Miserable Matrimonio Capítulo 33
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Capítulo 33

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Parece que la salud del duque de Agnes vuelve a ser motivo de preocupación. Según se comenta, Su Gracia ha sufrido una nueva recaída, y quienes conocen el delicado estado de su salud temen que esta vez su recuperación no resulte tan sencilla.

Sería una noticia verdaderamente triste para Londres. El duque de Agnes siempre ha sido considerado un caballero en toda regla, respetado tanto por su posición como por la dignidad con la que ha sabido llevar su título durante tantos años.

Aunque quizá deberíamos comenzar a acostumbrarnos a la idea de que pronto podría haber un nuevo duque de Agnes.

Lord Stafford heredará algún día el título de su padre. También sus propiedades, su posición y todas las responsabilidades que acompañan a un ducado. Lo que resulta bastante menos seguro es que haya heredado el mismo sentido del decoro.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

Observar a su padre en una cama y en un estado tan delicado le oprimía el corazón, como si algo se lo estrujara con fuerza desde dentro.

Alexander siempre había sido un hombre imponente, fuerte, con buena salud. Hasta que un día, sin más, empezó a sentir fuertes dolores en el pecho y mucha agitación. Ni el médico supo determinar la causa hasta que fue empeorando y, para tristeza de todos, ya no hubo solución para su enfermedad.

Para Marcus, su padre lo era todo: su mentor, su guía y el hombre en quien quería reflejarse.

Y pensar que el día de su muerte parecía estar cada vez más cerca...

Apretó los puños, conteniendo las lágrimas.

No quería que su padre lo viera en ese estado; lo reprendería sin importarle que fuera por su causa.

En vez de mostrar tristeza, mantenía el rostro serio y el ceño fruncido.

—Deja de fruncir el ceño, Marcus. Parece que eres tú quien está muriendo.

Marcus levantó la mirada hacia su padre, pero no dijo nada.

—Me siento débil —continuó Alexander con una débil sonrisa y la voz demasiado suave.

Marcus apretó la mandíbula, sintiendo la impotencia apoderarse de él. No podía hacer nada. Por mucho poder, dinero o influencia que tuviera, no había absolutamente nada que pudiera hacer para conseguir que su padre mejorara.

—Sé que me queda poco tiempo, Marcus.

—No digas eso —replicó enseguida—. Vas a mejorar. El médico dijo que necesitas descansar y evitar cualquier agitación. Si haces lo que te indica...

—No, hijo —lo interrumpió con calma—. Sé cómo me siento.

Marcus apretó los labios y desvió la mirada.

—Eso no significa que vayas a morir, papá.

—Todos vamos a morir algún día. Y es hora de que hablemos del título que heredarás cuando eso suceda.

Marcus negó inmediatamente con la cabeza.

—No quiero hablar de eso.

—Marcus...

—No —sentenció, endureciendo la voz—. Lo último que quiero en este momento es hablar de lo que sucederá cuando mueras.

—No debes evadir el tema, Marcus. Ni tampoco mi muerte —dijo el duque, observándolo con seriedad—. Es el ciclo de la vida. La muerte forma parte de la naturaleza tanto como la vida misma, y cuanto antes lo comprendas, más tranquilo podrás vivir.

Marcus volvió a negar, apretando los puños. Se negaba a pensar y mucho menos a hablar de la muerte que acechaba a su padre.

—La vida no es eterna, hijo. Y por eso hay cosas que deben hacerse a su debido tiempo. Si esperas demasiado, puede que cuando finalmente reúnas el valor para hacerlo ya sea demasiado tarde.

Marcus tragó el nudo que se había instalado en su garganta al pensar en Liviana y en las palabras de su padre.

—Yo he tenido una vida plena y feliz —continuó Alexander con una pequeña sonrisa—. Me casé con la mujer que amaba, tuve hijos maravillosos y he disfrutado de una posición que me permitió darles todo. Pero... saber que me darás un nieto me haría marchar en paz.

Marcus lo miró con rapidez y parpadeó, procesando las últimas palabras.

¿Un hijo?

No había pensado en eso todavía, y la idea de tener un hijo con Liviana lo hizo sonreír un poco. Por un instante, imaginó a un pequeño corriendo con los ojos turquesa de su madre. O quizá una niña con el cabello oscuro de Liviana y esa hermosa sonrisa que ella les daba a todos menos a él.

La sonrisa de Marcus desapareció poco a poco y frunció el ceño, negando con la cabeza.

Dudaba que Liviana quisiera darle hijos.

Al menos, no por el momento. Ella estaba demasiado molesta con él.

Apenas la había visto tres veces desde que había regresado de Green Hills.

Y no podía culparla. Él tampoco estaba haciendo las cosas bien al dejarse ver con Emma, aunque todo fuera una farsa y únicamente lo hiciera para cumplir con la misión.

Bajó los ojos hacia sus manos para no mirar a su padre.

—No creo que tenga hijos con Liviana —admitió cabizbajo.

Alexander frunció ligeramente el ceño y Marcus abrió la boca para explicarle sus razones, pero unos golpes en la puerta de la habitación lo interrumpieron.

—Adelante —dijo Marcus sin levantarse de su lugar.

La puerta se abrió y Aline asomó la cabeza. Su hermana le dedicó una mirada breve antes de dirigirla hacia la cama donde descansaba su padre.

