Miserable Matrimonio Capítulo 30
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Capítulo 30

No estaba encinta.

Ya había pasado un mes desde que consumaron el matrimonio y, desde que Jayne le había metido en la cabeza la posibilidad de que pudiera estar esperando un hijo de Marcus, no había hecho más que pensar en lo que significaba ser madre.

En si realmente estaba preparada para asumir ese papel, para cuidar de alguien más que no fuera ella misma.

La poca ilusión que había sentido se desvaneció esa mañana cuando vio la mancha roja en sus sábanas y su camisón, además del incesante dolor en el bajo vientre.

Después de un baño caliente y un cambio de sábanas, volvió a la cama. Los dolores mensuales a causa del sangrado eran un infierno. Por suerte, ella solo padecía de ese dolor el primer día; los demás días solo tenía el sangrado y algún que otro síntoma.

Se acurrucó bajo las mantas al mismo tiempo que escuchaba un maullido. Apartó las sábanas para ver a Bombón frente a ella.

—Hola, amiguito —susurró, sonriéndole sin ganas. El gato negro maulló con suavidad y luego se acercó, adentrándose entre las sábanas y acurrucándose a un costado de ella.

Liviana sonrió con más ganas y negó con la cabeza, volviendo a taparse completamente con las sábanas.

¿Tendría la oportunidad de ser madre?

Marcus se había ido a las pocas horas de haberle hecho el amor y no había regresado. Ni siquiera una carta o algo. Solo había enviado regalos, regalos costosos que no decían nada; era como si le estuviera pagando por haber estado con ella.

Primero fueron joyas, luego perfumes y accesorios de muy buena calidad, y estaba segura de que no los había elegido él.

Dudaba de que perdiera el tiempo eligiendo algo para ella.

Y, por último, el que la había hecho pensar durante días había sido un telescopio, con una única nota que decía: «Para que puedas mirar las estrellas».

Ese último regalo no supo cómo interpretarlo. Primero, él había recordado que ella iba a ver las estrellas con Jayne, aunque, si era sincera, no era un pasatiempo que disfrutara; y, segundo, no sabía si lo había hecho para que dejara de ir a Devonshire House a altas horas de la noche.

Eran dudas que nunca tendrían respuesta.

Ahora se encontraba una vez más sola. Los duques de Agnes ya habían regresado a Londres. Habían permanecido más tiempo del que habían planeado en Green Hills a causa de la salud de Alexander. Pero, en cuanto se sintió mejor, quiso regresar a Londres para atender los asuntos del ducado.

Cada semana ella le escribía a la duquesa para saber cómo seguía y, por el momento, el duque permanecía estable mientras siguiera las recomendaciones del médico.

Por otro lado, había enviado regalos de Navidad a su nana y una carta recriminándole el hecho de que le hubiera ocultado que su padre había viajado a América.

En una de las respuestas de Lillian, le había insinuado que podría participar en la temporada de ese año. No le había respondido aún. Y sabía que la duquesa seguiría insistiendo para que regresara, aún más sabiendo que Marcus había desistido de la anulación.

Por una parte, ella deseaba regresar a Londres y disfrutar de la temporada ahora que era una mujer casada, sin necesidad de preocuparse por encontrar un esposo. Pero, ¿a Marcus le agradaría tenerla de nuevo en Londres?

«No tienes que pensar si a él le agradaría o no».

Le gritó esa vocecita en su cabeza.

Suspiró, quitándose la sábana de la cabeza con un resoplido. Bombón se quejó con un maullido.

—Sí, sí, yo también estoy molesta —susurró.

¿Por qué debía hacer siempre las cosas para agradar a Marcus? Había pasado un año y medio convirtiéndose en una mujer más madura, que pensaba más en sí misma y no en lo que quisiera su esposo. Debía recordar cómo lo había ignorado los primeros días cuando él llegó a Green Hills.

—Si regreso, solo debo mantenerlo alejado. No debo dejar que él y sus besos me seduzcan y me hagan olvidar mi objetivo.

Que era pasar una buena temporada.

Quería ir a bailes, al teatro, pasear por Hyde Park, Bond Street o Regent's Park.

No tenía por qué quedarse recluida toda la vida en Green Hills como había pensado antes.

Incluso podría viajar. Estaba segura de que a Marcus no le importaría con tal de tenerla lejos.

Y él era un hombre con mucho dinero. Esas habían sido sus propias palabras.

Se acomodó en la cama y cerró los ojos. Esperaba que el dolor en el bajo vientre solo durara ese día. Deseaba ir a Devonshire House y convencer a Jayne de que la acompañara. Ya era hora de que ella también regresara a Londres.

∞∞∞

Marcus estaba recostado con tranquilidad en el respaldo de la silla, esperando escuchar las indicaciones de su próxima misión.

La cual creía que era más importante de lo normal debido a la presencia de más hombres, incluido el detective Vance.

