Capítulo 31 #2
Pero ¿por qué había consumado el matrimonio?
Si tenía a Emma, si podía estar con la mujer que verdaderamente amaba, ¿por qué había ido a su cama aquella noche?
Liviana bajó la mirada hacia sus manos enguantadas, reteniendo las lágrimas acumuladas en sus ojos.
¿Acaso un hombre que encontraba a la mujer que amaba no era capaz de serle fiel? Quizá era demasiado ingenua e ignoraba la forma en que verdaderamente amaban los hombres.
Escuchó pasos acercándose y rápidamente se secó la humedad acumulada bajo los ojos.
—¡Esta casa es maravillosa! —chilló Jayne.
Liviana se giró con una sonrisa justo cuando Jayne apareció en el jardín.
—Me alegra que te guste. Porque parece que viviremos aquí durante los próximos meses.
—Ya escogí mi habitación.
Liviana soltó una pequeña risa. Jayne se acercó a ella y contempló el jardín.
—También me gusta esto.
Liviana asintió antes de girarse y mirarla con los ojos entrecerrados.
—Por cierto, ¿por qué evitaste al duque durante toda la visita? Apenas le dirigiste la palabra.
Jayne continuó mirando el jardín con calma.
—No tenía nada que decirle.
—Jayne...
Su amiga soltó un suspiro y ella se mordió el labio, esperando que le confirmara su teoría.
—Es amigo de él.
—Oh... me equivoqué —musitó. Jayne se giró y la miró con el ceño fruncido.
—¿En qué te equivocaste?
Liviana selló los labios y sonrió. Sería vergonzoso decirle lo que había pensado.
—No, nada. Es sobre la casa. Pensé que... sería más pequeña, pero es perfecta, ¿cierto? —dijo, sonriendo y mirando la fachada.
Jayne la miró con sospecha, pero terminó asintiendo.
—Ayúdame a escoger mi habitación —pidió Liviana, tomándola de la mano para adentrarse en la casa una vez más y olvidar el asunto de todos los hombres que las hacían sufrir.
∞∞∞
En una semana viajaría a Green Hills para ver a su esposa. Ya estaba organizándolo todo para dejar Londres por al menos dos semanas, incluida su misión con Emma Ashton.
Ya había comenzado enviándole varias cartas donde, por obligación, le pedía disculpas y hacía una extensa declaración de amor, asegurándole que aún la amaba y no la había olvidado.
Emma, por su parte, respondió enseguida a todas, asegurando que también lo amaba y lo había extrañado, algo que lo hizo poner los ojos en blanco.
—Tú no amas a nadie, Emma —había susurrado mientras leía su carta.
Pero debía fingir, continuar el juego y hacer que todos, incluida Emma, pensaran que él estaba perdidamente enamorado de ella.
Incluso ya se había dejado ver con ella en Hyde Park.
Había sido un encuentro rápido, de pocas palabras, pero para comenzar los rumores sería suficiente.
No podía negar que Emma seguía siendo la misma mujer hermosa que lo había cautivado antes, pero ya no le provocaba el mismo efecto.
Era como si su corazón ya estuviera ocupado como para quedar atrapado de nuevo en sus encantos.
«¿Por qué te resistes a admitir que te gusta tu esposa? Si es que ya no estás enamorado de ella».
Recordó las palabras de Beaufort y apretó los puños.
¿Admitir que en realidad sí le gustaba su esposa lo haría sentir mejor? Menos peso en su corazón, quizá.
No entendía por qué, a esas alturas, seguía resistiéndose a sentir algo por Liviana. Ya no era válido justificarse con el rencor de haber sido llevado a un matrimonio indeseado. ¿Entonces qué lo detenía?
«Tu orgullo».
Se respondió a sí mismo con amargura. Ese maldito orgullo que no le estaba facilitando las cosas. Y, para empeorarlo todo, debía fingir que estaba enamorado de la misma mujer por la que había pensado sustituir a Liviana. La situación era irónica, por no decir que era el karma.
Levantó ligeramente la cabeza al escuchar que llamaban a la puerta de su despacho.
—Adelante —respondió, viendo que era Collins, el mayordomo.
—Milord, el duque de Beaufort desea verlo —anunció.
—Dile que pase, Collins.
El mayordomo hizo una inclinación de cabeza y se retiró, dejando la puerta entreabierta. Pocos minutos después tuvo a su amigo frente a él, con una sonrisa socarrona que lo hizo entrecerrar los ojos.
Beaufort se sirvió un trago de whisky sin pedir permiso y se sentó en uno de los sillones.
—¿Vienes a robarme el whisky, Beaufort? —inquirió, levantándose de su silla para hacer lo mismo y sentarse frente a él.
—Es que tienes un buen whisky, Stafford.
—Puedes comprarlo. Eres un duque.
Beaufort se encogió de hombros.
—¿Por qué gastar cuando tengo un amigo que me invita a beber del suyo?
Marcus arqueó una ceja.
—O puede que me compre un par de botellas con el dinero que me darás por el alquiler de una de mis propiedades en Mayfair —añadió, dándole un sorbo a su vaso sin dejar de mirar a Marcus.
—¿Alquiler? —inquirió con el ceño fruncido—. ¿De qué hablas, Beaufort?
El duque dejó el vaso sobre la mesa y se recostó en el sillón con una sonrisa ladina, cruzando las piernas.
—¿No lo sabías?
