Miserable Matrimonio Capítulo 31
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Capítulo 31

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Parece que algunos afectos son demasiado difíciles de olvidar, incluso después del matrimonio.

El marqués de Stafford fue visto ayer en Hyde Park en compañía de la señorita Emma Ashton. Para quienes posean poca memoria, me permito recordarles que la señorita Ashton y el marqués fueron bastante cercanos antes del inesperado matrimonio de este último con Lady Stafford.

Resulta curioso verlos nuevamente juntos después de tanto tiempo, sobre todo considerando que la marquesa continúa recluida en el campo mientras su esposo disfruta de la temporada en Londres.

Revista de sociedad de Lady Kennt.

El carruaje atravesó el portón de hierro de la residencia que pensaba alquilar. Había escogido una grande y demasiado lujosa porque sabía lo caro que sería el alquiler. Y esperaba que eso molestara a su esposo, porque él tendría que pagarlo.

—Es... maravillosa —dijo Jayne, mirando por la ventanilla.

Liviana asintió, no muy emocionada. A ella no le gustaban las casas tan grandes; vivía en Agneswood House porque no tenía otra opción, pero prefería la calidez de un hogar más pequeño y acogedor.

Sin embargo, para molestar a su esposo, esa era perfecta.

Y no viviría allí para siempre, solo durante la temporada social.

—El administrador ya debe estar esperando —comentó Liviana.

Habían llegado a Londres hacía cuatro días y se estaban quedando en un hotel mientras encontraban una residencia apropiada para pasar la temporada.

Después de visitar varias propiedades, esa había sido la que más había llamado su atención, principalmente por su ubicación y por el elevado precio del alquiler.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal y uno de los lacayos descendió para abrirles la portezuela. Liviana bajó primero, seguida por Jayne.

Levantó la mirada para contemplar mejor la residencia.

Era una elegante construcción de ladrillo, amplia y de varios pisos, con altas ventanas distribuidas simétricamente a lo largo de la fachada.

La entrada principal estaba precedida por unos pocos escalones de piedra y, a través de uno de los laterales, podía distinguirse el camino que conducía hacia la parte posterior de la propiedad.

Definitivamente, era demasiado grande para dos mujeres y unos pocos sirvientes.

La puerta principal se abrió justo cuando estaban subiendo los escalones. Liviana arqueó las cejas con sorpresa al ver quién las esperaba al pie de la escalera.

—¿Beaufort?

El duque le sonrió con cortesía.

—Lady Stafford, me alegra volver a verla.

Liviana lo miró con sorpresa mientras se acercaba.

—¿Qué hace usted aquí? Creí que me recibiría el administrador del propietario.

—Así iba a ser —respondió él—. Hasta que esta mañana me informaron quién había solicitado visitar la casa. Cuando vi su nombre, decidí venir personalmente.

Liviana arqueó una ceja, divertida.

—No sabía que poseía propiedades como esta para alquilarlas.

—Uno de mis negocios es la compra y venta de propiedades. Algunas permanecen arrendadas y otras están a la venta.

—Entiendo —musitó Liviana.

Beaufort dirigió la mirada hacia Jayne con algo de sorpresa.

—Lady William. Bienvenida nuevamente a Londres.

Jayne se limitó a hacer una pequeña inclinación de cabeza con un gesto de desdén, dejando claro que el duque no era de su agrado.

—su gracia.

Y, sin decir nada más, se adelantó hacia el interior de la casa.

Liviana frunció ligeramente el ceño mientras la observaba alejarse.

Eso había sido extraño. Volvió la atención hacia Beaufort, quien también miraba durante un instante en dirección a Jayne, aunque enseguida recuperó su expresión habitual.

—¿Desea conocer la casa?

—Por... supuesto —asintió, aún con el ceño fruncido.

«¿Será Beaufort el hombre del que se enamoró Jayne?».

Se preguntó mientras seguía al duque. No creía capaz a Beaufort de abandonar su deber como caballero, dejando desamparada a Jayne después de... bueno, usarla. Negó con la cabeza, apartando esa idea, y le prestó atención a la residencia.

Desde el vestíbulo accedieron a un amplio salón de recibo decorado en tonos claros.

Los muebles estaban cubiertos para protegerlos del polvo, pero a algunos les habían retirado las telas para que pudieran apreciarlos.

Había una chimenea de mármol, grandes espejos y ventanas que permitían entrar abundante luz.

—El mobiliario está incluido —explicó Beaufort—. Puede sustituir o retirar cualquier pieza que no sea de su agrado mientras permanezca aquí.

—No creo que sea necesario. Solo estaré unos meses.

Continuaron hacia el comedor, suficientemente grande como para recibir a numerosos invitados, y después pasaron a un salón de mañana mucho más pequeño. Ese sí le gustó. Era acogedor y luminoso.

Jayne aparecía y desaparecía mientras ellos recorrían la propiedad, mirándolo todo por su cuenta y mostrando bastante más entusiasmo que Liviana.

Subieron después a la planta superior. Beaufort le mostró los dormitorios principales, los aposentos para invitados y las habitaciones destinadas a los criados.

—Es una casa bastante grande para usted sola —comentó él, mirándola con curiosidad.

