Capítulo 34
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La temporada está cada vez más cerca y qué mejor manera de comenzar que con los duques de Devonshire, quienes tendrán el honor de ofrecer uno de los primeros grandes bailes de la temporada.
Teniendo en cuenta el prestigio y la posición de tan distinguida familia, no hace falta decir que será uno de los acontecimientos más esperados, y estoy segura de que ninguna dama de sociedad querrá quedarse sin una invitación.
Sin embargo, queridas lectoras, quizá sean los hijos de los duques quienes despierten mayor interés esa noche.
Lord Windsor y Lord Normanby continúan entre los caballeros solteros más codiciados de Londres.
¿Será esta finalmente la temporada en que alguno de los dos decida abandonar la soltería y escoger a una bella dama para convertirla en su esposa?
Si es así, aconsejo a las jóvenes casaderas que preparen sus mejores vestidos y sus sonrisas más encantadoras. Después de todo, convertirse en nuera de los duques de Devonshire no sería un premio nada despreciable.
Revista de sociedad de Lady Kennt.
Aún estaba despierta. Ya era más de medianoche, pero no conseguía dormir, no hasta hablar con Marcus.
Después de pensarlo bien, había decidido tener una conversación civilizada con su esposo. Ya no lo evitaría más, sería una mujer responsable de sus actos y le daría la solución del divorcio.
No sabía cómo él lo tomaría, si bien, mal o demasiado bien. Plantearía sus condiciones a cambio de su libertad. A ella no le importaba el escándalo; después de todo, pensaba alejarse de Inglaterra si era necesario. Y él podría inventar cualquier excusa para justificar el divorcio.
Al ser mujer, no sabía muy bien cuáles serían las consecuencias para ella tras un divorcio, pero sí sabía que serían las peores y las más vergonzosas para una mujer.
Sin embargo, eso no era nada comparado con el solo pensamiento de seguir aguantando tener que ver a Marcus no llegar porque estaba con otra y, lo peor, que algún día llegara con un bebé en brazos y la obligara a criarlo como suyo.
El solo pensamiento hacía que le faltara el aire.
Caminó de un lado a otro con el camisón ondeando por lo rápido que se movía por la habitación, hasta que escuchó cascos de caballos.
Se quedó inmóvil, pensando que su mente le estaba jugando una mala pasada, pero volvió a escuchar ruidos cerca de las caballerizas.
Se asomó al balcón, que estaba demasiado cerca de las caballerizas, y vio la figura de Marcus entrar a caballo.
Minutos después, lo vio salir para dirigirse a la entrada.
Enseguida corrió fuera de su habitación y por el pasillo para salir del ala este y llegar a las escaleras justo cuando Marcus iba subiendo.
Ambos se detuvieron al mismo tiempo y se quedaron mirando fijamente. Él se había quitado el abrigo, la chaqueta y el pañuelo de cuello, quedándose solo con una camisa de lino blanco demasiado arrugada.
—Liviana —dijo él con suavidad, subiendo un escalón—. ¿Qué haces despierta a estas horas?
—Necesito hablar con usted —respondió, midiendo su voz. Era demasiado tarde y cualquier ruido lo escucharían todos los que estaban en la residencia.
—Está bien —asintió él sin dejar de observarla.
Liviana apretó más el nudo de su camisón, como si con eso evitara que Marcus siguiera mirándola tan intensamente.
Carraspeó un poco antes de verlo subir los escalones que faltaban hasta llegar a ella. Fue entonces cuando se percató de la mancha roja que había en el costado de su camisa. Se alarmó al instante y, sin pensar, cerró la distancia entre ellos para levantar su camisa y ver la herida sangrando.
—¡Oh, por Dios! Estás herido —chilló, volviendo a mirarlo a los ojos para encontrarse con una sonrisa ladina en sus labios.
Parpadeó varias veces, siendo consciente ahora de cómo había actuado. Sin pensar, se había acercado a Marcus y levantado su camisa sin preguntar. Enseguida soltó la tela y dio un paso atrás.
—Lo siento —dijo avergonzada—. Solo me asusté al ver la sangre.
Marcus continuó viéndola sin dejar de sonreír. Luego pasó la lengua por sus labios para soltar un fingido gemido de dolor.
Ella lo miró enseguida, asustada, pero se contuvo de acercarse.
—Debe curarse eso, puede infectarse. Llamaré a la señora Rose, tal vez ella sepa... —se calló cuando Marcus la tomó por el antebrazo, impidiendo que bajara las escaleras.
—No despiertes a nadie. Hazlo tú —pidió él, demasiado cerca de sus labios.
—Y... yo —balbuceó Liviana, nerviosa, tanto por la cercanía entre ellos como porque nunca había curado una herida—. No sé cómo hacerlo. ¿Y si termino haciéndole más daño?
Marcus negó con la cabeza.
—No lo harás, yo te guiaré —aseguró él sin dejar de mirar sus ojos turquesa.
Liviana evadió su mirada, insegura, y se humedeció los labios inconscientemente, sin saber lo que estaba despertando en él con ese gesto.
—Vamos —dijo ella, asintiendo, pero se detuvo—. Hay que buscar con qué limpiar y vendar —musitó, pensando que no tenía nada a mano que pudiera ayudarla—. Tendré que llamar a la señora Rose de todos modos.
Marcus negó y la detuvo una vez más.
—En mi habitación tengo lo necesario.
