Miserable Matrimonio Capítulo 28
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Capítulo 28

Liviana apenas tuvo tiempo de comprender las palabras de Marcus. Todo razonamiento se desvaneció de su mente cuando sintió sus labios sobre los suyos. Las preguntas que le había hecho quedaron olvidadas; sus dudas también. En lo único que podía pensar era en cómo él la besaba.

Tanto tiempo y esfuerzo para poder olvidarlo, solo para que, en cuanto recibiera una caricia y un beso de él, se convirtiera en mantequilla entre sus dedos.

Marcus la sujetó por la cintura y la acercó a él; su instinto fue colocar las manos alrededor de sus hombros y rodear con sus dedos la cabeza de Marcus para afianzar el beso.

La música dejó de percibirse y las voces se difuminaron en el ambiente para dejar paso únicamente al estremecimiento que recorría su cuerpo al ser tocada por su esposo.

Marcus percibió cómo el cuerpo de Liviana se adaptaba al suyo con naturalidad, como si ambos hubieran sido creados exclusivamente para encajar el uno con el otro.

Pero, lejos de abrumarse por ese reconocimiento, solo era capaz de sentir la intensidad con la que ella respondía a sus besos, a sus caricias.

Un gruñido salió de su garganta cuando ella chupó su labio inferior.

Liviana se separó abruptamente, mirándolo asustada.

—¿Le hice daño? —preguntó con la respiración entrecortada.

Marcus la miró con el deseo encendido en los ojos y negó. No sabía cómo sentirse ante ese atrevimiento tan pasional de ella y, a la vez, tan inocente e inexperto.

—No —musitó sobre sus labios, empujándola suavemente hasta uno de los sillones largos y grandes del salón de arte—. Quiero que vuelvas a hacerlo.

Ella pasó la lengua por sus labios, nerviosa. Dejándose guiar por él, terminó sentada en el sillón, y Marcus se abalanzó sobre ella, recostándola un poco contra el brazo del asiento mientras él quedaba sobre ella.

Liviana respondió y volvió a chupar su labio inferior, esta vez con mayor seguridad, haciendo que el gruñido de él fuera más fuerte, lo que provocó que una oleada de calor se acumulara en su zona íntima.

Eso era deseo, lo sabía, podía sentirlo.

Deseaba a Marcus y quería que él continuara tocándola, besándola y haciendo todo lo que quisiera, aunque después dijera que había sido un error y ella terminara sufriendo y llorando sobre su almohada toda la noche.

Pero, en ese momento, quería, deseaba y necesitaba sentirlo de todas las formas posibles.

Marcus la abrazó, llevando los dedos a su espalda para aflojar rápidamente su vestido mientras sus labios descendían por la curva de su cuello, besando y aspirando su irresistible aroma a rosas.

Bajó más, hasta el nacimiento de sus pechos, y los besó con suavidad.

Con una mano bajó la tela que había aflojado, teniendo acceso a sus turgentes pechos.

El deseo y la devoción con los que Marcus besaba la piel de su cuello conforme descendía hacia sus pechos la hicieron gemir suavemente.

Se mordió el labio para evitar que un sonido más fuerte escapara de su garganta y percibió cómo las manos de su esposo abandonaban su espalda y se deslizaban hasta el borde de su falda para tocar sus piernas, cubiertas por la estorbosa tela de las medias que llevaba.

Marcus subió la mano lentamente hasta llegar al borde de las medias, a medio muslo, donde acarició su piel desnuda a la vez que la miraba a los ojos y luego a sus labios hinchados.

Era tan hermosa, y le molestaba haberla ignorado durante tanto tiempo por otra mujer.

—Tu piel es tan suave como imaginaba —susurró él, acariciando ahora el interior de sus muslos.

«¿Él la había imaginado antes? ¿Había deseado tocarla como lo estaba haciendo?»

Pero ella no respondió; no tenía voz para hacerlo. En vez de eso, cerró los ojos, aferrando con fuerza las manos a su chaleco para luego acercarlo y besarlo. Marcus respondió con más intensidad, y ella gimió suavemente contra sus labios al sentir sus dedos demasiado cerca de su intimidad.

Marcus volvió a bajar hacia uno de sus pechos y lo introdujo en su boca.

Liviana dio un pequeño grito de placer que se volvió aún más intenso cuando su mano atravesó las calzas y tocó los pliegues de su feminidad.

La sensación fue tan abrumadora que tuvo que morderse el labio para no estallar allí mismo y alertar a todos los invitados de lo que estaban haciendo.

No sabía lo que Marcus le estaba haciendo, pero no quería que se detuviera.