—Lady Jayne se quedará conmigo.

—Aun así...

Liviana se encogió de hombros.

—No me molesta y me gusta bastante esta casa. Es espaciosa y se puede ofrecer un baile envidiable —comentó, haciendo que Beaufort la observara durante unos segundos con sorpresa.

—Creo que debo preguntar por qué desea alquilar esta casa teniendo a su disposición la de Stafford.

Liviana continuó caminando. No mostró sorpresa ni tensión por la pregunta; sabía que en cualquier momento el duque hablaría de eso. Después de todo, era amigo de su esposo.

—Porque no deseo regresar a la casa de mi esposo.

—Supongo que tiene sus razones. Aunque imagino que Stafford no estará precisamente encantado cuando descubra sus planes.

—Ese será problema de mi esposo, su gracia.

Beaufort soltó una risa, divertido. Definitivamente, tenía que ver personalmente la cara de Stafford cuando se enterara de que su esposa estaba en Londres y buscaba alquilar una casa.

—La situación me parece divertida hasta cierto punto —expresó Beaufort, ahora con más seriedad—. Pero vivir en Londres, en una residencia diferente de la de su esposo, provocará comentarios. Especialmente después de tanto tiempo separados.

—No creo que a mi esposo le preocupe demasiado lo que diga la sociedad sobre nuestro matrimonio —replicó Liviana con un tono más amargo.

—Stafford cuida mucho su reputación.

Liviana se detuvo y miró al duque con incredulidad.

—¿En serio? Porque, si le preocupara tanto su reputación, no se mostraría públicamente con su amante.

—Lady Stafford... —Beaufort trató de decir algo, pero no tenía argumentos para defender a su amigo.

—Eso pensé —murmuró ella, dándole la espalda. El duque no podía decir nada porque sabía perfectamente que ella tenía razón.

—Creo que todavía falta el jardín —dijo finalmente el duque, con un tono más bajo.

Descendieron nuevamente y atravesaron la parte posterior de la residencia hasta salir al jardín. Esa fue la primera parte de la propiedad que realmente consiguió agradarle.

Era enorme y eso le encantaba. Los senderos dividían pequeños espacios destinados a flores y arbustos. En el centro había un lago artificial y, al fondo, algunos árboles ocultaban parcialmente el muro que separaba la propiedad de las vecinas.

—Puede comenzar a instalarse en cuanto quiera —comentó Beaufort—. La casa necesita algunas preparaciones, pero los sirvientes pueden ocuparse de ellas rápidamente.

Liviana sonrió.

—Perfecto.

—¿Cuánto tiempo se quedará exactamente? —preguntó el duque.

—Hasta finales de junio.

Beaufort asintió.

—Hablaré con mi administrador para preparar las condiciones del arrendamiento. En cuanto al pago...

—Puede hablarlo con mi esposo —interrumpió ella con rapidez, y Beaufort arqueó una ceja—. Él se encargará de pagarlo.

Beaufort sonrió y negó con la cabeza.

—Comprendo. Hablaré personalmente con Stafford —aseguró él—. En cuanto dé su aprobación al arrendamiento, enviaré los sirvientes necesarios para atenderlas durante su estancia.

—Está bien.

Beaufort hizo una pequeña inclinación.

—Entonces espero que disfrute de su tiempo en Londres, Lady Stafford.

Liviana hizo una reverencia en respuesta. El duque se despidió y regresó hacia el interior de la residencia, dejándola a ella en el jardín.

Durante unos instantes disfrutó del silencio y de la preciosa vista; era como estar en Green Hills, rodeada de flores y aire fresco. Estaba segura de que Nube y Bombón se perderían en ese inmenso jardín, tal y como lo hacían en Agneswood House.

Soltó el aire con un sonoro suspiro. Ahora que estaba sola, recordó una vez más cómo se había arruinado su mañana.

Había cometido el error de comprar varios ejemplares atrasados de La revista de sociedad de Lady Kennt.

Después de escuchar hablar tantas veces de ella en Green Hills, la curiosidad había terminado por vencerla.

Y ahora comprendía perfectamente por qué tanto Lillian como las damas que habían estado en Agneswood podían pasar horas comentándola.

Lady Kennt no tenía piedad. Publicaba con nombres y apellidos.

Hablaba de encuentros, discusiones, posibles amantes, compromisos, deudas y escándalos con tanta libertad como para destruir la reputación de cualquier miembro de la sociedad que tuviera la desgracia de convertirse en objeto de su atención.

Y Marcus había aparecido en el último ejemplar que ella había leído esa mañana.

«El marqués de Stafford fue visto ayer en Hyde Park en compañía de la señorita Emma Ashton».

Leer eso le confirmó lo que se había preguntado millones de veces mientras estaba en Green Hills: Marcus continuaba viéndola, probablemente nunca había dejado de hacerlo.

Sus ojos comenzaron a cristalizarse y parpadeó varias veces para evitar las lágrimas. No comprendía por qué seguía doliéndole. Había prometido que dejaría de permitir que Marcus controlara sus emociones. Él podía hacer lo que quisiera con su vida. Ella haría lo mismo con la suya.