Capítulo 37
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No existe mayor preocupación para las familias más distinguidas que asegurar la continuidad de su nombre, sus propiedades y, por supuesto, sus títulos. Para duques, marqueses y condes, un heredero varón no es solamente motivo de celebración, sino casi una obligación.
Esto me lleva inevitablemente a pensar en nuestro querido marqués de Stafford. Han transcurrido casi dos años desde su matrimonio y todavía no hemos recibido la feliz noticia de un heredero para el futuro ducado de Agnes. Algo bastante curioso, teniendo en cuenta la importancia de semejante linaje.
Aunque, con los recientes rumores sobre un posible divorcio entre los marqueses de Stafford, quizá sea otra nueva marquesa quien finalmente dé a luz al tan esperado heredero?
Revista de sociedad de Lady Kennt.
Marcus despertó con una sensación de felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. Una felicidad tranquila y casi absurda que lo hizo sonreír incluso antes de abrir los ojos, al sentir que Liviana seguía entre sus brazos.
No había sido un sueño. Ella estaba ahí, profundamente dormida, acurrucada contra su pecho, con parte de su larga y oscura cabellera extendida sobre la almohada y algunos mechones desordenados sobre el rostro.
Marcus apartó uno de ellos con cuidado, procurando no despertarla, y dejó que las yemas de sus dedos recorrieran suavemente su mejilla.
Sonrió inconscientemente, sintiendo que su corazón se agitaba.
La noche anterior había conseguido la oportunidad que necesitaba para demostrarle que sus sentimientos eran reales y que estaba arrepentido de su comportamiento inicial.
Aunque Liviana no le había dicho que lo amaba, sabía que ese sentimiento seguía ahí.
Ella solo tenía miedo de que volviera a lastimarla, y ese temor estaba más que justificado.
Él había cometido innumerables errores que ahora le costaban la confianza y el amor de su mujer.
Pero le había dado una oportunidad y no pensaba desperdiciarla.
Marcus bajó la cabeza y depositó un beso delicado sobre su cabello.
La estrechó un poco más entre sus brazos, disfrutando de la calidez y suavidad de su piel desnuda contra la suya.
Podría acostumbrarse fácilmente a eso. A despertar con ella cada mañana, tenerla entre sus brazos y saber que, al abrir los ojos, Liviana sería lo primero que vería.
Pero su sonrisa desapareció poco a poco al recordar que tenía una maldita misión que cumplir y que era lo único que podía arruinar la oportunidad que Liviana acababa de darle.
La noche anterior había estado a punto de contarle lo de la misión, y aún quería hacerlo, confesarle la verdad: que Emma no era su amante, que no sentía absolutamente nada por ella y que cada aparición pública a su lado tenía un propósito que nada tenía que ver con el amor o el deseo.
Pero no podía hacerlo. No si existía la posibilidad de que revelar la verdad pusiera a Liviana en peligro.
Aunque... tal vez pudiera explicarle parte de la verdad sin revelar la misión.
Encontrar alguna manera de convencerla de que sus encuentros con Emma obedecían a asuntos que no podía discutir con ella, pero que no existía ninguna relación entre ambos.
Necesitaba pensar cuidadosamente qué podía decir sin revelar demasiado.
Marcus volvió a contemplar a su esposa, olvidándose, por un momento, de la misión.
Era tan hermosa.
Estaba a punto de inclinarse para besarle los labios cuando sintió algo extraño, como una respiración detrás de su cabeza.
Frunció el ceño y giró lentamente el rostro para encontrarse con dos enormes ojos amarillos que lo observaban acusadoramente. Marcus entrecerró los ojos, confundido, y el gato negro hizo exactamente lo mismo. Durante varios segundos, ambos permanecieron mirándose fijamente en completo silencio.
—Vete —susurró Marcus, pero el gato no se movió. Permaneció en la misma posición, demasiado cerca de su rostro.
Al ver que el gato no pretendía irse, Marcus hizo un gesto con la mano para espantarlo.
—Vamos, fuera de aquí —volvió a susurrar con impaciencia.
Se sentía amenazado por la presencia de ese gato allí, observándolo fijamente. Marcus volvió a espantarlo con la mano, pero el animal enseñó las uñas y trató de arañarlo. Retrocedió a tiempo para evitar el zarpazo y arqueó una ceja.
—¿Me estás amenazando, gato?
El gato soltó un gruñido bajo y le enseñó los dientes.
Marcus negó con la cabeza. No pelearía con un gato.
Intentó volver a acomodarse junto a Liviana cuando sintió algo posarse sobre su costado.
Bajó la mirada y gruñó por lo bajo al ver otro gato encima de él, aunque ese no parecía tan agresivo como el otro.
Simplemente permanecía allí, observándolo fijamente.
—Tú también, fuera —murmuró, intentando apartarlo suavemente, pero el animal volvió a acomodarse sobre él—. Esta es mi esposa —susurró entre dientes, mirando a ambos gatos—. Busquen otro sitio donde dormir.
El negro volvió a enseñarle las uñas y Marcus intentó espantarlo otra vez mientras apartaba al otro de su costado. El gato blanco regresó inmediatamente y el negro avanzó sobre la almohada, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás.
