Capítulo 29 #2
—Aunque entiendo las razones —continuó con una sonrisa pícara—. Me alegra saber que seguiste mi consejo de seducir a tu esposo. Un paso para que lo tengas pronto en la palma de tu mano. Así no podrá pedir la anulación.
—En realidad... no lo seduje como piensas —aclaró Liviana, sonrojándose—. Y recuerda que Marcus ya había decidido olvidar el asunto de la anulación.
Jayne arqueó una ceja.
—Cierto —Liviana asintió—. Eso reafirma mi teoría de que tu esposo debe sentir algo por ti.
Esta vez Liviana no bufó como solía hacerlo, porque ahora ella también pensaba lo mismo.
—Si es así, lo oculta demasiado bien y no le tiembla la voz para hacerme sufrir —dijo, dando un sorbo a su taza de té de jazmín.
Esa tarde estaban en la casa de té china. Había querido hablar con Jayne y, en Agneswood House, sería imposible con tantos invitados. Además, deseaba tomar el maravilloso té de la señora Lin.
—Es un tonto —dijo Jayne sin más, encogiéndose de hombros.
—Sí, lo es —musitó Liviana con un suspiro.
—Ahora hay que esperar a ver si hubo consecuencias —comentó Jayne, llevándose a la boca un pedazo de tarta de limón.
Liviana frunció el ceño.
—¿Consecuencias?
Jayne ladeó la cabeza y negó lentamente. Terminó de masticar y soltó un gruñido de frustración.
—Sí, consecuencias como un hijo —aclaró en voz baja—. Puede que hayas quedado encinta.
¿Encinta?
—Oh, por Dios —musitó, llevándose las manos a los labios—. Pero ¿es posible quedar encinta con una sola vez?
—Por supuesto —respondió Jayne sin mirarla y con la voz más apagada—.
Pero no tienes que preocuparte por eso. Es más, si quedas encinta, garantizas tu posición.
Tu esposo no podrá deshacerse de ti por ningún motivo y tu deber como esposa estará cumplido.
Si le das un varón, mejor. Nadie en la sociedad se atrevería a cuestionar tu posición ni a hablar a tus espaldas.
Liviana bajó la mirada hacia la flor abierta dentro de su taza.
Jayne tenía razón en todo. Sabía que dar a luz a un heredero cambiaría por completo su situación en la sociedad y... tal vez Marcus podría admitir que siente algo por ella.
Pero...
—No podría usar a mi hijo de esa forma —admitió, dejando caer los hombros. Luego sonrió y negó con la cabeza—. Ya estoy hablando como si en realidad estuviera esperando un hijo.
—No puedes descartar la posibilidad. Solo... hay que esperar.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta tu próximo período. Si no llega, entonces sabremos que estás esperando al futuro marqués de Stafford.
∞∞∞
Marcus dio otro sorbo a su vaso de whisky. Ya era el quinto de la noche y no pensaba parar.
Necesitaba olvidar a su esposa. Sacarse de la mente el recuerdo de ella atormentándolo día y noche.
Ya habían pasado varios días desde que regresó a Londres. Había huido como un cobarde de Green Hills la mañana siguiente de haber estado con Liviana. Él nunca había sido un hombre que huyera, y mucho menos de una mujer. Pero Liviana... ella realmente lo hacía hacer cosas que jamás habría hecho.
Pero tuvo miedo. Por primera vez sintió miedo de los sentimientos que estaban empezando a surgir por su esposa.
Tanto que, cuando ella estuvo a punto de decirle que lo amaba, él volvió a rechazarla, dejándola sola después de haberla hecho suya de la mejor manera jamás imaginada para él.
Y después había pasado toda la noche conteniéndose para no regresar a su habitación y rogarle que lo dijera, que se lo gritara gimiendo mientras volvía a hacerla suya.
Y por esa intensidad que había sentido, por tener que contenerse tanto, sin pensarlo, recogió sus baúles y salió de Green Hills temprano y sin dar explicaciones.
Liviana debía considerarlo el peor de los hombres: insensato, cruel... y con mucha razón. Al menos debió haberle dado la cara y hablado mejor de las cosas.
—¿Seguirás bebiendo, Stafford? —preguntó Beaufort, al llegar a su lado.
La celebración estaba bastante animada. Beaufort estaba dando una fiesta para despedir el año. Y, después de tanta insistencia, Marcus había aceptado asistir.
—Es una fiesta, ¿no? ¿Qué quieres que haga? —respondió con tono seco y cortante, sin siquiera mirar a su amigo.
Beaufort entrecerró los ojos y negó con la cabeza, esbozando una sonrisa.
—Puedes socializar un poco. Nunca te ha costado mezclarte. Y apuesto a que muchos están deseosos de hablar con el marqués de Stafford —se burló Beaufort.
—No es necesario que des a conocer tus celos, son bastante evidentes, Beaufort —esta vez se burló Marcus, bebiendo el último sorbo de su copa.
