Capítulo 33 #3
Lady Juliet bajó la cabeza y asintió, decaída.
—¿Y por qué no va usted misma a hablar con ella? —preguntó Lillian, mirándola.
Lady Juliet rehuyó la mirada de Lillian con vergüenza.
Liviana la miró bien, viendo que no había mucho parecido entre madre e hija.
Mientras Jayne era rubia, su madre era castaña, pero sí tenían los mismos ojos color ámbar.
Eso la hizo deducir que el duque de Devonshire era de cabello rubio y ojos claros, como los de sus hijos, Lord Windsor y Lord Normanby.
—Es... complicado —musitó Lady Juliet con la voz temblorosa.
—Comprendo, pero los padres somos los que siempre debemos ceder, Lady Juliet. Ellos nunca comprenderán que hacemos las cosas por su bien, aunque a veces nuestros métodos sean erróneos —expresó Lillian con suavidad.
Lady Juliet asintió despacio. Liviana notó la tristeza en su rostro, como si de verdad deseara hablar y ver a su hija.
¿Pero entonces por qué no se fue con ella cuando su padre la exilió? ¿O al menos la visitó?
Eran situaciones que ella no comprendía y, por desgracia, no podía opinar, así que simplemente se quedó callada y bebió de su té.
∞∞∞
Hamilton House no había cambiado mucho. Además de que su padre había estado ausente casi un año, los sirvientes no tenían potestad para cambiar absolutamente nada.
Liviana aprovechaba la ausencia de su padre para visitar a su nana casi todos los días. Quería disfrutar de su compañía antes de regresar a Green Hills.
—Nana —la llamó después de un rato de silencio. Estaban en el jardín, aprovechando la brisa fresca de la tarde—. ¿Crees que pueda solicitar el divorcio?
El jadeo de la señora Parker le dio la respuesta que necesitaba.
—Liviana —la reprendió con la voz temblorosa—. No digas esas cosas ni en broma. Sabes perfectamente que no.
Liviana dejó caer los hombros.
Le había dado vueltas a ese asunto desde que salió de Agnes House hacía dos días.
Desde que escuchó que Marcus no quería tener hijos con ella.
No había hablado de eso con nadie, ni siquiera con Jayne.
Pero era un asunto que la tenía preocupada y desanimada.
Ella quería hijos, se había quedado con las ganas desde que consumó su matrimonio, y saber que Marcus no tenía intención de tener ninguno con ella le había roto el corazón y desilusionado aún más.
Luego se había preguntado cómo pretendía él tener a su heredero si no era con ella. Y la única respuesta que se le ocurrió había sido Emma. Conociendo a Marcus, estaba segura de que él sería capaz de engendrar un hijo con Emma y darlo como legítimo para que ella lo criara como suyo.
Y no pensaba permitir algo así.
Prefería un divorcio y todo el escándalo que traería como consecuencia a tener que soportar criar al hijo de Emma.
«No pienses antes de saberlo todo, tal vez escuchaste a medias».
Razonó la vocecita en su cabeza. Pero ella negó. Todo estaba muy claro.
—¿Y por qué piensas en un divorcio cuando tu esposo olvidó la idea de la anulación? —preguntó su nana.
Liviana se encogió de hombros.
—Solo curiosidad. No estoy pensando en un divorcio —respondió, fingiendo una sonrisa.
La señora Parker la observó fijamente, como si quisiera descifrar algo que Liviana no le estaba diciendo.
—¿Es por lo que dice la revista de Lady Kennt? —insistió.
—Si quisiera el divorcio por lo que dice esa mujer, creo que todas las mujeres de Londres también querrían lo mismo, nana.
La mujer meneó la cabeza.
—Esa revista solo hace que todo el equilibrio de la nobleza se desestabilice —comentó con molestia—. Mira que publicar las intimidades de las casas nobles sin el menor respeto por la privacidad es... simplemente desagradable.
—Pero divertido —añadió Liviana—. Al menos cuando no es de uno mismo de quien se habla.
—Por eso mismo. A nadie le gusta que hablen de sus cosas, pero todos disfrutan leyendo sobre los demás. Esta sociedad se ha vuelto más hipócrita desde que Lady Kennt empezó esas publicaciones.
—¿Y en serio nadie sabe cómo trabaja? O sea, cómo consigue saber con tanta exactitud cada detalle.
—Nadie lo sabe, mi niña. Pero algunos suponen que son rumores de la servidumbre que se van llevando de casa en casa —dijo la señora Parker.
—Supongo que sí —musitó Liviana.
—Escuché que el duque está bastante enfermo —mencionó su nana después, y ella asintió.
—Sí, al parecer ya no puede levantarse de la cama —respondió Liviana con tristeza—. Es una lástima verlo en esas condiciones.
—Deberían avisarle al conde, es muy amigo del duque.
Liviana no respondió a eso. Ella no le escribiría a su padre por mucho que quisiera que el duque tuviera a su amigo cerca. Ni siquiera sabía exactamente en qué parte de América estaba.
—Tal vez se lo mencione a la duquesa —fue lo único que dijo antes de levantarse—. Tengo que regresar, nana.
La señora Parker asintió y se levantó para darle un abrazo.
—Ven a verme pronto, no quiero que regreses a Green Hills sin despedirte.
—Nunca haría algo como eso —aseguró Liviana, cerrando los ojos para recibir el abrazo de su nana. Le encantaban sus abrazos—. Te quiero.
—Yo también te quiero, mi niña.