Capítulo 37 #2
—No puedo cuando todos piensan que pretendo abandonarte —respondió él, respirando profundamente mientras trataba de controlar la ira.
La miró y, sin más, la tomó por la cintura para hacerla sentarse a horcajadas sobre su regazo—.
Liviana, mi amor, no creas nada de lo que publiquen esas revistas y periódicos de chismes, por favor —suplicó con preocupación mientras enmarcaba su rostro entre las manos con suavidad.
La imagen de ella frente a él, desnuda, con el cabello revuelto sobre los hombros y la espalda, era una que conservaría en su mente durante todo el día. Le encantaba, por Dios.
—Cree en mí. Te prometo que todo esto terminará pronto y nunca más tendrás que soportar este tipo de comentarios. No daré motivos, porque solo tengo ojos para ti; mi corazón es todo tuyo. Y, si tengo que gritarlo para que tú y todos lo sepan, lo haré sin dudarlo.
Liviana reprimió una sonrisa y negó con la cabeza, con las mejillas sonrojadas.
—No, por favor —musitó, pasando las manos por detrás de su nuca para jugar con su cabello—.
No tienes que hacer eso. Estoy segura de que el rumor se disipará cuando vean que nosotros estamos juntos y felices, ¿cierto?
—preguntó, buscando sus ojos para asegurarse de que todas sus palabras no se quedarían atrapadas en esa habitación—.
Y cuando vean que ya no frecuentas a... Emma, terminarán de confirmarlo y dejarán atrás el rumor.
Marcus tragó con dificultad por el nudo que se había formado en su garganta, queriendo más que nada asentir y asegurarle que eso era exactamente lo que pasaría.
—Sí... —dijo finalmente, aunque no con demasiada convicción—. Sí, eso pasará. Todo se aclarará pronto, te lo aseguro.
Solo esperaba que ese «pronto» no estuviera demasiado lejos.
—Ordenaré que suban el desayuno —dijo, cambiando de tema—. No tengo ganas de abandonar la habitación ni a ti por el resto del día. Necesito que estemos solos un poco más, disfrutar el uno del otro y recuperar el tiempo que hemos perdido.
Liviana rio y arqueó una ceja.
—No, ese tiempo lo perdiste tú —señaló divertida, pasando las manos por sus hombros para luego bajarlas por su pecho y sus abdominales.
Definitivamente estaba cumpliendo un sueño. Liviana nunca imaginó que realmente estaría viviendo la historia de amor que siempre había soñado con Marcus. Que él estuviera ahí, mirándola con amor, diciéndole que la amaba y la deseaba y, no solo eso, sino que se lo demostraba ardientemente.
Quería que esa felicidad durara para siempre, pero sabía que había muchas cosas entre ellos por enmendar y, si no podía tener su final feliz, al menos quería disfrutar de cada segundo de esa tregua en la que por fin sentía y vivía el amor de Marcus por ella.
—Liviana —la voz de Jayne se escuchó al otro lado de la puerta.
Ella abrió los ojos y miró a Marcus. Enseguida se separó de él, tapándose rápidamente con una manta.
—Tápate —le ordenó a Marcus, quien frunció el ceño sin comprender por qué tenía que cubrirse, hasta que vio cómo la rubia abría la puerta sin más.
—¡Jayne! —chilló Liviana, corriendo hacia su amiga para hacerla girar—. Creo que, a partir de ahora, tendrás que tocar y esperar.
—Pero ¿qué...? —balbuceó Jayne—. ¿Qué haces...? Ohhh —hizo un gesto malicioso que provocó que Liviana pusiera los ojos en blanco—. Mentirosa, dijiste que no le darías ninguna oportunidad —susurró.
—Larga historia —comentó divertida, empujando a Jayne fuera de la habitación—. Hablamos después. Ah, y puedes ordenar que nos suban el desayuno, por favor —pidió, batiendo las pestañas con el rostro sonrojado.
Jayne rio por lo bajo, desviando la mirada, también algo avergonzada. Luego asintió y, antes de irse, se volvió de nuevo hacia Liviana.
—Casi lo olvidaba. Llegó esto para ti, es de Brasil —dijo, extendiéndole un sobre con sello extranjero. Liviana lo tomó con curiosidad, sin saber quién podría haberlo enviado.
Luego cerró la puerta y se giró, mirando el sobre mientras caminaba, envuelta en las sábanas, de nuevo hacia la cama donde Marcus la esperaba divertido.
—Realmente tú y lady Jayne tienen una buena amistad. Según la educación que ambas recibieron, eso que acaba de hacer es muy incorrecto y poco decoroso —comentó Marcus, moviéndose para quedar detrás de Liviana, quien se había sentado en el borde de la cama.
Liviana se encogió de hombros mientras rompía el sello.
—Solo nos teníamos la una a la otra en Green Hills, así que las normas de etiqueta siempre fueron nuestra menor preocupación. Y sí, Jayne es más que una amiga, y la quiero mucho —expresó ella con una sonrisa.
Marcus sonrió, sintiendo que su corazón daba un vuelco.
—¿Es posible enamorarme más de ti? —musitó cerca de su oído para luego depositar un beso en su hombro—. ¿De quién es? —preguntó más serio al ver que ella no reaccionaba a sus palabras.