Además del hecho de que hubieran sido convocados en Carlton House con el conocimiento y la aprobación de la Corona.

El rey no estaba presente. George IV tenía asuntos mucho más importantes que atender que escuchar los detalles de una investigación clandestina. Su autorización y la invitación que servía de tapadera justificaban la presencia de todos ellos allí.

Marcus conocía a algunos de los espías presentes y a otros solo los conocía de vista.

Baines estaba sentado a su derecha, esperando también las indicaciones de la misión.

Habían trabajado juntos una vez y Marcus confiaba en su discreción.

De los otros cuatro hombres, dos pertenecían a familias de la nobleza y los demás eran caballeros de buena posición, capaces de entrar en clubes, teatros, cenas y reuniones privadas sin despertar sospechas.

Ninguno podía preguntar qué trabajos habían realizado anteriormente los demás. Era una regla estricta que todos conocían.

Lord Harrington permanecía de pie frente a ellos y, a su lado, estaba sir Charles Wycliffe, el hombre encargado oficialmente de coordinar y dirigir las misiones. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, alto y de figura todavía erguida pese a la edad.

—Durante los últimos meses hemos tenido razones para creer que información confidencial está saliendo de Londres y llegando al continente —comenzó sir Charles con seriedad—.

Y parte de esa información guarda relación con la situación española y con la posición que nuestra nación pretende mantener ante los acontecimientos recientes.

Marcus apoyó un brazo sobre la mesa, escuchándolo atentamente y tratando de descifrar cuál sería la misión.

La situación en España era bastante delicada.

Francia había intervenido militarmente para restaurar la autoridad absoluta de Fernando VII.

Y, teniendo en cuenta dónde estaban reunidos y la cantidad de hombres presentes, no era difícil suponer que necesitaban encontrar la raíz de esa filtración antes de que las consecuencias diplomáticas y comerciales fueran irreversibles para los intereses de la Corona.

—Han salido de Londres nombres, correspondencia, posiciones políticas e información relacionada con nuestros intereses en España y el continente. Incluso algunas noticias llegaron a manos francesas —continuó sir Charles.

—Entonces tienen a alguien dentro o con acceso directo a nuestros despachos secretos —comentó uno de los hombres.

—Eso creemos.

Harrington apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No sabemos si se encuentra entre los hombres al servicio de la Corona, entre quienes tienen acceso a correspondencia diplomática o lo suficientemente cerca de ellos para conseguirla. Tampoco sabemos si es un hombre o una mujer.

—Pero estoy seguro que es una mujer —intervino Charles, y Harrington permaneció neutro—.

Una mujer despierta menos sospechas. Puede escuchar una conversación durante una cena sin que nadie repare en ella.

Puede entrar en un despacho o interrumpir reuniones buscando a un esposo, a un hermano o a un padre.

—¿Y cómo están sacando la información del país? —preguntó otro de los hombres.

—Mujeres —respondió Marcus con seriedad, sin mirar al que había preguntado.

Harrington asintió.

—Lord Stafford está en lo correcto. Estamos seguros de que las mujeres son el eslabón principal de esta red de traidores.

Y, aunque tenemos identificadas a varias mujeres que creemos que actúan como intermediarias, necesitamos saber quién da las órdenes.

Sir Charles cree que es una mujer; yo opino lo contrario. No las creo tan capaces.

—No debemos subestimar a las damas, Harrington —dijo Charles con el ceño fruncido, a la vez que tomaba una hoja de la mesa y la agitaba en su mano—.

Aquí están los nombres de las mujeres que pudimos identificar como proveedoras de información.

No sabemos cuántas más participan, pero esa será una de sus misiones —hizo una pausa antes de anunciar los nombres de las mujeres involucradas—.

La señorita Pearl Everleigh, la baronesa de Frederick, la joven condesa de Montclaire, las señoritas Emma Ashton y Alice Winslow y la vizcondesa de Valmont.

Marcus se tensó ligeramente al escuchar el nombre de Emma.

La verdad, no le sorprendía escucharla entre esas mujeres.

Durante el último año había escuchado algunos rumores sobre los hombres con los que Emma había comenzado a relacionarse.

Caballeros ricos, algunos políticos y otros relacionados indirectamente con miembros cercanos a la Corona.

Él simplemente había supuesto que buscaba dinero y una posición más conveniente, no que pretendiera traicionar a su nación conociendo los riesgos y las consecuencias.

Apretó la mandíbula, molesto al saber que había estado a punto de arruinar su vida al querer hacerla su esposa.

—La misión es acercarse a ellas —explicó sir Charles, dejando los papeles sobre la mesa y mirando a cada uno de los presentes—.

No queremos arrestarlas y condenarlas todavía.

Si lo hacemos, perderemos cualquier posibilidad de llegar a quien está por encima.

Necesitamos que confíen en ustedes, que hablen y que crean que pueden utilizarlos si es necesario.