Capítulo 29
No había bajado a desayunar esa mañana. Había preferido quedarse en su habitación antes que tener que enfrentarse a todos los que estaban en la casa y, sobre todo, a Marcus.
No deseaba verlo ni recordar cómo había arruinado un momento que ella había creído especial. Aunque la culpable había sido ella.
¿Por qué tuvo que dejarse llevar por sus emociones e intentar decirle que lo amaba? Aunque ni siquiera llegó a hacerlo; él la detuvo claramente porque no quería escuchar su patética confesión.
—Tonta, eso es lo que eres —se reprendió a sí misma mientras secaba otra solitaria lágrima.
No había parado de llorar en toda la noche. Cada vez que despertaba, volvía a recordar cómo Marcus la había dejado desnuda, expuesta y dolida.
¿Por qué no podía aceptar que sentía algo por ella? Porque se negaba a pensar que la forma en que le había hecho el amor, la había tocado y besado fuera solo deseo.
¿Se arrepentía? No. Ella sí lo quería y, aunque el momento había terminado de la peor forma posible, lo había disfrutado. Cada momento en que había recibido las caricias, los besos y la ternura de Marcus había sido y sería siempre de los mejores para ella.
Y, al menos, ya no tendría que preocuparse por terminar solterona y con un gran escándalo ligado a su nombre.
Siguió caminando hacia el salón de té, donde la duquesa la esperaba. La había mandado llamar y ella estaba segura de que quería saber qué había pasado la noche anterior, porque imaginaba que todos debieron de percibir la ausencia de ambos.
—A Lady Kennt le encantaría saberlo —escuchó decir a una de las mujeres cuando pasó por la puerta del salón principal.
—No solo a Lady Kennt. Todo Mayfair querría saber las razones por las que el marqués de Stafford huyó de la fiesta navideña de sus padres.
Liviana se detuvo abruptamente al escuchar esas palabras. Llevó una de sus manos al pecho, sintiendo un dolor agudo.
«¿Se... fue?».
—Bueno, todas sabemos la razón —dijo otra voz, y esa la reconoció. Lady Mabel, la hermana de Lord Theodore—. Su esposa ahuyentaría a cualquier caballero. Tanto que tuvo que recurrir a tretas poco originales para poder conseguir un esposo.
—Y no uno cualquiera. Todas sabemos lo atractivo que es el marqués de Stafford, en todos los sentidos.
Liviana apretó los puños a sus costados, con una mezcla de humillación y tristeza. Todas la consideraban una cazamaridos incapaz de atraer a un hombre, y la partida de Marcus solo aumentaba las críticas y los comentarios.
Siguió caminando, queriendo alejarse de las risas que eran a su costa. Deseaba echarlas a todas de allí, pero Agneswood House no era suya y ella no tenía derecho a mandar ni echar a nadie.
Antes de abrir la puerta del salón de té, respiró hondo, tratando de esconder el dolor que sentía al saber que Marcus se había marchado por ella.
Era como volver al inicio de todo.
Aunque, si lo pensaba bien, nada entre ellos había mejorado demasiado, excepto que habían consumado el matrimonio.
Cuando entró en el salón de té, frunció el ceño al no ver a la duquesa. Le habían dado el mensaje de que la estaba esperando en esa sala. Entró para esperar; quizá Lillian se hubiera retrasado.
Se sentó en uno de los sillones y dejó caer los hombros. Se sentía triste y decaída. Sin deseos de hacer nada ni de hablar con nadie, al menos ese día... y los siguientes.
Con un suspiro, se levantó del sillón al cabo de quince minutos. Le parecía demasiado extraño que Lillian aún no hubiera aparecido. Salió del salón de té justo cuando pasaba una sirvienta con un par de toallas limpias y dobladas.
—¿Sabes dónde está la duquesa? —preguntó.
—Está con su esposo. Tuvo un desmayo y han llamado al médico —respondió la joven.
Liviana abrió los ojos con sorpresa y enseguida se dirigió al segundo piso de la mansión. ¿Cómo había ocurrido algo así sin que ella se enterara?
«Porque estabas lamentándote por tu esposo».
Le recriminó esa vocecita. Liviana apretó los puños y caminó con paso apresurado hacia la habitación de los duques.
La puerta estaba entreabierta y se escuchaban voces en el interior.
Asomó la cabeza para ver a Lillian sentada junto a su esposo en la cama, al médico frente a ellos y, a un lado, a dos hombres.
Uno era el marqués de Denbury, padre de Lord Theodore, y el otro, el señor Lacahn.
Se apartó y esperó a un lado de la puerta. No interrumpiría al médico.
Pasados algunos minutos, la puerta se abrió completamente, dejando salir al médico y a los dos hombres, quienes solo la miraron e hicieron una leve inclinación de cabeza antes de seguir su camino por el pasillo. Enseguida se detuvo ante la puerta y llamó suavemente antes de asomar la cabeza.
—Permiso —dijo, dando un paso al frente. Lillian la miró con una sonrisa triste.
—Pasa, querida —articuló con esfuerzo, sorbiéndose la nariz.
Liviana se acercó con pasos cautelosos, viendo cómo el duque yacía dormido en la cama. Lillian tenía una de sus manos entre las suyas.
