Capítulo 34 #2
—No... pero sé que son muy graves. Aun así... no me importa. Tengo pensado dejar Inglaterra y...
—No —volvió a repetir, acercándose más. Liviana retrocedió hasta chocar contra la pared—. ¿En serio pensaste que aceptaría pedir el divorcio para que te alejes de mí? —gruñó, apretando los dientes.
Ella se encogió un poco al ver la ira en sus ojos.
—Sí —respondió, levantando el mentón y recuperando un poco el control de sus emociones—. ¿Acaso no es lo que usted también querría?
—¡Por supuesto que no! —respondió con furia, golpeando la pared y mirándola con una emoción muy parecida al dolor, pero ella se negó a creer que a Marcus le doliera el hecho de que quisiera el divorcio.
—Milord —trató de tranquilizarlo.
—Llámame por mi nombre, Liviana —suplicó, bajando la cabeza para rozar sus labios con los suyos, pero ella apartó la cara a tiempo, evitando el contacto.
—No —respondió con firmeza—. No debemos sobrepasar esa línea. Le estoy pidiendo que pida el divorcio, que nos libere de este matrimonio. Usted no me ama y no desea hijos conmigo. ¿Por qué continuaríamos casados?
—Porque así lo quisiste.
Liviana apretó los labios y los puños para luego golpearlo con fuerza en el pecho desnudo.
—¡Basta de culparme! —le gritó a la cara, furiosa—. Ya he sufrido bastante las consecuencias de haber querido ser su esposa. Ya no quiero serlo.
—Pero yo sí quiero que sigas siendo mi esposa —respondió él sin elevar la voz. Ella se tensó cuando sintió la suave caricia de sus dedos recorrer uno de sus brazos—. Lo eres ante la ley, ante la Iglesia... y recuerda que también te hice mía en otros sentidos.
Ella pudo sentir cómo una corriente le atravesaba el cuerpo ante esas palabras y el recuerdo de esa noche en Green Hills. Pero el recuerdo de lo que pasó después fue suficiente para mirarlo con ira.
—Y después dijo que había sido un error —añadió con frialdad, haciendo que Marcus detuviera sus caricias y la mirara fijamente.
—No lo fue —dijo finalmente, dejándola sorprendida—. Soy un idiota orgulloso, Liviana, y me arrepiento de lo que dije. Estoy tratando de dejar mi orgullo a un lado por ti. No dejaré que vuelva a dominarme para lastimarte, lo prometo.
Liviana entreabrió los labios, sintiendo el corazón latir con demasiada fuerza.
Se estaba ablandando ante él, una vez más.
Levantó la cabeza para apartarlo, pero Marcus aprovechó el momento para acortar la distancia entre sus labios y besarla con intensidad, sin darle oportunidad de apartarlo o retirarse.
Liviana no demoró en derretirse ante el contacto, correspondiendo al beso.
Marcus aprovechó para sujetarla por la cintura y juntar más sus cuerpos.
El deseo se intensificó y su respiración se volvió errática y desesperada por tenerla.
Hacía más de un mes que habían tenido intimidad y, para él, ya era demasiado tiempo.
Bajó sus manos para acunar sus glúteos y soltó un gruñido cuando ella rozó su entrepierna con la pelvis.
Pero Liviana se separó con la respiración entrecortada y negó con la cabeza, queriendo alejarse, pero él no se lo permitió; la arrinconó aún más contra la pared.
—Déjeme —pidió sin mirarlo, pero Marcus continuó besando su cuello con suavidad.
—No puedo —admitió—. Te deseo.
Liviana cerró los ojos para calmar los latidos de su corazón y concentrarse en rechazarlo, pero era difícil teniendo su torso desnudo contra ella y sus labios sobre su cuello, dejando besos húmedos.
—No sea granuja —dijo al fin, haciendo que él se detuviera—. Tiene a su amante a su disposición, ¿por qué no me deja tranquila si me detesta?
Marcus la miró fijamente.
—En primer lugar, no te detesto, Liviana —aseguró con dureza—. Y, en segundo lugar, no tengo ninguna amante capaz de apagar esto que siento por ti.
Liviana soltó una risa amarga.
—Entonces, ¿no niega que tiene una?
—Es... complicado. Pero te aseguro que te he sido fiel, Liviana —expresó con suavidad, mirándola fijamente a los ojos—. Lo juro. Solo te deseo a ti y mi cuerpo solo responde a ti.
Ella bajó la mirada sin poder creerle. Su corazón estaba desbocado y listo para creerle, para ser lastimado una vez más, pero la razón le decía que no debía creerle tan fácilmente.
Sin dejarla pensar más, Marcus la llevó a la cama y la recostó, subiéndose sobre ella para besarla con urgencia.
Sus manos no se detuvieron; fueron al borde de su camisón para subir por sus piernas desnudas hasta llegar a su intimidad totalmente expuesta.
Ambos soltaron un gemido cuando él acarició con suavidad sus pliegues húmedos.
—Tú también me deseas tanto como yo a ti, Liviana. No puedes ocultarlo —susurró él contra sus labios, sintiendo cómo ella se arqueaba bajo su contacto.
Ella soltó una fuerte exhalación cuando sintió los dedos de él adentrarse en ella con tanta facilidad. Reprimió un gemido, pero él le mordió un pezón por encima de la tela del camisón.
—Te necesito, por favor, no me rechaces más, no te alejes más de mí, mi amor —suplicó él, pero ella estaba tan perdida en sus caricias que solo atinó a asentir y arquear las caderas.
Sin poder contenerse más, Marcus abrió sus pantalones y liberó su miembro duro para buscar su entrada, empujando lentamente hasta que la llenó por completo, provocando que ella soltara un grito ahogado que él selló con un beso hambriento.
Él soltó un gemido de satisfacción y comenzó a moverse con un ritmo pausado y firme, aumentando la intensidad de las embestidas a medida que sus cuerpos se acoplaban.
—No sabes cuánto deseé volver esa noche y hacerte mía de nuevo —musitó sobre sus labios, dominado por el deseo que sentía por ella.
Liviana gemía mientras sus dedos se aferraban con fuerza a la espalda de Marcus, atrayéndolo aún más hacia sí.
Ninguno recordaba la herida, pero era lo menos importante.
Marcus metió una mano entre ellos y comenzó a masajear el punto sensible entre sus pliegues, haciendo que ella arqueara la espalda y cerrara los ojos con fuerza.
—Oh —gimió cuando sintió cómo una corriente eléctrica recorría todo su cuerpo, dejándola convulsionando por el placer que acababa de recorrerla y permitiendo que Marcus aumentara la velocidad y dureza de sus embestidas, besando y chupando su cuello con desesperación antes de morder su piel suave a la vez que gruñía cuando llegó al clímax.
Sus cuerpos, entrelazados en un torbellino de sensaciones, finalmente se relajaron, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas, que poco a poco volvieron a la normalidad.