Capítulo 32 #3
—Son unos idiotas —comentó Marcus, encogiéndose de hombros—. Y es verdad, ninguno podría competir conmigo.
—Exactamente, y más cuando eres tú quien me tiene.
Marcus asintió. Ya no insistiría en más nombres; eso levantaría sospechas. Por el momento, había obtenido bastante información.
—Parece que te construiste una vida bastante interesante sin mí.
Emma hizo una mueca y negó con la cabeza.
—No era la vida que quería —dijo ella, suavizando el tono de su voz y, por primera vez desde que había comenzado la conversación, Marcus no percibió falsedad en ella—.
Yo te quería a ti —continuó—. Pero tú dejaste de buscarme.
Dejaste de escribirme. Durante mucho tiempo pensé que regresarías y me dirías que habías encontrado la manera de librarte de ese matrimonio.
Marcus apretó ligeramente los dedos alrededor del vaso.
—No fue posible. Me negaron la solicitud por falta de argumentos y pruebas convincentes.
—Lo sé ahora. Pero entonces no lo sabía —Emma bajó la mirada—. Incluso llegué a pensar que quizá realmente habías empezado a sentir algo por tu gorda y fea esposa.
La mandíbula de Marcus se tensó. Tuvo que contener el impulso de ponerla en su lugar.
Liviana no era gorda y mucho menos fea.
Pero recordó dónde estaba y, sobre todo, por qué estaba allí.
—No —respondió finalmente, mordiéndose la lengua para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse—. Jamás... sentiría algo por Liviana.
Un pinchazo de dolor le atravesó el pecho apenas dijo esas palabras, más aún cuando acababa de admitir que estaba enamorado de su esposa.
Emma sonrió y lo rodeó por el cuello.
—Sabía que no podía ser cierto.
Marcus tomó el vaso y bebió, utilizando el gesto para ocultar la expresión de su rostro.
∞∞∞
Los días posteriores, Liviana solo se dedicó a evitar a Marcus a toda costa.
Había regresado a su antigua habitación en el ala este de la residencia; Jayne estaba en una cercana a la suya.
Y la lejanía de las habitaciones le permitía no encontrarse con Marcus.
Aprovechaba los momentos en que sabía que él estaba en su despacho o fuera de la residencia, que eran la mayor parte del tiempo, algo que descubrió durante esos días.
Antes él permanecía más tiempo en su despacho, pero ahora pasaba casi todo el tiempo fuera de la residencia.
Sus pensamientos intrusivos le decían que pasaba todo ese tiempo con Emma. Pero decidió que no debía importarle, aunque muy en el fondo sí le importaba y le dolía.
Había aprovechado esos días también para visitar a su nana y a los duques de Agnes. Lillian se alegró de tenerla de regreso, y le costó arruinarle la ilusión dándole la noticia de que regresaría a Green Hills antes de que la temporada diera inicio, lo que sería en dos semanas.
Esa mañana había decidido ponerse un vestido de color turquesa y blanco. El día estaba bastante fresco y, luego del desayuno, quería visitar a la modista junto a Jayne y encargar algunos vestidos nuevos para llevarse a Green Hills.
Llegó al comedor y encontró a los sirvientes preparando la mesa.
—Buenos días —saludó con una sonrisa amable y luego se sentó en su lugar a esperar que terminaran de poner la mesa y que Jayne bajara.
No compartía el desayuno con Marcus. No sabía si él lo hacía antes o después de ella, pero, viendo que estaban preparando el desayuno a esa hora, suponía que Marcus lo hacía después.
—¿La revista de Lady Kennt ha llegado? —preguntó a la señora Rose.
—Aún no, milady.
Ella asintió y luego tomó una taza de té que acababan de servir.
En ese momento, Marcus entró al comedor. Liviana se tensó, pero siguió con su desayuno sin mirarlo.
—Buenos días —saludó él con la voz apagada.
Ella lo miró de soslayo, sorprendiéndose al verlo tan desaliñado. Nunca había visto a Marcus de esa forma: el cabello revuelto, la camisa arrugada y sin su chaqueta ni pañuelo de cuello. Él siempre estaba bien arreglado, aunque estuviera en su propia casa.
Lo miró mejor cuando pasó frente a ella y se sentó en su lugar. Entonces se dio cuenta de que él acababa de llegar. No había dormido allí. Y el perfume femenino que todavía estaba impregnado en sus ropas delataba perfectamente dónde y con quién había pasado la noche.
Tragó un sorbo de té con dificultad, sintiendo que el nudo en su garganta le dificultaba tragar.
—Al menos debió haber tenido la decencia de cambiarse antes de aparecer —murmuró ella con dureza, sin mirarlo, pero sabiendo que él la había escuchado.
Marcus la miró sin decir nada y luego apartó la mirada, tomando solo una taza de té.
Siguieron el desayuno en silencio, hasta que Liviana no pudo comer más. Le era imposible seguir comiendo, sintiendo el intenso perfume de mujer que lo envolvía.
Se levantó de la mesa con brusquedad, haciendo que la silla chirriara contra el suelo de madera.
—Permiso —dijo, apretando los dientes.
Pero antes de salir del comedor, la señora Rose entró casi corriendo con el rostro lleno de preocupación.
—Milord —dijo con cautela. Liviana frunció el ceño y esperó a ver qué sucedía—. Han venido de Agnes House. Su padre ha tenido una recaída.