Miserable Matrimonio Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

—Tenía miedo, ángel. Lo que estaba sintiendo era tan intenso, tan abrumador, que sentí miedo.

Y aún tenía el orgullo de por medio, apoderándose de mis emociones —explicó con pesar, recordando que había arruinado un momento tan especial—.

Perdóname, ángel —suplicó, besando su mejilla, luego la otra, para terminar con un casto beso en los labios.

Liviana aún tenía demasiadas dudas para creer en sus palabras, pero se odiaba cada vez que se rendía a sus caricias y besos.

—Yo... no sé...

—Está bien —la interrumpió él con suavidad—.

No hace falta que me des una respuesta ahora mismo.

Solo quiero que me dejes estar cerca de ti, que me dejes besarte y tenerte, demostrarte que mis sentimientos son reales, sin pensar en Emma o en la sociedad, solo en nosotros.

No soporto que me mires con odio o que huyas de mí cada vez que entro en una habitación.

Quiero que no menciones otra vez el divorcio.

—Pero... —ella intentó replicar, pero él la besó, haciéndola olvidar todo.

—Por favor —suplicó con los labios pegados a los suyos—. Te amo —volvió a besarla con más intensidad y ella respondió segundos después—. Dime que aún sientes lo mismo, que lo que me ibas a decir aquella noche aún lo sientes.

Liviana siguió besándolo, negándose a darle una respuesta. Era tonta, pero no tanto como para dejarse llevar y decir las palabras que él había rechazado, fueran cuales fueran sus razones. Ella también había tenido miedo y, aun así, las dijo.

—Por favor —volvió a suplicar Marcus, terminando de levantar su camisón para quitárselo.

—No —susurró ella—. No lo diré más.

Marcus se detuvo y la miró antes de asentir.

—Lo merezco —murmuró con un tono de voz quebrado por el dolor—. Pero... al menos dime que me darás la oportunidad de demostrarte que sí te amo y que no volveré a cometer los mismos errores.

Ella lo miró fijamente, mordiéndose la mejilla por dentro.

—Si vuelves a lastimarme, me iré. No me importa si me das o no el divorcio, me iré lejos y no volverás a verme —respondió seriamente, pero él sonrió, una sonrisa amplia que demostraba la felicidad que sentía.

—Acepto tus condiciones —dijo él, acercándose para rozar su frente con la suya—. Acepto cualquier condición con tal de que te quedes a mi lado.

Liviana cerró los ojos, esperando no arrepentirse de esa decisión porque, de lo contrario, cumpliría su promesa de irse bien lejos.

Marcus la besó con más intensidad y pasión. Ella aceptó el beso y, olvidando lo malo, se concentró en lo bueno del momento. Marcus le había confesado que la amaba y quería creer que se lo estaba demostrando con sus caricias, en cómo besaba y veneraba su cuerpo como si fuera una diosa.

Ella se arqueó cuando él bajó entre sus pechos, su abdomen y su vientre, dejando besos húmedos. Amaba esa sensación de ser adorada, y más si era por el hombre que amaba, aunque no lo dijera en voz alta.

Marcus bajó hasta su feminidad y abrió sus piernas para exponerla a sus ojos.

Su miembro se hinchó aún más ante el pensamiento de que pronto estaría dentro de ella, haciéndola suya por completo.

Acarició con los dedos los pliegues húmedos y Liviana se arqueó de placer, emitiendo un gemido ahogado.

Él sonrió con arrogancia, sabiendo que era el único que provocaba y provocaría esas reacciones en ella.

Sin detenerse, acercó sus labios y, con su boca, le brindó aún más placer, tanto que ella tembló cuando llegó al clímax en menos de un minuto.

Su respiración era irregular y no sabía qué le había hecho Marcus, pero se había sentido tan bien.

Marcus subió una vez más por su abdomen y sus pechos para acomodarse entre sus piernas y, antes de embestirla, la besó, aún con los labios húmedos por sus fluidos.

Liviana gimió entre el beso cuando lo sintió deslizarse en su interior, mientras él gruñó con satisfacción al sentir el calor de su sexo rodearlo y apretarlo.

—Liviana —gimió sin poder contenerse—. Dios, te deseo tanto que, aun estando dentro de ti, siento que no es suficiente. Necesito más, necesito que seas mía por completo, que cada parte de ti me pertenezca totalmente.

Liviana arqueó la espalda, clavando sus uñas en los hombros de Marcus, atrayéndolo con desesperación hacia ella. El placer la envolvía de una forma incontrolable.

—¿Y tú? —gimió ella, mordiendo su hombro—. ¿También me pertenecerás?

—Sí —respondió sin dudarlo, embistiéndola con más fuerza y rapidez—. Ya soy todo tuyo, mi ángel.

Él la tocaba por todas partes, sintiendo que no era suficiente, que necesitaba marcarla más profundamente, dejar claro para todos y, principalmente, para ella, que era suya, su mujer, y que nada en el mundo haría que se fuera de su lado.

Las embestidas aumentaron y él metió la cabeza en el hueco de su cuello, buscando controlarse para no llegar al orgasmo antes, pero parecía una tarea bastante difícil cuando le estaba encantando hacer el amor con su mujer.

Sentir su piel contra la suya y escuchar sus gemidos lo estaban llevando al borde y, sin poder controlarlo, llegó al clímax, derramando toda su semilla dentro de ella, hasta la última gota.

Un pensamiento fugaz pasó por su mente y sonrió. Quiso hundirse aún más dentro de ella, si era posible, porque esa noche haría que su mujer quedara embarazada de su hijo.