—Pero, en serio, Stafford. Estás dando a entender que algo grave te pasa —dijo Beaufort con más seriedad, mirando fijamente a su amigo—. ¿Es por tu esposa? Regresaste antes de Green Hills y...
—¿Por qué Liviana tendría responsabilidad alguna por mi estado de ánimo? —inquirió Marcus con el ceño fruncido y apretando los dientes.
¿Era tan evidente que su esposa lo estaba enloqueciendo?
—Porque has cambiado mucho desde tu regreso del campo. Como si ver a tu esposa de nuevo, después de un año y medio, te hubiera hecho darte cuenta de que...
—De nada, Anthony —lo interrumpió él con firmeza, llamándolo por su nombre de pila—. Si regresé antes es porque... —miró hacia el centro del salón, donde había varios grupos reunidos y hablando entre ellos—. Ya no deseaba compartir el mismo espacio con mi esposa. Sabes que no la soporto.
Su tono bajó considerablemente mientras decía esas mentiras. Ya no tenían la misma fuerza que antes, cuando no le temblaba la voz para gritar alto y claro cuánto detestaba la presencia de su esposa y ese matrimonio.
—Me uniré a la conversación —la voz de Windsor llegó a sus oídos—. Lord y Lady Aspin no paraban de decir lo maravillosa que es su hija, quien debutará esta temporada.
—Deberías considerar la oferta de conocerla —dijo Beaufort con una media sonrisa—. Si es como su hermana mayor, no te decepcionará.
Windsor soltó una risa.
—¿Y por qué no te casas tú con ella, Beaufort? —retó Windsor.
Beaufort se encogió de hombros mientras su mirada se perdía más allá de los invitados, donde algunos sirvientes iban y venían con bandejas de bebidas y bocadillos. Pero enseguida endureció el semblante para mirar a sus amigos.
—Ya tengo en mente quién será mi duquesa, a diferencia de ti.
—¿Hablas de la cantante francesa? —preguntó Marcus, arqueando una ceja.
—Por supuesto que es ella. Años rechazando hermosas damas, solo para elegir a...
—Cuidado con tus palabras, Windsor —advirtió Beaufort.
—Solo iba a decir a una hermosa francesa. Ya quisiera mi hermano tener tu suerte.
—Por cierto, ¿dónde está Normanby? —preguntó Marcus.
—Creo que decidió celebrar el Año Nuevo de... otras formas.
Todos entendieron a qué se refería Windsor.
—Stafford, no pensé encontrarte aquí —comentó de repente Windsor, mirándolo—. Pensé que seguirías en Green Hills.
—Decidí regresar antes —respondió, volviendo a adoptar un tono más serio.
Windsor asintió y luego tomó una copa de champán que un sirviente pasó ofreciendo.
—Imagino que tu esposa prefirió quedarse en el campo una temporada más —dijo con naturalidad—. No la vi aquí, así que lo supuse.
Marcus apretó los dientes y fulminó a Windsor con la mirada.
—Si mi esposa se quedó o no en Green Hills, no es asunto tuyo, Windsor.
Windsor miró a Marcus con seriedad para luego brindarle una sonrisa sin mostrar los dientes.
—Solo fue un comentario, Stafford. No te exaltes.
Marcus respiró profundamente para calmarse. Ya le molestaba escuchar a otro hombre preguntar por su esposa, pero que lo hiciera Windsor, quien había mostrado interés por ella desde el primer momento en que la conoció, le hacía hervir aún más la sangre.
—Iré a saludar a unos conocidos —dijo Windsor, alejándose de ellos.
Beaufort lo miró fijamente.
—¿Por qué te resistes a admitir que te gusta tu esposa? Si es que ya no estás enamorado de ella —comentó apenas quedaron solos.
Marcus frunció el ceño y desvió la mirada.
—No estoy...
—Que lo niegues es problema tuyo. Pero es demasiado evidente —lo interrumpió él, con más seriedad de lo normal—.
Siempre te apoyo, Marcus. Pero esta vez creo que te estás haciendo el ciego a conveniencia.
Y eso, al final, solo hará que pierdas la oportunidad de ser feliz con ella y, lo que es peor, podrías terminar alejándola para siempre. No seas necio, amigo mío.
Beaufort dio algunas palmadas en su hombro antes de retirarse.
Marcus se quedó pensando en las palabras de Beaufort y tragó con fuerza ante el nudo que se había formado en su garganta.
Él no perdería a Liviana. Era su esposa y ella... lo amaba. Siempre estaría ahí esperándolo, dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos.
Cuando llegó a Green Hills y ella lo trató con indiferencia, creyó que esos sentimientos que ella sentía por él se habían desvanecido, pero, después de entregarse a él e intentar confesarle su amor, estaba más que seguro de que ella nunca dejaría de amarlo.
Dejaría pasar algunos días y luego decidiría qué haría con su esposa: si le pediría que regresara a Londres o la mantendría en el campo. Por el momento, tal vez debería enviarle algún regalo como disculpa por haberse ido sin hablar de lo que pasó entre ellos.