—¿Cómo se encuentra?
—Mejor —respondió Lillian en voz baja, acariciando con el pulgar el dorso de la mano de su esposo—.
El médico dice que no debemos alarmarnos.
Al parecer, ha sido un desmayo provocado por el agotamiento y la agitación de estos últimos días.
Demasiados invitados, celebraciones, cenas... Alexander debería haber descansado más.
Liviana dirigió la mirada hacia el duque. Parecía dormir tranquilamente, aunque su semblante estaba más pálido de lo habitual.
—¿Entonces no es grave?
—No por el momento. Su pulso se ha estabilizado y el médico ha ordenado que permanezca en reposo durante los próximos días. Nada de asuntos de la propiedad, reuniones, fiestas ni emociones fuertes. —Lillian dejó escapar una pequeña risa carente de alegría—. Ya veremos cómo consigo que me obedezca.
Liviana sonrió ligeramente, pero la sonrisa desapareció al ver cómo los ojos de la duquesa volvían a llenarse de lágrimas.
—Todos sabemos que está enfermo —continuó Lillian—.
No es algo que podamos ignorar, por mucho que yo desee hacerlo.
Alexander siempre me dice que debo estar preparada para cuando llegue el momento.
—Su voz se quebró y bajó la mirada hacia las manos entrelazadas de ambos—.
Dice que no quiere que sufra cuando él muera, que debo continuar con mi vida, disfrutar de nuestros hijos, de nuestros nietos algún día...
Una lágrima descendió por su mejilla y Liviana tragó saliva sin saber qué decir o cómo consolarla en ese momento. Imaginaba lo duro que era para Lillian ver a su esposo morir lentamente.
—Pero ¿cómo espera que haga algo semejante? —susurró—. ¿Cómo se supone que debo prepararme para perder al hombre con el que he compartido mi vida?
Liviana sintió que se le formaba un nudo mayor en la garganta.
Lillian llevó la mano de su esposo hasta sus labios y depositó un beso sobre sus nudillos, tratando inútilmente de contener las lágrimas.
—Lo amo tanto... —confesó, dejando escapar algunos sollozos—. Sé que algún día me faltará. Pero... —Negó lentamente, cerrando los ojos mientras otra lágrima bajaba por su mejilla—. No sé cómo voy a continuar mi vida sin él.
Liviana se acercó y colocó una mano sobre el hombro de la duquesa. Durante unos segundos no supo qué decir. ¿Cómo podría hacerla sentir mejor?
—No tiene que pensar en eso ahora —dijo finalmente con suavidad—. El médico ha dicho que no corre peligro en este momento. Está aquí con usted.
Lillian asintió, aunque las lágrimas continuaron descendiendo por sus mejillas.
Liviana apretó suavemente su hombro y permaneció junto a ella en silencio.
Comprendía su miedo, mucho más de lo que habría deseado.
Amar a alguien significaba también exponerse al dolor de perderlo, aunque la pérdida no siempre era la muerte.
Lillian respiró hondo varias veces. Se secó las mejillas con un pañuelo y miró a Liviana.
—Perdona, querida. No pretendía agobiarte de esta manera.
—No tiene nada que disculpar.
—Gracias. —Lillian le dedicó una pequeña sonrisa antes de guardar el pañuelo—. En realidad, quería hablar contigo cuando sucedió... esto. No sé si ya lo sepas, pero Marcus regresó a Londres.
Liviana sintió la misma punzada que había experimentado al escuchar a las mujeres en el salón principal, pero frente a la duquesa consiguió que el dolor no se reflejara en su rostro.
—Lo sé —asintió despacio.
Lillian frunció ligeramente el ceño mientras negaba con la cabeza.
—No comprendo a ese hijo mío. —Miró un instante a Alexander antes de volver a mirar a Liviana—.
Siempre ha sido un hombre que piensa demasiado las cosas antes de tomar una decisión.
Pero últimamente se comporta de una manera completamente irracional.
Se marchó esta mañana sin apenas dar explicaciones. ¿Sabes por qué?
Liviana bajó la mirada.
Por un instante pensó en contarle lo sucedido.
Podía decirle que Marcus y ella finalmente habían consumado su matrimonio.
Sabía cuánto significaría esa noticia para Lillian y su esperanza de que las cosas entre ellos pudieran mejorar.
Pero hacerlo solo conseguiría darle falsas esperanzas sobre algo que jamás sucedería.
—No —respondió finalmente—. No sé por qué decidió marcharse. Sabe que él no habla mucho conmigo.
Lillian la observó durante unos segundos, como si sospechara que había algo más, pero no insistió.
—Aunque —continuó Liviana humedeciéndose los labios—. Marcus ha decidido olvidar la anulación.
Liviana imaginaba que eso ya debía saberlo, pero sería una buena distracción.
Una sonrisa apareció lentamente en los labios de la duquesa; ella intentó corresponder, pero apenas lo consiguió. Seguir siendo su esposa no era suficiente para sus propios sentimientos.
∞∞∞
—Me dejaste sola —recriminó Jayne.
Liviana puso los ojos en blanco. Ya le había explicado a Jayne la razón por la que no había regresado a la celebración la noche anterior.