Miserable Matrimonio Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—¿Pretende que las cortejemos? —preguntó uno de los hombres en tono burlón.

—Si es necesario, sí —replicó Harrington.

—Deben acercarse a ellas de la manera que consideren más conveniente.

Interés, amistad, galanteo... No me importa —añadió Charles—.

Necesitamos saber quién les paga, cómo reciben las instrucciones, cómo entregan la información y, principalmente, quién dirige la red.

Si consiguen introducirse en ella, mucho mejor. ¿Está claro?

Todos asintieron sin decir una palabra. Marcus estaba tenso, imaginando las demás órdenes y, por alguna razón, estaba convencido de que él sería el encargado de acercarse a Emma.

—Lord Baines, se encargará de la condesa de Montclaire —ordenó Charles, y este asintió. Luego siguió nombrando hasta mirarlo directamente—. Lord Stafford, la señorita Emma Ashton será responsabilidad suya.

Marcus apretó los dientes, pero terminó asintiendo. No iba a discutir delante de los demás. Mucho menos cuando todos habían aceptado sus misiones sin poner objeciones.

—Espero tener noticias pronto —continuó Harrington, dando por terminada la reunión—.

Como siempre, ninguno de ustedes ha venido aquí por esta razón.

Dentro de unos minutos pasarán al salón contiguo.

Hay otros caballeros invitados esta tarde.

Conversarán, beberán y harán exactamente lo que harían en cualquier otra reunión a la que hubieran sido invitados por Su Majestad.

Los hombres asintieron y se levantaron de sus lugares para retirarse y dirigirse hacia el salón contiguo. Marcus esperó a que todos salieran para quedarse a solas con Harrington y Charles.

—Necesitamos hablar —espetó con el ceño fruncido. Ambos hombres lo miraron, esperando que hablara—. Asígneme a otra mujer —exigió en tono duro, pero sin llegar a ser maleducado ni mostrarles una falta de respeto.

Harrington arqueó una ceja.

—¿Por qué? —preguntó Charles.

—Harrington sabe perfectamente la razón. Y dudo que usted la desconozca.

—Precisamente por eso usted es el indicado para sacarle información a la señorita Ashton.

Marcus apretó los dientes.

—No pienso volver a involucrarme con ella.

—Pero creí que por ella deseaba anular su matrimonio —dijo Harrington con calma. Sir Charles se quedó callado y sin opinar.

—Ya no deseo anular mi matrimonio —dijo Marcus, aclarándose la garganta.

—Eso es... inesperado. Aunque ahora siento curiosidad. ¿Se ha enamorado de su esposa, Stafford? Recuerdo lo mucho que deseaba deshacerse de su matrimonio.

Marcus endureció el semblante y desvió la mirada.

—Con todo respeto, eso no es asunto suyo —replicó. Harrington esbozó una pequeña sonrisa.

—Tiene razón, su vida privada no me concierne siempre y cuando no involucre los intereses de la Corona —dijo, mirándolo seriamente—. Pero esto es una misión y necesito que deje a un lado sus sentimientos personales para cumplir con el deber que se le ha dado.

Marcus apretó los puños, sintiendo cómo la frustración recorría sus venas.

Asintió sin poder negarse más. Debía asumir la responsabilidad que había decidido tomar por haberse cegado voluntariamente y empeñarse en anular su matrimonio con Liviana a toda costa.

Ahora una de las consecuencias era obedecer la orden de su superior porque así lo había jurado.

Tal vez estaba llegando la hora de averiguar cómo podía dejar de ser un espía de la Corona, aunque sabía que sería difícil. Uno no abandonaba ese servicio simplemente por gusto; el rey mismo debía concederle esa libertad.

—La señorita Emma me conoce y, si quiero que crea que sigo interesado en ella, tendré que hacer algo más que conversar durante cinco minutos en un salón —dijo al fin, con un tono más calmado.

—Entonces hágalo. Debe hacer todo lo posible por ganarse su confianza hasta obtener la información y las pruebas que necesitamos.

—¿Pretende que toda la sociedad crea que la tengo como amante? —inquirió con el ceño fruncido.

—No necesariamente. Pero quizá sea conveniente que los vean juntos en algunas ocasiones.

Marcus soltó una risa seca y negó con la cabeza.

—Magnífico. ¿Y cuando el rumor llegue al Parlamento? Sabe que eso arruinaría mi reputación, algo que usted valora y por lo que me negó su respaldo cuando quería anular mi matrimonio.

Harrington miró a Marcus fijamente antes de tensar la mandíbula.

—Su posición política no se verá comprometida por esta misión —aseguró Harrington—. Tiene mi palabra. La Corona conoce la naturaleza de su servicio. No debe preocuparse por eso.

Marcus pasó una mano por su rostro. Aparte de su reputación en la Cámara de los Lores, le preocupaba especialmente Liviana.

—La señorita Ashton es una de las mujeres que más información parece haber conseguido durante los últimos meses —continuó Harrington, haciendo que Marcus lo mirara—.

Ha tenido contacto con varios hombres relacionados con asuntos políticos y creemos que podría encontrarse más cerca que las demás de quien dirige la red.

