abrió suavemente y Marcus se giró para encontrar a Liviana sonriéndole tímidamente. Él olvidó todas sus preocupaciones con solo ver su sonrisa. Dejó el vaso de whisky sobre la mesa y la alcanzó para rodearla por la cintura y besarla.
Besarla era como su elixir de vida; disipaba el cansancio y lo hacía olvidar todo lo que lo atormentaba. Cuando se alejó un poco, la observó, notando sus mejillas enrojecidas.
—Quería preguntarte si quieres acompañarme un rato al jardín. Podríamos tomar el té y contemplar el hermoso jardín que hiciste para mí —pidió Liviana con suavidad mientras pasaba las manos por su pecho, cubierto únicamente por una camisa.
—Me encantaría —aceptó él, a pesar de la pila de documentos que aún debía leer, firmar y responder. Pero cualquier momento con Liviana era valioso para él.
Ella sonrió y se apartó un poco, pero él no la dejó. En vez de eso, la llevó hacia la mesa y la sentó sobre la superficie, no sin antes apartar los documentos. Liviana miró el escritorio y frunció el ceño.
—Tienes mucho trabajo —musitó, volviendo a mirarlo—. ¿Te interrumpí?
Marcus negó enseguida, acomodándose entre sus piernas para juntar sus cuerpos.
—Nunca interrumpes; más bien me das la excusa perfecta para tomarme un descanso —respondió en tono seductor mientras rozaba con la nariz su cuello—. Me encanta tu aroma a rosas.
Liviana soltó una risita.
—¿Por eso me compraste tantos productos con aroma a rosas cuando estaba en Green Hills? —quiso saber.
—Sí, desde antes me tenías loco cada vez que percibía esa fragancia. Se parece mucho a tu personalidad, delicada, deliciosa e irresistible —confesó Marcus.
—Lo escondías muy bien —musitó ella, mirándolo a los ojos—. Si hubiera sabido que te gustaba tanto, habría vaciado mi frasco más rápido.
Marcus soltó una risa.
—Puedo comprarte todos los frascos que quieras. Tienes un esposo muy...
—Sí, sí, muy rico —interrumpió ella, bromeando.
Marcus asintió sin perder la sonrisa antes de volver a besarla.
Liviana le proporcionaba una felicidad innombrable, hasta el punto de que todo a su alrededor dejaba de tener sentido. Solo importaba ella. Y quería que fuera así durante el resto de su vida.