Capítulo 36 #2
Marcus dejó escapar un resoplido mientras caminaba directamente hacia las caballerizas para dejar su caballo. Ya eran poco más de las diez de la noche y estaba molesto. Había querido llegar temprano y compartir la cena con su esposa. Deseaba pasar más tiempo con ella.
Pero había pasado el día en Carlton House, donde habían tenido que dar las últimas informaciones sobre lo que habían descubierto de la misión. El viaje había sido tan cansado como pasar casi todo el día rodeado de sus compañeros.
El camino estaba iluminado por faroles, pero, al llegar al patio convertido en jardín, sonrió.
Esperaba que a su esposa le hubiera gustado.
No quiso que fuera una sorpresa, pues era algo que ella deseaba y a lo que él se había negado solo por hacerla sufrir, por estúpido y orgulloso.
Lo menos que podía hacer era complacerla y enmendar uno de sus muchos errores con Liviana, su ángel.
Sonrió con solo recordar su sonrisa. Deseaba verla, ahora.
Paró en seco al notar una luz en medio del nuevo jardín. Entrecerró los ojos al distinguir la figura de lady Jayne.
—¿Qué hace afuera a estas horas? —se preguntó en voz baja.
Se acercó con cautela, notando que tenía el telescopio que le había comprado y enviado a Liviana meses atrás, cuando intentaba librarse de la culpa por haberse marchado tan abruptamente la noche en que habían consumado el matrimonio.
Inevitablemente, buscó a Liviana para ver si estaba con su amiga, pero, al parecer, esa mujer estaba sola. Negó con la cabeza y decidió dejarla disfrutar de su momento contemplando el cielo para llevar el caballo a su lugar y subir a descansar.
Cuando entró en la casa, todo estaba a oscuras, pero aun así, subió los escalones hacia el piso superior y, antes de dirigirse a su habitación, miró el pasillo que daba al ala este, donde estaba su esposa.
Apretó los puños por la sensación de lejanía que sentía.
La había querido a menos de veinte pasos de su habitación, pero ella se negó rotundamente y, hasta ese día, seguía en la misma habitación que él le había dado al principio, cuando solo quería hacerla sufrir y tenerla lejos de él.
Una vez más, estaba viviendo las consecuencias de sus acciones.
Deseaba tener el poder de volver al pasado, al momento exacto en que decidió posar sus ojos en Emma y así evitar que todo lo demás sucediera; que, sin ella en su mente, hubiera podido ver lo valiosa que era Liviana como mujer.
Bajó la cabeza y humedeció sus labios resecos con la lengua, a la vez que caminaba hacia la habitación de su esposa.
Quería verla y no se resistiría. Debía hacer lo posible para que ella olvidara esa tonta idea del divorcio.
Le demostraría que era su esposa y que lo seguiría siendo el resto de su vida.
Al llegar, se detuvo durante varios minutos, sin saber qué hacer si ella aún estaba despierta.
Tomando aire, posó la mano en la manilla y abrió despacio, asomando la cabeza.
La habitación estaba oscura, a excepción de la chimenea y una tenue vela sobre una de las mesitas de noche.
Caminó despacio hasta quedar de pie frente a la cama, donde su esposa dormía plácidamente.
Su respiración era calmada y tenía los labios entreabiertos, algo que lo hizo sonreír con ternura.
Se acercó a la chimenea y avivó el fuego antes de quitarse las botas, la chaqueta, el pañuelo del cuello, la camisa y, finalmente, los pantalones, quedando totalmente desnudo.
Con cuidado, apartó las sábanas y se recostó para luego abrazar a Liviana y atraerla hacia su cuerpo, pegando la espalda de ella a su torso.
Estaba tibia, suave y delicada al tacto.
Con cuidado, acarició su brazo, bajando por la curva de su cintura, sus caderas y sus piernas para volver a subir con la misma lentitud.
Su miembro no demoró en reaccionar, endureciéndose contra la suavidad de sus glúteos.
Liviana soltó un pequeño suspiro entre sueños, moviéndose apenas para acomodarse contra él, buscando inconscientemente su calor.
Él la apretó más contra sí, besando la piel expuesta entre su hombro y el cuello, disfrutando de su aroma a rosas.
La deseaba, la amaba y quería dormir con ella todas las noches.
Despertarse con Liviana entre sus brazos, verla abrir sus hermosos ojos y que luego le diera esa sonrisa que le alegraría el día.
Volvió a besarla en el mismo lugar a la vez que subía lentamente el camisón por sus piernas.
Acarició su piel suave, sintiendo cómo su miembro se tensaba aún más, deseando adentrarse en la calidez de su mujer.
Sin detenerse, subió más y llevó sus dedos a la feminidad de ella para comenzar a estimularla.
