Capítulo 32
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Hace apenas unos días mencioné que Lady Stafford permanecía recluida en el campo mientras su esposo disfrutaba de la temporada en Londres. Parece que esa información ha dejado de ser cierta.
La marquesa ha regresado a Londres después de una prolongada ausencia y, según he podido averiguar, no lo ha hecho sola.
La acompaña nada menos que Lady Jayne William, hija menor de los duques de Devonshire, de quien no teníamos noticias desde aquel desafortunado escándalo que provocó su desaparición de la sociedad hace casi cinco años.
Lo más interesante es que Lady Stafford no parecía tener intención alguna de instalarse en la residencia de su esposo.
Según se rumorea, la marquesa se encontraba buscando una residencia propia en Mayfair para pasar la temporada, pero parece que ha recapacitado y ha decidido volver bajo el techo de su esposo.
Y considerando que el marqués de Stafford fue visto nuevamente en compañía de la señorita Emma Ashton, no puedo evitar preguntarme si el regreso de su esposa es una extraordinaria coincidencia...
o si esta temporada tendremos finalmente respuesta a una pregunta que lleva demasiado tiempo circulando por Londres: ¿qué ocurre realmente en el matrimonio de los Stafford?
Revista de sociedad de Lady Kennt.
El trayecto en carruaje transcurría en silencio.
Liviana mantenía la cabeza baja, llena de vergüenza e ira por tener que aceptar la orden de su esposo.
Le daba demasiada rabia no poder decidir sobre su propia vida, que su voluntad estuviera siempre supeditada a la de los hombres.
Primero había sido su padre y ahora era Marcus.
¿Por qué él estaba empeñado en que vivieran juntos? Estaba más que claro que su regreso a Londres no había sido de su agrado. ¿Por qué no aceptar el alquiler y disfrutar de vidas separadas?
«Ahora estás en Londres, no en Green Hills».
Le recordó esa vocecita en su cabeza. Apretó los puños y luego los relajó.
—Liviana —la llamó Jayne.
—Lo siento, nuestros planes han cambiado drásticamente —musitó sin mirarla—. Marcus... él se negó a aceptar el alquiler y me está obligando a regresar a su casa.
—Sí, lo supuse —respondió Jayne con suavidad—. Yo puedo seguir en el hotel.
Liviana negó y levantó la mirada.
—No hace falta, le dije que venías conmigo.
—¿Y aceptó? —Liviana asintió.
—Me siento tan... impotente, Jayne —masculló con rabia, sintiendo cómo sus ojos se humedecían—. Que nosotras, las mujeres, tengamos siempre que bajar la cabeza y hacer lo que los hombres digan.
Jayne apretó los labios y desvió la mirada.
—Te entiendo, y creo que la mayoría de nosotras se siente igual. Lo peor es que, si desobedecemos sus caprichos y deseos, somos nosotras las que sufrimos las consecuencias —expresó Jayne con tristeza.
—Podemos regresar a Green Hills —dijo Liviana de pronto—. Disfrutar de la temporada ya no parece tan divertido como creía.
—¿Lo dices por lo que publicó la revista de esa Lady Kennt? —preguntó Jayne.
Liviana asintió despacio.
—No quiero ser humillada. Quedarme significa presenciar el romance de Marcus y Emma, soportar sus encuentros y que toda la sociedad lo sepa —sonrió con tristeza—. Ya puedo imaginar las miradas y los susurros de todos, y creo que no soy capaz de soportarlo.
—¿Entonces piensas pasar toda la vida recluida en el campo?
Liviana bajó la cabeza y jugó con sus dedos enguantados para luego encogerse de hombros.
—Tú llevas casi cinco años allá y pretendías seguir viviendo así.
—Eso es diferente, Liviana —respondió Jayne en un hilo de voz—.
Yo fui apartada de la alta sociedad por mis propios errores.
Mis posibilidades de casarme y tener una familia quedaron prácticamente destruidas.
Pero tú estás casada, tienes un título y eso te protege.
Sí, es humillante que todos crean que tu esposo tiene una amante, pero no serías la primera esposa de nuestra clase obligada a soportar algo semejante.
En algún momento se esperará que le des hijos, que cumplas con tu deber como esposa y marquesa.
Liviana apretó los labios.
—¿Y eso debe consolarme?
—No —respondió Jayne enseguida—. Solo quiero recordarte la sociedad a la que pertenecemos.
Nos educaron para esto, Liviana. Desde niñas nos enseñaron a ser damas, después esposas y finalmente madres.
A obedecer primero a nuestros padres y luego a nuestros esposos.
Nos enseñaron a dirigir una casa, a comportarnos en sociedad, a sonreír aunque estuviéramos enfadadas y a no hacer preguntas sobre cosas que, supuestamente, una dama no debería conocer.
Liviana bajó la cabeza, sintiendo que algo se oprimía dentro de su pecho ante la realidad de las palabras de su amiga.
—Y cuando nos casamos —continuó Jayne—, se espera que aceptemos las decisiones de nuestros esposos.
Incluso sus errores. Un caballero puede tener aventuras y quizá reciba algunos comentarios desagradables, pero continuará entrando en los mismos clubes, asistiendo a los mismos bailes y siendo recibido por la misma sociedad. Una mujer no tiene la misma fortuna.