Liviana frunció el ceño, pero no pensó mucho en eso. Solo lo siguió hasta su habitación, la cual estaba casi a oscuras. La chimenea era lo único que permanecía encendida y el fuego estaba casi consumido.
—Siéntate en la cama, yo encenderé las velas —dijo Liviana, buscando con qué prenderlas.
Cuando logró iluminar la habitación, Marcus estaba de pie junto a la cama con una pequeña caja de madera a su lado.
Volvió a fruncir el ceño, preguntándose en qué momento él había buscado esa cajita.
—¿Ahí tiene todo lo que hace falta? —preguntó sin acercarse, disimulando el recorrido visual que estaba haciendo por la habitación, notando que seguía todo igual que la vez que había entrado allí con la intención de seducir a Marcus y consumar el matrimonio.
—Sí, pero si te quedas ahí parada, me desangraré —bromeó Marcus.
Liviana dio un respingo ante eso y se acercó con cautela a él. Abrió la cajita, notando que había vendas de lino limpias y enrolladas, compresas, ungüento, tijeras, pinzas, aguja e hilo de seda.
—¿Por qué tienes todo esto? —preguntó casi en un susurro. Marcus no respondió. Levantó la mirada y lo vio ya sin la camisa. Tragó saliva y desvió la mirada para no apreciar más de lo debido su torso desnudo y la musculatura de su pecho, concentrándose en la herida—. ¿Qué hago primero?
—Primero tienes que detener la sangre presionando un paño limpio contra la herida —indicó él.
Liviana tomó una compresa de lino doblada y miró la herida. Parecía larga, pero no profunda.
—Permiso —musitó antes de ejercer presión sobre la herida. Marcus soltó un gruñido y ella se apartó enseguida—. Lo siento, le dije que no sabía hacerlo.
—Descuida, es normal que duela, ángel —dijo él con tranquilidad.
Pero Liviana se quedó inmóvil.
¿Ángel? ¿Había escuchado bien?
Pero enseguida movió la cabeza y volvió a presionar, esta vez con más suavidad. Marcus puso su mano sobre la de ella, haciéndola tensarse de repente ante el contacto.
—Debe ser más fuerte —musitó él.
—¿Cómo se hizo esta herida? —preguntó curiosa. No creía que se hubiera caído; parecía como si alguien más se la hubiera hecho.
—Cuando dejé el caballo en su lugar, no vi la horca que estaba apoyada de forma descuidada y, al estar oscuro, choqué con ella y logró lastimarme —explicó con normalidad.
Liviana asintió despacio.
—Ahora humedece otro paño con agua para limpiarla.
Liviana enseguida corrió al cuarto de baño para humedecer un paño y regresar a limpiar la herida con mucho cuidado.
—Estás temblando —dijo Marcus de pronto, haciéndola detenerse por unos segundos.
—No me gusta ver a las personas heridas —respondió ella, terminando de limpiar la herida para dejar el paño a un lado.
—¿A las personas, o a mí? —inquirió él mirándola fijamente.
Liviana apartó la mirada hacia la cajita de madera.
—¿Ahora qué sigue? —dijo, evadiendo su pregunta.
Marcus soltó una suave risa.
—El brandy.
—¿Vas a beber? —preguntó incrédula, y él soltó otra risa divertida.
—No, es para seguir limpiando. Luego podría vendarla, pero... —se giró un poco para verse a sí mismo la herida—. No hará falta, es bastante superficial. Para mañana estará perfecta.
—Creo que deberías vendarla, podrías... lastimarte mientras duermes —expresó ella, pero Marcus negó.
Ella no dijo nada, solo mojó otro paño con un poco de brandy para pasarlo por la herida con cuidado.
—Liviana —llamó él, y ella hizo un sonido para que continuara—. No tienes que pedirme permiso para tocarme.
Liviana se detuvo un segundo, luego se incorporó y dejó el paño a un lado.
—Creo que ya está listo —dijo sin responder a sus palabras.
No sabía qué le pasaba. ¿Estaba ebrio? Primero le decía ángel y ahora le decía que podía tocarlo cuando quisiera.
—Gracias —pronunció él, mirándola desde la cama—. ¿De qué querías hablar?
Liviana se cruzó de brazos y respiró hondo.
¿Por qué se le había ido todo el valor de hacía unos minutos?
Había estado decidida a hablar del divorcio, a pedir que fueran libres.
Lo miró y sus ojos chocaron. Se miraron intensamente antes de que ella apartara la vista.
No podía dejarse llevar por la dulzura que veía en su mirada.
—Quería hablar de algo que nos beneficiaría a ambos —comenzó.
«Hazlo, Liviana».
—El divorcio —dijo sin más, volviendo a mirarlo ahora con una expresión neutra en el rostro—. Si pide el divorcio, podría liberarnos de este matrimonio. Usted podría casarse con quien quisiera, tener hijos legítimos y ser feliz, yo podría...
—No —interrumpió él con dureza, levantándose de la cama y dando un paso hacia ella.
Liviana retrocedió por instinto y tragó saliva para luego aclararse la garganta.
—Piénselo mejor. Sé que será un gran escándalo, pero podrá casarse con quien quiera después y el escándalo dejará de tener fuerza.
—¿Siquiera sabes las consecuencias de un divorcio para ti? —preguntó él con el rostro serio y la voz dura.
Liviana ladeó la cabeza y pasó una mano por su cabello suelto.