—Espero no interrumpir.

—En absoluto, hija —respondió Alexander, levantando una mano—. Ven, acércate.

Aline entró en la habitación y, detrás de ella, entró Liviana.

Al verla, Marcus se levantó como un resorte de su lugar y sus ojos la recorrieron de arriba abajo.

Llevaba un vestido turquesa y blanco que hacía resaltar aún más el color de sus ojos.

Hacía días que apenas conseguía verla durante más de unos minutos y, esa mañana, cuando consiguió compartir el desayuno con ella, apenas pudo mirarla a los ojos.

La vergüenza por lo que estaba haciendo con Emma no le permitía tener una conversación más profunda con Liviana. ¿Qué podría decirle cuando ella exigiera una explicación respecto a Emma? ¿O que se alejara de ella?

«Sabes que no te la pedirá». Le recordó esa molesta voz en su cabeza.

Deseaba terminar con todo, alejarse de Emma y que los rumores se disiparan para poder, por fin, tener tranquilidad y declararle sus sentimientos. Poder tener la oportunidad de demostrarle que estaba arrepentido de todo, de su comportamiento inicial y de todas las cosas que le había hecho y dicho.

Continuó mirándola, ya que era lo único que podía hacer por el momento. Liviana lo miró también, pero enseguida apartó los ojos de él y dirigió la mirada hacia Alexander.

—su gracia —saludó con suavidad, acercándose a la cama—. ¿Cómo se encuentra?

—Mucho mejor ahora —respondió Alexander con una sonrisa—. ¿Y acaso no te dije que podías dejar de llamarme así?

Liviana sonrió ligeramente y asintió. Marcus observó cómo se sonrojaba un poco y sintió una punzada de celos al saber que cualquiera podía provocar esa reacción en ella, excepto él.

Ahora Liviana parecía odiarlo de verdad, no como cuando él había ido a Green Hills por Navidad y ella lo había tratado con indiferencia. Ahora había más frialdad; lo miraba como si lo detestara y quisiera tenerlo lo más lejos posible de ella.

Y le dolía pensar en esa posibilidad, que ahora que él había aceptado sus sentimientos, ella hubiera decidido cerrar su corazón.

Marcus se mantuvo callado mientras Aline y Liviana conversaban con su padre. Él solo la observó a ella, aprovechando que estaban compartiendo la misma habitación por unos segundos.

Al cabo de un rato, ambas salieron, dejándolo solo con su padre una vez más.

—Bien, ahora explícame por qué dices que no tendrás hijos con tu esposa —exigió Alexander con seriedad.

Marcus miró la puerta cerrada por la que se había alejado Liviana. Se sentía aún más impotente ante la situación que tenían, porque sabía que podía arreglarlo, que podía, con una simple decisión, acabar con todo.

—Sé que tu matrimonio con Liviana no era el que tenías en mente.

Que deseabas casarte con la señorita Ashton, pero...

—Alexander suspiró con pesar—. Las cosas pasaron de manera diferente, hijo.

Y aunque aún te niegues a ver a Liviana como tu esposa, debes entender que esto no se trata solo de lo que tú quieras.

Debes aceptar ya que esta es tu vida. Tuviste la oportunidad de anular tu matrimonio; ella lo quería también, y tú mismo le dijiste que olvidarías la anulación y mantendrías el matrimonio. Los hijos son parte del matrimonio.

Marcus apartó la mirada de la puerta y miró a su padre durante unos segundos.

—Lo sé —expresó con voz decaída—. Fui un idiota con mi esposa —declaró, dejando a su padre sorprendido—. Me di cuenta demasiado tarde de que ella es la mujer que realmente quiero a mi lado. Cometí muchos errores con ella... y por eso dudo que esté dispuesta a perdonarme y tener a mis hijos.

Alexander parpadeó varias veces. Luego ladeó la cabeza y asintió.

—Vaya —carraspeó un poco—. ¿Estás diciendo que te has enamorado de tu esposa?

Marcus bajó la cabeza y sonrió un poco con tristeza mientras asentía.

—Creo que sí —respondió—. Puede que siempre haya sentido algo por ella. La conozco desde siempre.

—Eso no quiere decir que estés enamorado. Tal vez solo sientas culpa por tu comportamiento inicial hacia ella —razonó su padre, pero él negó.

—Ya quise convencerme de eso para negar mis sentimientos.

Primero la culpé de todo y me aferré a mi orgullo para alejarla, convenciéndome de que ella era una calculadora que solo quería una buena posición, solo porque estaba enojado con ustedes por obligarme a casarme y con ella por ponerme en una situación como el matrimonio cuando ya tenía otros planes.

Sabes que nunca fui de los que se dejaban llevar por las imposiciones.

—Sí —musitó Alexander.

—Y sé que nada de eso justifica mi comportamiento.

—Estabas enamorado de otra mujer, y el amor es... a veces ciego, hijo.

Marcus soltó una risa irónica mientras negaba.

—Lo irónico es que ni siquiera estaba realmente enamorado de Emma, papá —dijo, mirándolo ahora a los ojos, desahogándose por fin—. Madre tenía razón en todo. En cuanto a Emma y... Liviana.

Alexander soltó una risa débil.

—La haría muy feliz saber eso.