—Pero ¿qué...?
—Déjalos —murmuró Liviana con diversión y sin abrir los ojos.
Marcus la miró, sintiendo cómo ella se removía para darle la espalda y seguir durmiendo, pero él se lo impidió, acomodándola mejor sobre su pecho.
—Tus gatos intentan echarme de la cama. No puedo dejar que piensen que ellos mandan —susurró en respuesta, dejando un casto beso en su mejilla.
Liviana rio bajito antes de abrir los ojos y mirarlo.
«Dios, qué hermosa es cuando me sonríe de esa manera».
—Es que estás ocupando su lugar —explicó Liviana, levantando una mano para acariciar al gato negro que estaba en la cabecera—. ¿Verdad, Bombón?
Marcus miró al gato y después volvió los ojos hacia su esposa.
—¿Su lugar?
Liviana asintió, divertida.
—Duermen conmigo todas las noches.
Marcus volvió a mirar al gato negro y arqueó una ceja. Luego apretó a Liviana contra sí, llevando una mano a su espalda desnuda para descender hacia sus muslos y colocar una de sus piernas sobre la suya, haciendo que el contacto entre sus cuerpos fuera más estrecho.
—Pues eso tendrá que cambiar, porque quien dormirá contigo a partir de ahora seré yo —declaró con suavidad, rozando la nariz contra la suya en una lenta caricia para luego descender hacia su cuello y depositar un suave beso, mientras un suspiro escapaba de los labios de ella.
—¿Y si no quiero? —jadeó Liviana, retándolo. Marcus soltó una risa suave.
—No hay opción, ángel —musitó muy cerca de sus labios—. Porque pienso convencerte de lo contrario cada noche, empezando justo ahora.
Sin darle tiempo a apartarse, se apoderó de sus labios en un beso profundo y posesivo que demostraba cuánto la deseaba. Así que, a la vez que introducía su lengua en la calidez de su boca, se adentró en su intimidad, volviendo a poseerla.
Liviana soltó un gemido que se perdió entre el ardiente beso.
Casi no había dormido. Marcus no la había dejado porque, cada vez que pensaba que habían terminado, él volvía a hacerla suya con la misma intensidad.
Parecía no tener límite ni sentir cansancio; en cambio, ella estaba completamente agotada y demasiado sensible en su zona íntima.
Pero, a pesar de eso, no podía evitar sentir deseo y excitación por él.
Marcus la agarró de los glúteos con firmeza y la obligó a abrirse más para él, profundizando aún más las embestidas y logrando que ella se arqueara mientras las sábanas se enredaban entre sus piernas.
Llevó una mano al centro de sus pliegues húmedos y comenzó a acariciarla con movimientos rítmicos, aumentando la intensidad y rapidez de su clímax, llevándolo a él también al límite y llenándola una vez más con su semilla.
Ambos terminaron jadeantes y satisfechos. Marcus la abrazó y pasó una mano por su espalda para darle caricias lentas y tranquilas.
—No creo poder aguantar esto todas las noches —se burló ella sin mirarlo.
—Lo harás, yo me encargaré de eso —aseguró él sin borrar la sonrisa de su rostro. Dudaba que, durante las próximas horas, esa sonrisa pudiera desaparecer.
Pasaron algunos segundos en silencio, dándose cuenta de que los gatos habían abandonado la habitación.
—Marcus —lo llamó ella, y él amplió su sonrisa. Al fin lo estaba llamando por su nombre.
—¿Qué pasa?
—¿Acaso hablaste con alguien sobre... el divorcio? —preguntó Liviana con la voz más seria.
Marcus endureció la mirada.
—Ángel, por favor. Te pedí que olvidaras esa idea absurda del divorcio —dijo él con tono suave. Nunca más volvería a usar un tono duro con ella; eso quedaba en el pasado.
—Yo puedo hacerlo, pero creo que todo Londres no olvidará el rumor tan fácilmente —replicó Liviana, levantando la cabeza para observarlo.
Marcus frunció el ceño sin comprender.
—¿De qué rumor hablas? No he hablado con...
nadie —su voz murió poco a poco al recordar que la única persona a quien le había dicho que Liviana quería el divorcio era precisamente la más interesada en que el rumor se extendiera.
Apretó los puños, pero se obligó a tranquilizarse—. Todo quedó... entre nosotros.
Se odiaba por mentirle de esa forma, pero no podía mencionar a Harrington.
—¿Cómo sabes que hay un rumor?
—La revista de Lady Kennt —respondió Liviana, soltando un suspiro—. No sé cómo lo supo, pero ha divulgado que tú pretendes pedir el divorcio para... —ella se calló y se mordió el labio inferior. Marcus pasó un dedo por sus labios con delicadeza y la obligó a mirarlo—. Para casarte con Emma.
—¡Mentira! —bramó con furia, incorporándose en la cama y dejando que su torso desnudo quedara expuesto. Tensó los músculos y apretó los puños con furia—. ¿Cómo se atreve a decir algo así?
—Marcus —dijo ella con suavidad, incorporándose también y dejando que sus pechos quedaran al descubierto frente a sus ojos—. Tranquilízate.