Liviana, en cambio, sintió que se le helaba la sangre mientras leía el contenido de la carta.
20 de marzo de 1823
Querida marquesa de Stafford:
Soy Mauricio Pillar, vizconde de Sousa y cercano amigo de su padre, el conde de Hamilton.
Le escribo desde Brasil para comunicarle que su padre regresará próximamente a Londres y, también, para informarle de que se encuentra delicado de salud.
Ha sufrido un accidente y, por recomendación de los médicos, se ha considerado conveniente que regrese a su país.
Como amigo de su padre, me permito pedirle que lo ayude y permanezca a su lado durante su recuperación.
En los últimos años ha estado muy solo, y temo que esa soledad haya contribuido a empeorar su estado.
Conozco parte de las difíciles circunstancias que han existido entre ustedes y comprendo que mi petición quizá resulte injusta para usted.
Sin embargo, sigue siendo su padre y, aunque no siempre haya sabido demostrarlo, puedo asegurarle que la ama.
Con mis mayores respetos,
Mauricio Pillar.Vizconde de Sousa.
—¿Liviana?
Ella no respondió. Tenía los ojos fijos en las últimas líneas de la carta.
«...sigue siendo su padre y, aunque no siempre haya sabido demostrarlo, puedo asegurarle que la ama».
Liviana parpadeó, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Dos años. Había pasado casi dos años sin saber nada de él y la primera noticia que recibía era que había sufrido un accidente y regresaría a Londres con la salud delicada.
—¿Qué sucede? —preguntó Marcus, incorporándose frente a ella con preocupación—. ¿Quién te envió esa carta?
Liviana tragó con dificultad por el nudo que tenía en la garganta antes de bajar lentamente la carta y mirar a Marcus.
—Mi padre... —musitó y, sin darse cuenta, una lágrima rodó por su mejilla.
Marcus frunció el ceño y enseguida retiró la lágrima con el pulgar.
—No llores —susurró con una voz cargada de impotencia—. ¿Qué ocurre con él?
—Ha tenido un accidente —respondió con la voz temblorosa—. Está... delicado de salud y regresará a Londres.
Marcus guardó silencio durante unos segundos antes de asentir.
A pesar de que el conde era muy buen amigo de su padre, él no sentía el mismo aprecio hacia él.
Desde antes desaprobaba el comportamiento que mostraba hacia su única hija, culpándola de algo de lo que ella no tenía ninguna responsabilidad.
Pero en ese momento no podía despotricar contra el padre de Liviana, no cuando él mismo había cometido tantos errores y ella, a pesar de todo, le había dado una segunda oportunidad.
—¿Dice qué le ocurrió? —preguntó con suavidad, tomando su mano para darle ánimos.
Liviana negó con la cabeza.
—No. El vizconde no lo explica. Solo dice que, por recomendación de los médicos, debe regresar a Inglaterra y que... —se calló al sentir que la voz comenzaba a quebrársele—. Dice que... mi padre me ama.
Liviana volvió a mirar la carta mientras más lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Ángel... —musitó él, abrazándola contra su pecho. Liviana cerró los ojos y se derrumbó entre sus brazos, sintiendo el corazón oprimido.
Su padre la odiaba, no la quería, la culpaba por la muerte de su madre y había deseado sacarla de su vida. ¿Cómo podía venir a decirle un desconocido que él la amaba?
¿Por qué todos distorsionaban lo que significaba amar?
Marcus pasó las manos por la espalda desnuda de Liviana con suavidad, tratando de calmarla. Deseaba tener el poder de hacerla olvidar el dolor, conseguir que ella nunca sufriera, pero, tristemente, el sufrimiento venía ligado a la vida.
—Sé que parece absurdo —sollozó ella, limpiándose las lágrimas—.
Después de todo lo que ha hecho y de tantos años culpándome por la muerte de mi madre, no debería importarme.
Pero... siempre quise que me quisiera —confesó en un susurro—.
Desde que era una niña. Siempre pensé que quizá, si conseguía ser una buena hija, si hacía todo correctamente, algún día dejaría de mirarme como si yo hubiera destruido su vida.
Marcus apretó la mandíbula y la estrechó un poco más contra él.
—Y ahora un hombre al que apenas conozco me escribe y me asegura que mi padre me ama —continuó ella—. No sé qué pensar.
Marcus depositó un beso sobre su cabello.
—No tienes que decidir qué pensar ahora, ángel. Solo respira y cálmate; luego ya pensarás qué hacer con tu padre.
Liviana permaneció callada unos instantes antes de negar con la cabeza.
—Si está realmente enfermo, tendré que ayudarlo —dijo, bajando la cabeza.
Marcus frunció el entrecejo. La idea no le agradaba. El conde siempre la había despreciado. Pero, una vez más, no podía oponerse; no tenía derecho cuando él mismo no había sido mejor que el conde.
—¿Después de cómo te ha tratado? —aun así preguntó, sin poder contenerse.
Liviana vaciló y se mordió el labio inferior.
—Es mi padre, Marcus.
«...puedo asegurarle que la ama».
Liviana no conseguía apartar esas palabras de su cabeza.
Marcus acarició lentamente su brazo y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Entonces lo ayudaremos —aseguró. Si ella quería ayudar a su padre, él la apoyaría.