Miserable Matrimonio Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

Liviana cerró los ojos húmedos por haber sido tan débil y caer una vez más ante Marcus cuando debía hacer todo lo contrario.

Tragó con dificultad, sintiendo el sabor y el olor de Marcus sobre ella.

Todo había sido tan intenso y rápido que simplemente no pudo resistirse.

Trató de apartarse, pero el peso de Marcus sobre ella la mantuvo inmovilizada contra las sábanas.

—Déjeme —pidió con dureza—. Que quede claro que esto no cambia nada. Aún sigo queriendo el divorcio.

Marcus la miró y negó.

—Para mí tampoco cambia nada. Sigo queriendo que continúes siendo mi esposa —respondió él, bajando para dejar un beso en su sien—. Solo dame una oportunidad y tiempo. Te prometo que resolveré todo, que lograremos ser una familia. Solo... dame la oportunidad, por favor.

∞∞∞

Liviana se miró al espejo y abrió los ojos al ver la mancha morada que tenía en el cuello. La tapó con la mano, avergonzada al recordar el momento en que Marcus se la había hecho.

—Oh, por Dios —susurró, mordiéndose el labio.

Él ya había dejado marcas similares la noche en que habían consumado el matrimonio, pero habían sido en áreas que los vestidos y abrigos cubrieron perfectamente. Pero, ¿en el cuello? ¿Cómo se atrevía?

Gruñó con frustración, molesta aún consigo misma por haberse dejado llevar. Casi no había dormido por la contradicción que sentía al haberse dejado llevar y haber disfrutado tanto de tenerlo una vez más cuando debía hacer todo lo contrario: alejarlo y conseguir el divorcio.

Después de lograr que él se apartara, salió de su habitación casi corriendo y sin decir nada más.

Ni siquiera debió preocuparse por su herida, la cual era solo un rasguño.

Y ese rasguño la había llevado a entregarse a él una vez más, olvidando toda la frialdad y el rencor que se había jurado mantener para lograr su libertad.

—Sí que eres tonta, Liviana. Mira que caer tan bajo cuando él tiene una amante.

«Te juro que tú eres la única».

Bufó ante la voz interna. Siempre parecía ser la razonable, pero ahora parecía estar del lado de Marcus. Qué irónico.

Se paró frente a su guardarropa para ver qué vestido podía usar ese día que tapara la vergonzosa marca que él le había dejado en el cuello. Pero, para su desgracia, no había ninguno. Todos eran para la época de primavera; todos los que tenían cuello alto y mangas los había dejado en Green Hills.

—Bueno, tendré que quedarme aquí por hoy, mañana ya inventaré algo —musitó para sí misma, volviendo a la cama, donde estaban plácidamente dormidos sus gatos.

Los miró y negó con la cabeza. Esa cama parecía más de ellos que suya, pero ¿qué podía hacer? Era eso o que se le perdieran por ahí.

Se dejó caer sobre el colchón y cerró los ojos, esperando que Jayne irrumpiera en su habitación. Sabía que lo haría en cuanto notara su ausencia.

Y tuvo razón. No pasaron ni quince minutos cuando sintió la puerta abrirse y cerrarse. No se molestó en levantar la cabeza.

—Estoy bien, no estoy enferma —anunció antes de que su amiga la acribillara a preguntas.

—Eso lo sé.

Se incorporó de inmediato al reconocer la voz de Marcus. Quedó sentada en el colchón, mirando cómo él cruzaba los brazos y se recostaba en uno de los postes del dosel.

—¿Qué hace aquí? —preguntó nerviosa, mirando hacia todos lados.

—¿No puedo visitar a mi esposa? —contraatacó con otra pregunta, y Liviana arqueó una ceja.

—No cuando no acostumbra hacerlo.

Esta vez fue Marcus quien arqueó una ceja.

—Bueno... —se despegó del poste y rodeó la cama para acercarse. Liviana se echó un poco hacia atrás sin dejar de mirarlo—. Quizás sea hora de que empiece a cambiar mis costumbres, ¿no crees? —susurró, deteniéndose a centímetros de ella.

Liviana se alejó, incorporándose al otro lado de la cama e imponiendo distancia.

—No se acerque, por favor.

—¿Por qué? ¿Acaso tienes miedo de lo que pueda pasar si reduzco la distancia? —preguntó en un tono demasiado seductor.

—No —replicó ella con el ceño fruncido—. Simplemente quiero estar lejos de usted. ¿Acaso no es lo que quería?

Marcus bajó la cabeza y se humedeció los labios antes de volver a mirarla con intensidad.

—¿Y acaso mantener la distancia fue lo que hicimos anoche, Liviana? ¿Por qué te resistes a esto?

Ella se tensó un poco y entreabrió los labios, pero no dijo nada. Solo le dio la espalda para avanzar hacia la puerta y abrirla.

—Salga, por favor. Deseo estar sola —pidió sin mirarlo y manteniendo la puerta abierta.

Marcus se acercó hasta quedar frente a ella.

—Tengo asuntos que atender ahora. Solo quería pasar para darle un beso de despedida a mi esposa —expresó él antes de tomarla por la cintura sin avisar.

—Milord... —susurró ella antes de recibir un intenso beso que la dejó totalmente sin aliento. Cuando finalmente se separó, lo vio sonreír con suficiencia, pero no la soltó.

—Te prometo que arreglaré esto, ángel —susurró antes de soltarla y marcharse sin mirar atrás.

Liviana se quedó inmóvil junto al umbral, observándolo alejarse, aún con el corazón retumbándole en el pecho por las acciones poco comunes de su esposo y por esa promesa de que arreglaría todo.

Pero ¿qué era exactamente lo que tenía que arreglar?