No puedo asegurarle que conozca su identidad.

Tal vez ni siquiera ella lo sepa. Pero necesitamos averiguarlo.

—La decisión ya está tomada, Stafford —añadió Charles al ver que la tensión había mermado un poco—. Y ha recibido la aprobación de la Corona. Usted es el hombre más indicado para acercarse a Emma Ashton y ambos lo sabemos.

Marcus soltó lentamente el aire. Hubo un tiempo en que habría aceptado esa misión sin pensarlo dos veces.

Pero ahora... volver a acercarse a Emma significaría muchas complicaciones en su vida.

Explicaciones que no podía dar; tanto sus padres como sus amigos lo juzgarían por ello, y luego estaba su esposa.

—Resolveré esto lo más rápido posible —aseguró con firmeza, mirando a ambos hombres—. Pero cuando termine, no vuelva a utilizarme para una misión que requiera comprometer mi matrimonio o dar a entender públicamente que engaño a mi esposa.

Harrington asintió.

—Procuraré no volver a colocarlo en una situación semejante. Pero esta vez realmente lo necesitamos, Stafford.

Marcus solo asintió antes de salir de la sala. Pensó en Emma y en las razones por las que habría preferido convertirse en una traidora. Por dinero, quizá.

Pronto lo descubriría.

Cuando llegó al salón contiguo, se mezcló entre los hombres con un vaso de licor. Conversó algunos minutos fingiendo indiferencia, pero la imagen de su esposa aparecía constantemente en su cabeza.

Quizá, después de todo, había hecho bien dejándola en Green Hills.

Durante esas semanas había considerado más de una vez escribirle para pedirle que regresara a Londres para la temporada.

Muy en el fondo, la extrañaba, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

Pero ahora era mejor que permaneciera en el campo.

No quería que estuviera en Londres mientras él se dejaba ver con Emma.

Mucho menos que escuchara los rumores que inevitablemente comenzarían a circular.

Pero antes de acercarse a Emma, iría a Green Hills.

Necesitaba verla; era una necesidad que lo carcomía cada noche, cuando estaba en la soledad de su habitación.

Siempre se repetía que era solo deseo, que haberla hecho suya una única vez no había sido suficiente para saciar la sed que sentía por ella.

Pero debía admitir, aunque solo fuera para sí mismo, que era algo más profundo que el deseo.

Después cumpliría esa maldita misión lo más rápido posible, y Emma Ashton volvería a desaparecer de su vida.

∞∞∞

—No regresaré a Londres —sentenció Jayne, cruzándose de brazos.

Liviana tomó con calma su taza de leche con galletas, sin inmutarse ante la negativa de su amiga. Estaba segura de que Jayne terminaría cediendo.

—No quiero ver a mis padres —continuó Jayne.

—¿Esa es la única razón? —preguntó Liviana con una ceja arqueada. Jayne entrecerró los ojos—. Creo que te niegas más por no ver a ese hombre, al que...

—No, solo por mis padres —interrumpió Jayne con rapidez—. Él... no me interesa. Ya lo he superado.

—Me alegro, entonces —dijo Liviana, conteniendo una sonrisa—. Y a tus padres no tienes que verlos si no quieres —añadió, tomando una galleta de mantequilla.

—Sabes que es imposible. ¿Dónde me quedaría? Además, son duques a los que toda la sociedad quiere en sus bailes e invitan a todas partes.

—Bueno, te quedarías conmigo en la casa que pienso alquilar en Mayfair. Y, sobre los bailes, habrá mucho espacio y muchas personas; hablarías con ellos solo si quieres.

Jayne se quedó mirándola con los ojos entrecerrados. Torció los labios como si estuviera meditando esas soluciones. Luego se sentó frente a Liviana.

—¿Y por qué alquilarías una casa? ¿No irás con tu esposo?

Liviana negó, tomando un sorbo de leche.

—No, él me echó de su casa y no pienso poner un pie allí. Solo usaré su dinero. Después de todo, es mi esposo y debe velar por mi bienestar —respondió con tranquilidad, haciendo que Jayne arqueara una ceja y esbozara una sonrisa pícara.

—Me gusta ese plan. Arruinar a tu esposo sería, sin duda, un buen castigo.

—No podría arruinarlo. Según él, es muy rico.

Se encogió de hombros, tomando otra galleta.

Los dolores del período ya habían pasado, pero aún seguía con el sangrado y sentía mucha hambre.

—Igual, deberías darte los gustos y lujos que quieras.

Liviana asintió con la boca llena de galletas. Dio otro sorbo de leche para tragarlas mejor.

—Entonces, ¿vienes conmigo a Londres? —preguntó con una sonrisa.

Jayne soltó un suspiro y terminó asintiendo.

—Necesito ser testigo de la ruina del marqués de Stafford. Y aquí, sin duda, me arruinaría.

—Perfecto. En una semana regresamos a Londres —anunció Liviana.

—¿Una semana? —chilló Jayne—. Lo tenías planeado, ¿cierto? Sabías que no me resistiría.

Liviana soltó una carcajada traviesa y asintió.

—Sí, lo sabía.