Miserable Matrimonio Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Solo estaba pensando en el discurso de apertura en el Parlamento dentro de dos semanas.

Emma sonrió y pasó sus manos por el cuello de Marcus, jugando con su cabello.

Marcus trató de no tensarse ante su contacto. Debía fingir que le gustaba que ella lo tocara y lo besara, pero le estaba costando no apartarla, más aún cuando su cuerpo y su corazón deseaban que fueran otras manos y otros labios los que lo tocaran y besaran.

Inevitablemente recordó la primera vez que Liviana lo besó.

Él no había estado preparado para eso y, en su mente, solo podía pensar en Emma.

Pero, si apartaba todo eso y dejaba únicamente el momento en que Liviana lo tomó por los hombros y unió sus labios a los suyos...

su corazón se aceleró inevitablemente ante el recuerdo de sus labios suaves e inexpertos sobre los suyos, que rechazó sin pensar.

Apretó la mandíbula y bebió otro sorbo de whisky.

Todo habría sido diferente si hubiera aceptado a su esposa desde el principio, si se hubiera dado la oportunidad de conocerla, en lugar de dejar que el orgullo y los prejuicios nublaran su juicio.

—No te preocupes por eso, eres uno de los mejores en la Cámara de los Lores —lo alentó Emma con una sonrisa. Se quedó mirándolo por un segundo y él ladeó la cabeza—. No sabes cuánto te extrañé, Marcus.

Él evitó hacer una mueca ante la mentira. Pero aprovechó eso para iniciar algunas de las preguntas que había tenido en mente y que no sabía cómo formular sin despertar sus sospechas.

—¿Me extrañaste? —preguntó con una sonrisa incrédula—. Por lo que he oído, no estuviste precisamente sola durante mi ausencia.

Emma retiró lentamente las manos de su cuello.

—¿Estás celoso?

—No pretenderás que crea que durante todo este tiempo permaneciste encerrada esperando que regresara a buscarte.

La sonrisa de Emma desapareció poco a poco.

—¿Y qué querías que hiciera? —preguntó—. Dejaste de escribirme.

—Tú también dejaste de hacerlo.

—Después de meses sin recibir respuesta —replicó ella con cierto reproche—. ¿Cuántas cartas esperabas que enviara antes de comprender que ya no querías saber nada de mí?

Marcus guardó silencio. En verdad, debió terminarlo todo con ella desde que sus amigos le contaron lo que habían visto, pero, en vez de eso, dejó las cosas así. Prefirió no responder más a sus cartas y cortar todo el sustento económico que le proporcionaba, sin explicación alguna.

Algo que, para cumplir con la misión, ahora le favorecía. Pero tenía que reconocer que había sido poco caballeroso al actuar de esa manera. Había estado tan ocupado con sus misiones, tratando de anular su matrimonio y pensando en su esposa, que realmente se había olvidado de Emma.

Lo que lo llevaba a preguntarse por qué Emma lo recibía ahora con los brazos abiertos. Dudaba que realmente lo amara, pero ni siquiera había intentado hacerlo esperar; enseguida había respondido a su carta y aceptado verlo.

—Te casaste con otra mujer —continuó Emma, bajando la mirada—. Después desapareciste de mi vida. Al principio pensé que encontrarías la manera de librarte de ella, como me habías prometido. Después pasó un mes. Luego otro. Después medio año. ¿Qué debía pensar?

—Que todavía te amaba.

Emma soltó una risa sin alegría.

—No tenía ninguna razón para pensarlo. Ya habías obtenido de mí lo que querías.

Marcus bajó la mirada hacia su vaso, sintiendo una pequeña punzada de culpa.

No justificaba las acciones de Emma, pero él tenía parte de culpa en ello.

La había usado y le había prometido desposarla, para luego casarse con otra y abandonarla.

Pero él había estado dispuesto a romper su matrimonio, a provocar un escándalo con la anulación con tal de estar con ella, de hacerla su esposa.

Sin embargo, ella ya había decidido algo más: traicionar a su nación y entregarse a cuantos hombres la miraran con deseo.