—Lo sé, pero es... injusto —musitó Liviana, levantando la vista para encontrar los ojos de Jayne.
—Lo es —concordó con amargura—. Cualquier decisión que tomes, te apoyaré. Si decides regresar a Green Hills, volveré contigo, y si decides quedarte aquí, ocupar tu lugar como marquesa y aprender a ignorar lo que haga tu esposo fuera de casa, me quedaré.
—Creo que quedarme no es una opción. No soportaría vivir cerca de Marcus sabiendo que él estará con Emma.
Jayne asintió.
—Es tu decisión.
—Gracias —musitó, y Jayne le dedicó una ligera sonrisa.
Liviana cerró los ojos un momento, tratando de contener las lágrimas justo cuando el carruaje comenzó a disminuir la velocidad. Enseguida se recompuso, sabiendo que habían llegado a la residencia de Marcus.
Segundos después, la portezuela se abrió y Marcus apareció frente a ellas.
Sus miradas se encontraron y ella apartó la suya enseguida hacia la mano que él le tendía para ayudarla a bajar.
Con un leve suspiro, terminó por extender su mano enguantada y depositarla sobre la de Marcus.
Él cerró los dedos alrededor de la suya y la ayudó a descender del carruaje.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, retiró rápidamente la mano.
Marcus apretó los labios ante el gesto, pero no dijo nada. Se volvió hacia el carruaje y extendió la mano para ayudar a Jayne a bajar.
Jayne miró la mano durante un instante antes de aceptarla y, cuando estuvo frente a él, le dirigió una mirada fulminante que hizo que Marcus arqueara ligeramente una ceja.
Los tres entraron en la residencia y, apenas llegaron al vestíbulo, Marcus se volvió hacia Liviana.
—¿Dónde están sus cosas? Enviaré a un lacayo por ellas.
—En el hotel Clarendon —respondió sin ánimos y sin mirarlo.
Marcus asintió y luego llamó al mayordomo. Pocos segundos después, Collins apareció desde uno de los pasillos. Al ver a Liviana, se sorprendió, pero luego sonrió con educación a la vez que hacía una leve reverencia.
—Lady Stafford. Es un placer tenerla nuevamente aquí.
Liviana le dedicó una sonrisa. Por una parte, le agradaba volver a esa casa solo por los sirvientes, quienes la habían tratado muy bien desde el principio.
—Gracias, Collins. Me alegra volver a verlo.
—Collins, dile a uno de los lacayos que vaya al hotel Clarendon por las pertenencias de Lady Stafford y Lady William —ordenó Marcus.
Liviana desvió la mirada hacia el vestíbulo, notando que nada había cambiado. Todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.
—Sí, milord.
—Y que preparen una habitación para Lady William y los aposentos de la marquesa —ordenó Marcus.
El mayordomo vaciló y lo miró con confusión.
—¿Los que se encuentran junto a los suyos, milord?
—Sí.
Liviana lo miró inmediatamente con el ceño fruncido.
—No, prefiero mi antigua habitación —replicó con voz dura.
—Liviana —musitó Marcus, dando un paso hacia ella. Pero Liviana lo detuvo.
—Al menos déjeme escoger mi habitación —exigió con frialdad, dejando claro que estaba molesta.
—La que te corresponde como mi esposa es la que estoy ordenando que preparen —explicó él con suavidad, mirándola con desesperación, como si necesitara que ella aceptara esa habitación.
Liviana sonrió con rabia.
—Antes también era su esposa y me dio la más alejada de la suya —replicó con frialdad, sin importarle que Collins y Jayne estuvieran presentes—. Prefiero que sigamos manteniendo las distancias que usted mismo estableció desde el principio.
Marcus la miró fijamente y ella le sostuvo la mirada, aunque no supo interpretar la emoción que cruzó por los ojos azules de su esposo.
Pero Marcus endureció el rostro enseguida.
«Sí, ahí está su verdadero rostro, el mismo que siempre me muestra».
—Haz lo que quieras —espetó él, dándose la vuelta con brusquedad para alejarse a grandes zancadas por el pasillo.
Liviana lo observó alejarse con un nudo en la garganta.
«Es lo mejor».
Mantener las distancias era lo mejor mientras estuviera en Londres. No podía permitirse volver a caer en sus brazos solo porque él hubiera decidido que ahora quería tenerla cerca.
∞∞∞
—Marcus, ¿estás escuchándome? —la voz de Emma lo sacó de sus pensamientos.
Estaba distraído. La situación con su esposa, sin duda, era la peor distracción que podía tener en esos momentos, cuando necesitaba toda su concentración para descubrir algo relacionado con los traidores.
Ni siquiera le estaba prestando la debida atención a Emma para que creyera que él seguía atrapado en sus redes.
Fingiendo una sonrisa, posó sus ojos azules en ella.
—Por supuesto, preciosa —respondió, bebiendo otro sorbo de su whisky.
Emma lo miró con los ojos entrecerrados.
Estaban en uno de los clubes privados de St James's, un establecimiento discreto donde muchos caballeros, tanto nobles como burgueses adinerados, se reunían con sus amantes.
—Pareces estar en otro mundo —dijo Emma con una mirada triste, como si realmente le importara tener su atención.