Liviana no demoró en abrir los ojos al sentir una sensación eléctrica recorrer su cuerpo.
El placer que había pensado que formaba parte de sus sueños, en realidad era Marcus allí, estimulándola.
Enseguida quiso alejarse, pero él no la dejó, poniéndose sobre ella y besándola con intensidad, sin dejarla negarse ni emitir una sola palabra mientras continuaba con sus caricias, estimulándola.
—Marcus... —musitó entre el beso, con la respiración entrecortada—... no.
—No nos niegues esto, ángel —suplicó, pasando la lengua por su cuello para luego chuparlo.
—No —chilló Liviana, empujándolo—. No deje marcas, por favor —pidió, bajando la voz.
Marcus la observó con una ceja arqueada y una expresión divertida antes de pellizcar con suavidad uno de sus pezones.
—¿Por qué? Me gusta hacerlo —susurró antes de posar sus labios sobre un pezón. Ella se arqueó ante la sensación.
—Por... porque tengo que maniobrar después para ocultarlos —respondió con la respiración entrecortada.
—Ummm —fue el único sonido que salió de sus labios.
Sí, ella tenía razón y no había pensado en eso. Solo podía pensar en marcarla y en que ella recordara cada encuentro con la misma pasión y deseo con que lo hacía él.
—Abre las piernas —ordenó con voz ronca, deseoso de embestirla de una vez y saciarse, al menos por esa noche, de ella. Pero Liviana se negó y giró el rostro hacia un lado.
—Sé... que soy su esposa y es mi deber hacer... esto —comenzó con suavidad, haciendo que él frunciera el ceño—. Pero no quiero que me use como un simple objeto para satisfacer sus necesidades cuando su amante no pueda.
—Ángel —musitó él, acariciando su mejilla—. Mírame —pidió con la voz quebrada. Liviana giró lentamente la cabeza, encontrándose con sus ojos—. Te dije que solo te deseo a ti. No hago esto con ninguna otra mujer que no seas tú. Créeme, por favor.
—No puedo hacerlo —musitó ella sin dejar de mirarlo, queriendo ser sincera y terminar con todo de una vez, dejando los formalismos, añadió—. Me dices todo esto ahora para usarme, y luego te vas y no te veo durante días mientras salen publicaciones diciendo que siempre estás con Emma.
Marcus cerró los ojos un segundo antes de apretar los puños. Quería, en ese mismo instante, contarle toda la verdad sobre la misión.
«¿Acaso quiere poner en peligro a su esposa?».
Las palabras de Harrington se repitieron en su mente y decidió quedarse callado.
Prefería que ella siguiera desconfiando a ponerla en riesgo por su egoísmo de querer que confiara en él.
Debía ganarse su confianza de otra manera.
La miró a los ojos y vio el dolor y el sufrimiento que él le estaba causando, y el pecho se le contrajo.
—Perdóname —susurró sin apartar los ojos de ella—. Sé que estas palabras no cambian nada de lo que hice antes, pero quiero que sean el comienzo. Liviana, necesito que confíes en mí y... sé que no tengo derecho a pedirte algo así, pero esta vez te juro que no te fallaré.
Liviana lo observó confundida.
—Te juro que Emma no significa nada para mí.
—¿Entonces por qué dejas que todos crean que es tu amante? —preguntó, pero él no tenía una respuesta válida para eso, no sin revelar la misión.
—Es en eso en lo que te pido que confíes en mí, que me creas cuando te digo que ella no significa nada, que la única a quien quiero y deseo eres tú —confesó.
Liviana sintió un vuelco en el pecho. Una cosa era suponer que Marcus sintiera algo por ella y otra que él lo confesara. Todo razonamiento la abandonó.
—Marcus —lo llamó por su nombre otra vez—. ¿En serio me quieres? —preguntó con cautela.
Él le sonrió con ternura y asintió.
—Sí —respondió sin dudar—. Liviana, yo te amo.
Su respiración se atascó y no supo qué decir. Él pasó una vez más la mano por su mejilla, trazando el contorno de su rostro con delicadeza.
—Pero ¿cómo...? —logró decir ella, y él sonrió aún más sin detener sus caricias.
—No sé cuándo, pero simplemente empecé a sentir que mi corazón se aceleraba cuando escuchaba tu nombre, cuando te recordaba.
Y cuando por fin decidí ir a Green Hills, supe que había algo que aún negaba.
Incluso decidí que no anularía nuestro matrimonio porque la idea de que dejaras de ser mía...
me resultaba insoportable. Y cuando por fin te hice mía aquella noche y sentí lo que realmente era amar y ser amado por alguien, supe que no había vuelta atrás.
—Pero... huiste, me rechazaste otra vez —le recordó ella con amargura.