—Siempre te prometí que haría lo posible por romper mi matrimonio y casarme contigo. Tú fuiste quien no tuvo fe en mí y decidió buscar consuelo en otros hombres.

Emma frunció el ceño y luego desvió la mirada, avergonzada.

—Busqué sobrevivir. No todos tenemos el futuro asegurado, Marcus. Necesitaba dinero. Necesitaba protección. Necesitaba continuar siendo recibida en determinados lugares si no quería desaparecer por completo de la sociedad.

Bien pudo buscar un esposo que le diera todo eso, pero no caería en ese tema; sería desviarse del objetivo.

—Y encontraste caballeros dispuestos a proporcionarte todo eso.

—Algunos...

Marcus hizo girar lentamente el whisky dentro de su vaso.

—¿Quiénes? —preguntó casi con un gruñido, fingiendo que estaba celoso, que le molestaba que otros hombres la hubieran tocado.

Emma soltó una pequeña carcajada.

—No tienes que estar celoso —susurró ella, pasando sus labios por su cuello. Marcus apretó la mandíbula y la apartó, tomándola por los hombros y mirándola con seriedad.

—No me gusta imaginarte dependiendo de otros hombres.

—Solo los acompañaba. Asistía a reuniones, cenas, algunas veladas privadas... Nada que deba preocuparte, mi amor. Te aseguro que sigo amándote a ti.

—¿A qué tipo de reuniones ibas con ellos? —preguntó Marcus, sin apartar la vista de sus ojos azules—. Quiero romperles los dedos por atreverse a tocarte.

Emma soltó una carcajada, como si le encantara esa posesividad.

—Las reuniones eran en distintos lugares. Algunas casas privadas en el East End, cenas en Mayfair... También hay reuniones en una casa de Jermyn Street, creo que la número 14.

Marcus memorizó todo al instante, asintiendo.

—Vaya, ¿y te gustaba acompañarlos?

—Era divertido al principio, pero después... —ella se calló y desvió la mirada, observando a su alrededor, como si buscara a alguien. Marcus también miró con disimulo y luego la apretó contra su cuerpo.

Debía distraerla; ella estaba hablando más de lo que pensaba.

—¿Después? —insistió él, y ella se encogió de hombros mientras pegaba el rostro a su pecho.

—Dejó de ser divertido —dijo simplemente.

—Seguro porque me extrañabas —dijo con seriedad, y ella soltó una risita.

—Claro que sí. Nunca dejé de pensar en ti ni un solo segundo.

Marcus puso los ojos en blanco. Si eso era amor para ella, no quería saber lo que era el odio.

Nuevamente pensó en Liviana. En lo diferentes que eran ambas y lo estúpido que había sido al no notarlo. Liviana sí lo amaba y estaba dispuesta a aguantar todos sus desaires solo por estar a su lado.

Tenía que resolver eso. Ya debía dejar de fingir que no estaba enamorado de su esposa.

El corazón le dio un vuelco ante esa admisión interna. Abrió los ojos con sorpresa por lo fácil que había sido admitirlo, como si una venda hubiera caído finalmente de sus ojos.

—Tu corazón late muy rápido —musitó Emma, sonriendo.

Marcus la miró y, por un segundo, olvidó qué hacía allí con Emma y no con su esposa, confesándole su amor y haciendo que lo perdonara por todas sus estupideces.

«La misión».

Le gritó esa vocecita interna y sacudió la cabeza para concentrarse.

—Es porque estoy intentando adivinar quiénes son esos hombres que te tocaron. Muero por hacerles pagar.

Emma sonrió y negó con la cabeza.

—No valen la pena, mi amor. Pero, si te lo digo, ¿quedarás tranquilo? Verás que ninguno compite contigo.

—Dime —exigió, queriendo saber los malditos nombres e irse de allí.

Ella pareció meditarlo con diversión.

—Lord Fairchild fue muy generoso conmigo durante algunos meses.

Marcus memorizó el nombre sin cambiar de expresión.

—¿Quién más?

—Sir Edmund Carroway.

—¿Carroway? —repitió Marcus con desagrado—. Es demasiado viejo para ti.

Emma rio.