Marcus apretó la mandíbula. Definitivamente, su amigo quería hacerlo perder la paciencia.
—Anthony —advirtió, llamándolo por su nombre de pila.
—Tu esposa acaba de alquilar una de mis propiedades y me dijo que viniera a ti a cobrar el alquiler. Dijo que quería quedarse toda la temporada, lo que sería un total de cinco meses.
Marcus sintió cómo la sangre le subía a las sienes.
—¿Liviana está en Londres? —preguntó, ignorando la mención del alquiler.
Solo podía pensar en que Liviana estaba en Londres cuando él creía que seguía en Green Hills.
—Sí, regresó hace cuatro días.
¿Cuatro días?
Se levantó de golpe, pasándose una mano por el cabello. Liviana estaba en Londres desde hacía cuatro días y él no había sabido nada.
—Ese idiota de Thomas no me lo dijo en su carta de esta semana —murmuró, apretando los dientes.
—¿Puedo mandar a mi administrador para que firmes el contrato? —preguntó Beaufort en tono divertido.
Marcus lo fulminó con la mirada.
—No. Mi esposa no alquilará una casa. Ella ya tiene una —replicó con ira contenida—. ¿Dónde está?
—¿En serio te interesa saberlo? Lo pregunto porque dijiste que ella no te importaba lo suficiente como...
—¡Dime, Beaufort! —exigió, fuera de sí.
Esta vez el duque lo miró con más seriedad.
—Después dices que no sientes nada por tu esposa.
Marcus apretó la mandíbula.
—Se está instalando en la residencia. Asumió que no te negarías a pagarla.
—¿Por qué asumiría algo así? Ella sabe todo el escándalo que provocaría si se supiera que la marquesa de Stafford está viviendo en una casa alquilada.
El duque no dijo nada, solo miró cómo Marcus caminaba de un lado a otro, como un animal enjaulado deseando salir.
—Dime qué residencia es. Necesito hablar con ella y traerla de regreso aquí.
—N.º 27, Grosvenor Street —fue lo único que dijo Beaufort antes de ver cómo Marcus tomaba su chaqueta y salía de su despacho sin decir nada.
Beaufort negó con la cabeza con una ligera sonrisa.
Marcus llegó a la residencia en menos de quince minutos. Desmontó de su caballo y lo amarró a la verja de hierro. Sin detenerse, subió la escalinata de la entrada principal y entró sin llamar al ver que la puerta estaba abierta.
El vestíbulo estaba vacío y continuó hacia los salones, percatándose de que la casa era demasiado grande y lujosa. Justo el tipo de mansión que pertenecería a un duque o a un marqués tan rico como él.
Siguió caminando y revisando los salones de la planta baja, sin ningún éxito. Ni siquiera había sirvientes; la mansión estaba en completo silencio, solo se escuchaban sus pasos.
Frustrado, decidió subir a la planta superior.
Cuando se iba acercando por el pasillo a las escaleras que daban a la segunda planta, escuchó pasos y risas femeninas que hicieron que su corazón diera un vuelco al reconocer la de Liviana.
Se apresuró, solo para fingir indiferencia al llegar al pie de las escaleras y ver cómo su esposa se detenía a mitad de estas junto a Lady Jayne.
¿Por qué no le sorprendía ver a la hija de los duques de Devonshire también allí?
Miró a su esposa con intensidad, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. Nunca más podría volver a verla y no sentir nada.
Estaba hermosa, pero lo que más llamaba su atención era la mirada llena de frialdad que le dirigía.
Liviana bajó los escalones que faltaban para detenerse frente a su esposo, le hizo una ligera reverencia antes de juntar sus manos enguantadas frente a ella con elegancia.
—Milord —habló con calma mientras los pasos de Jayne bajando las escaleras resonaban—. Supongo que vino a cerciorarse de lo que pagará. ¿Cierto?
Marcus la miró sin decir nada. La recorrió lentamente con la mirada, fijándose en los detalles de su rostro, en la curva de sus labios, en sus ojos turquesa, que evitaban encontrarse con los suyos.
—Supongo que recuerda a Lady William —continuó, señalando a Jayne—. Vivirá conmigo aquí durante la temporada. Luego regresaremos a Green Hills —explicó, alejándose para ir hacia el ventanal que daba al jardín—. La mansión es maravillosa, ¿no cree? Y tiene un jardín tan extenso y hermoso.
—Una de las mejores cosas de la propiedad, además de tener un lago artificial —concluyó Jayne con una sonrisa.
—Una maravilla —suspiró Liviana.
—No te quedarás aquí —dijo Marcus con voz gélida.
Liviana se tensó y se giró con rapidez para mirarlo con el ceño fruncido.
Él se mantuvo sereno, tratando de conservar la calma y no recurrir a su derecho como esposo y ordenar que dejara inmediatamente esa residencia.
En parte sabía que no tenía derecho a imponerle su voluntad de esa manera.
—¿Disculpe? —Liviana dio un paso al frente.
—No tienes que alquilar una casa, Liviana —dijo con más suavidad, mirándola directamente a los ojos, anhelando acercarse, tomarla entre sus brazos y besarla.
Deseaba que ella respondiera también con la misma urgencia y deseo que había mostrado la noche en que la había hecho suya por primera vez.
Apretó los puños, tratando de despejar esos recuerdos. En ese momento no le convenía recordar a su esposa desnuda, debajo de él y gimiendo de placer.