Capítulo 28 #2
—Yo tampoco —continuó él, siguiendo con sus caricias, ahora por sus labios hinchados por los besos, luego por su cuello, donde repasó el contorno del collar que le había regalado.
Siguió bajando hasta sus pechos, donde apretó con cuidado uno de sus pezones, solo para hacerla gemir—.
Solo deseo llevarte a la habitación y que seas solo mía esta noche, sin interrupciones.
Liviana sintió cómo su corazón daba un vuelco.
Definitivamente debía estar soñando. ¿En serio Marcus quería... consumar el matrimonio?
—Sí —dijo sin pensarlo.
Quería que Marcus la hiciera suya esa noche, que siguiera dándole ese placer que acababa de darle. Deseaba saber qué se sentía al tener entre sus brazos al hombre que amaba.
«No lo hagas, recházalo».
Le gritó la voz de la razón, la que sabía que después, a la mañana siguiente, sufriría. Pero no le hizo caso; en ese momento solo quería seguir a Marcus hasta el fin del mundo si era necesario.
Marcus se levantó y luego la ayudó a ponerse en pie, envolviéndola entre sus brazos con firmeza.
—Quiero dejar claro que solo será intimidad, nada más —añadió con más seriedad—. Eres mi esposa, por lo que esto es normal entre nosotros.
Liviana asintió despacio, sintiendo las piernas débiles, sin pensar demasiado en la advertencia de Marcus, a la vez que él la ayudaba a acomodarse el vestido.
—¿Aún quieres entregarte a mí? —preguntó él, aunque con un sutil tono de súplica. No sabría qué hacer si Liviana decidiera negarse; la deseaba, su miembro le dolía y anhelaba una liberación.
—Sí —musitó ella.
Estaba nerviosa, pero ansiosa por descubrir cómo era estar con su esposo en la intimidad.
Marcus la guió hacia fuera del salón de arte y se escabulleron, evitando encontrarse con algún invitado o sirviente en el camino. Para su suerte, llegaron a la habitación de Liviana sin contratiempos.
Apenas Marcus cerró la puerta, se abalanzó sobre Liviana sin darle tiempo a nada. Ni siquiera a preguntar por qué había elegido su habitación y no habían ido a la de él.
Pero otra vez ella se deshizo como mantequilla ante sus caricias, rodeando su cuello con los brazos y juntando aún más sus cuerpos.
La habitación estaba poco iluminada; la chimenea estaba encendida y las cortinas de las ventanas, corridas.
—Te deseo tanto —musitó Marcus, pero Liviana estaba tan aturdida por las emociones que apenas procesaba las palabras.
Sus manos descendieron hasta su espalda y comenzaron a deshacer los nudos que mantenían el vestido en su lugar, a la vez que Liviana deshacía el nudo de su pañuelo casi con desesperación. Cuando logró quitárselo, lo tiró al suelo para besarlo.
Sentir en ella el deseo y la desesperación por tenerlo lo estaba haciendo casi llegar al límite, tanto que no soportaría mucho más sin adentrarse en ella y sentir el calor que sus dedos habían sentido antes.
El vestido cayó al suelo, dejándola solo con las medias y las enaguas. Su chaleco también terminó en el suelo, y Liviana sacó la camisa de sus pantalones para meter las manos bajo la tela. Tocó por primera vez el torso de Marcus y él gimió ante el estremecedor contacto.
En ese punto, ninguno de los dos era ya consciente de sus actos, sino de la lujuria que nublaba todos y cada uno de sus pensamientos.
Liviana solo quería sentir. Sentir de nuevo el placer de sus manos tocándola y de sus labios besándola con pasión.
Ni siquiera en sus sueños se había atrevido a imaginar cómo se sentiría tenerlo así, tan dispuesto y deseoso de intimar con ella.
La llevó hasta la cama, donde la hizo sentarse en el borde mientras se quitaba la camisa, dejando su torso a la vista.
Ella tragó saliva al contemplar la piel tersa de Marcus, sus músculos marcados y algunas cicatrices cuyas causas no pretendía preguntar en ese momento.
Marcus se inclinó sobre ella para besarla de nuevo; le encantaba sentir sus labios.
Luego se apartó para terminar de desvestirla, quitándole las enaguas y las calzas, dejándolas caer al suelo, sin apartar la mirada de ella, como si estuviera grabando en su mente cada curva y cada forma de su cuerpo.
Su miembro se estremeció dolorosamente ante la urgencia de poseerla.
Se acercó y tomó sus pechos entre las manos, ahora libres de cualquier tela.
Ahora Liviana estaba más nerviosa que poseída por la lujuria; no había previsto que, para entregarse a Marcus, debía quedar completamente desnuda.
Cuando él le quitó el resto de la ropa, sintió miedo de que pudiera rechazarla al verla desnuda.
Pero toda inseguridad se evaporó al ver cómo él la miraba y tocaba sus pechos.
Ella se recostó en la cama, subiendo las piernas y juntándolas frente a él, quitándole la posibilidad de que viera su sexo desnudo.
—No imaginas cuánto deseo tenerte, Liviana —gimió, abriéndose los pantalones y quitándoselos con rapidez, quedando completamente desnudo.
Luego tomó una de sus piernas, aún cubierta por la media, y, dando pequeños besos, se la quitó con suavidad.
Acarició toda la extensión de su pierna, haciéndola estremecer y arquearse ante la sensación que le provocaba su tacto.
Marcus hizo lo mismo con la otra pierna hasta tenerla completamente desnuda.
Ambos estaban desnudos, sin nada que impidiera que pudieran sentirse piel con piel.
Se subió a la cama, abriendo sus piernas para quedar entre ellas y cernirse sobre su cuerpo para apoderarse de uno de sus pezones.
Liviana emitió un pequeño jadeo, cerrando los ojos y, antes de que pudiera volver a soltar otro gemido, Marcus llevó una de sus manos a su feminidad, abriéndola aún más y tocando con mayor libertad sus pliegues húmedos.
Con facilidad volvió a adentrar un dedo, entrando y saliendo con más rapidez que antes, sintiendo cómo la humedad aumentaba.
—Marcus —gimió bajito, provocando un gruñido por parte de él.
—Ya estás lista para recibirme —musitó él, mirando cómo su dedo entraba y salía del interior de su esposa—. Y ya no puedo soportarlo más, te necesito.
Ella solo asintió, arqueándose y brindándole sus pechos turgentes. Él lamió uno y volvió a chuparlo con suficiente fuerza para dejar otra marca. Ella gimió con fuerza y luego protestó al sentir que él abandonaba su interior.
—Trataré de no hacerte daño —murmuró, colocándose apropiadamente para adentrarse en ella.
Liviana asintió. Se aferró a su nuca cuando sintió la presión en la entrada de su feminidad. No era tan placentera como sus dedos; era extraña y un recordatorio de lo que realmente estaba pasando entre ellos.
Él estaba a punto de poseerla, de consumar el matrimonio. Y, si eso pasaba, ya no habría vuelta atrás. Lo miró a los ojos buscando algo que la hiciera detenerlo todo, pero mirarlo solo consiguió que esa pequeña duda se disipara.
Lo amaba tanto que no estaba dispuesta a dejar pasar esa oportunidad por sus dudas e inseguridades.