Capítulo 31 #3
—No tengo dónde quedarme durante la temporada —respondió ella, aún con el ceño fruncido—. Y me gusta esta residencia.
—Tienes una casa —replicó Marcus—. Cualquiera que te escuchara pensaría que yo te he echado y no te quiero cerca de mí.
—¿Y acaso no es exactamente lo que ha hecho?
Marcus sintió un pinchazo de culpa mezclado con una creciente frustración. Apretó aún más los puños y desvió la mirada.
—Yo estaré en el vestíbulo —anunció Jayne, alejándose al ver que era un asunto más privado.
Cuando quedaron solos, Liviana cruzó los brazos y miró a su esposo con ira.
—No pienso regresar a su casa —sentenció con firmeza—. Usted me echó de allí y tampoco me quiere cerca.
—Liviana —comenzó, tratando de mantener la compostura.
La culpa por lo que había hecho antes y la frustración de no saber cómo arreglarlo lo estaban volviendo loco—.
Lo siento, debí disculparme hace mucho por mis acciones de aquel día.
Actué... sin pensarlo y dije cosas... que no debí decir.
Pero, en realidad, no te eché de nuestra casa, solo fue cosa del momento y estaba muy molesto. No debes tomarlo en serio.
Liviana sonrió con ironía.
—En serio o no, no pienso poner un pie en su casa, milord.
Usted tiene orgullo, ¿cierto? Pues yo también, y me he cansado de que lo pisotee —expresó con tranquilidad, mirándolo fijamente sin dejar ver sus emociones, sin permitir que sus sentimientos por Marcus la dominaran una vez más—.
Desde que nos casamos, no ha hecho más que humillarme y dejar claro cuánto me detesta.
Sé que soy culpable de este matrimonio, pero lo hice por...
—se calló; no volvería a mencionar la palabra amor frente a Marcus—.
No lo hice por los motivos egoístas que cree, y lo siento, siento mucho haberle arruinado la vida, y sus planes de casarse con la mujer que realmente amaba.
Marcus se quedó callado y tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo un dolor punzante le atravesaba el pecho al escuchar cómo ella decía con tanto pesar esas palabras, como si se arrepintiera de haber logrado convertirse en su esposa.
—Tuvo la oportunidad de anular este matrimonio.
Yo no me opuse, más bien lo esperaba, pero fue usted mismo quien decidió dejarlo y...
consumar el matrimonio —hizo una pausa—.
Ahora que estamos condenados por el resto de nuestras vidas, lo poco que podemos hacer para vivir en paz y con un poco de felicidad es vivir separados.
Marcus negó con la cabeza. No quería nada separado de ella, ni siquiera las habitaciones, mucho menos que vivieran en casas separadas.
Había estado dispuesto a ir a Green Hills porque ya no soportaba vivir solo del recuerdo de ella. Necesitaba verla, hablar con ella, tocarla, besarla. Estar cerca.
—No aceptaré eso —sentenció, dando un paso al frente—. Eres mi esposa y la marquesa de Stafford, debes comportarte como tal, y si has regresado, tu deber es estar a mi lado.
—No quiero...
—No me importa lo que quieras —la interrumpió con un grito. Cerró los ojos y respiró. No podía gritarle—. Lo siento. Es solo que... —dio otro paso hacia ella, acortando un poco la distancia—. No quiero que vivas lejos de mí, Liviana.
—¿Por qué? —preguntó ella en un hilo de voz, queriendo dar un paso atrás, pero él la detuvo sujetándole las manos.
Su corazón comenzó a latir con más fuerza ante el contacto.
—Ya te lo dije, eres mi esposa.
—También lo era hace más de un año y medio —susurró ella—. Y no le importó echarme de su casa por su amante.
—Olvidemos eso, empecemos de nuevo —dijo él casi con desesperación, acercando más sus cuerpos, sintiendo su fragancia, aunque ahora era un poco más cítrica y no el característico aroma a rosas que tanto amaba en ella. Quería besarla.
—¿Olvidarlo? ¿Empezar de nuevo? —inquirió ella, elevando el tono a la vez que se zafaba de su agarre e imponía aún más distancia—.
No sea hipócrita y no quiera hacerme pasar por tonta.
¿Cree que no sé que sigue viendo a la señorita Ashton?
La mantuvo como su amante todo este tiempo y ahora pretende que finja que nada ha ocurrido mientras usted sigue con ella, humillándome.
—Liviana, no... no es lo que parece —intentó decir, apretando los dientes y sintiendo la impotencia recorrer sus músculos.
—¿Y por qué todos creen que ella es su amante? ¿Acaso no estaba con ella ayer en Hyde Park?
Marcus no respondió. Solo asintió.
—Sí, pero... —apretó los labios con rabia.
No podía decirle que era una misión, que debía acercarse a Emma para descubrir una red de traidores. Suspiró y la miró, sin querer hacer lo que estaba a punto de hacer.
—Lo que yo haga no te importa, Liviana. Eres mi esposa, tú escogiste serlo, ahora debes asumir el cargo. Traté de ser paciente y de hacerte entender por las buenas que era mejor regresar conmigo, pero, como te niegas, no me queda otra opción que imponerte mi voluntad.
Liviana se tensó y retrocedió un paso.
—No autorizaré el alquiler de esta casa —sentenció con frialdad—. Volverás conmigo porque es tu deber y mi orden.
Ella bajó la mirada, retorciendo las manos sobre su vestido.
—¿Por qué haces esto? —preguntó en un hilo de voz.
—No quiero rumores de que mi esposa vive lejos de mí. Ahora vamos —ordenó, dejando claro que no quería más réplicas ni negativas.
Cuando le dio la espalda, cerró los ojos, sintiendo una punzada de decepción consigo mismo.
—Regresaré. Pero Jayne viene conmigo.
—Puede venir todo el que quieras —dijo él, aún sin mirarla.
—Y que sepas que, si estoy haciendo esto, es porque no me diste otra opción, no porque quiera.
Marcus asintió despacio sin decir nada. Quería convencerse de que Liviana solo estaba molesta porque la estaba obligando a dejar esa casa y porque se había enterado de que había visto a Emma. Pero, en el fondo, ella lo seguía amando.