Y Marcus estaba inmerso en la lujuria, tan perdido y consumido por la suavidad de su piel, la fragancia que emanaba de su cuerpo y el calor que desprendía su entrepierna que ya no pensaba con claridad.

Y cuando sintió que Liviana se arqueaba hacia él, solo quiso poseerla, hundirse por completo en ella y hacerla suya de un modo en que jamás había deseado a ninguna mujer.

Liviana se movió contra él, balanceando las caderas de forma involuntaria, buscando que la tocara más. Marcus volvió a sus labios con urgencia mientras se abría paso entre sus pliegues, percibiendo lo húmeda que estaba.

Levantó un poco la cabeza para observar cómo su esposa se arqueaba ante su contacto, cómo enloquecía, al igual que él en ese momento, por hacerla suya.

Apretó el puño de la mano que tenía apoyada contra el sillón, sosteniendo su peso, conteniéndose para no perder el control y liberar su miembro dolorido, preso en sus pantalones.

Se concentró únicamente en disfrutar viendo cómo su esposa se estremecía con su contacto, cómo arqueaba la espalda e impulsaba las caderas contra sus dedos. Acarició el botón entre sus pliegues a la vez que deslizaba un dedo en su interior, provocando que ella soltara un gemido ahogado.

«¿Qué es eso?». Se preguntó Liviana, mordiéndose el labio.

Pero Marcus pasó la lengua por el contorno de sus labios para besarla con deseo y posesividad, a la vez que adentraba un segundo dedo y seguía acariciando su botón con más intensidad, haciendo que el placer se acumulara en el bajo vientre de Liviana como una marea creciente que amenazaba con desbordarse.

—Me enloquece escuchar tus gemidos, aún más si soy yo quien los provoca —musitó sobre sus labios, para luego bajar hasta su cuello, besarlo y mordisquearlo a la vez que acrecentaba el ritmo de sus dedos, deseando probar con su propia boca la esencia que los rodeaba.

Liviana se aferró con fuerza a los hombros de Marcus cuando sintió la explosión interior de placer que la recorrió de pies a cabeza, logrando que su cuerpo sufriera espasmos involuntarios.

Marcus se apartó ligeramente para mirar con placer y satisfacción cómo Liviana era presa del clímax, cómo se deshacía entre sus brazos tratando de recuperar el aliento.

Cuando Liviana abrió los ojos, encontró los azules de su esposo mirándola de una forma que quiso interpretar como deseo.

Aún podía sentir sus dedos dentro de ella, y era una sensación...

inexplicable. Era como sentir una intrusión en su cuerpo, algo que no formaba parte de ella, pero que, a la vez, la hacía sentir bien... demasiado bien.

—Milord... —musitó, desviando la mirada avergonzada.

Marcus soltó una risa grave y ronca y, después, depositó un beso en su pecho y chupó con delicadeza uno de sus pezones, haciéndola estremecer de nuevo.

—¿En serio dirás solo milord después del placer que acabo de darte?

—preguntó con los labios pegados a su piel, marcándola en un punto que sabía que no llamaría la atención, pero que ella recordaría cada vez que se mirara al espejo.

Luego sacó con cuidado los dedos del interior de Liviana, sintiendo el frío en contraste con el calor de ella.

—Yo... no sé qué... decir —musitó, aún sin mirarlo.

Él sonrió, apartándose un poco.

—Para empezar, que me llames por mi nombre —ordenó con voz suave pero firme.

Liviana lo miró con una mezcla de desconcierto y sorpresa.

Él se movió, ajustando sus posiciones para quedar justo entre sus piernas.

Ahora ella estaba totalmente recostada en el sillón, con el vestido levantado, mostrando sus piernas entreabiertas alrededor de la cintura de Marcus.

Podía sentir un bulto presionando su entrepierna y, cuando él se movió, soltó un jadeo por la sensación y la sensibilidad que sentía en su intimidad.

—Pero... dijiste que...

—Olvida eso, todo lo que te dije. Me gusta, Liviana, me gusta que digas mi nombre —declaró, mirándola directamente a los ojos.

¿Por qué seguir negando que la deseaba, que quería hacerla suya en todos los sentidos? No la amaría y seguiría sintiendo cierto rencor hacia ella, pero, si había decidido mantenerla como su esposa y olvidar que podría librarse de ella algún día, ¿por qué no sucumbir al deseo?

Sabía que Liviana no era como Emma, y lo que tenía a su favor era que ella era su esposa; no habría deuda alguna por tomar lo que era suyo por derecho.

«Y tú mismo la rechazaste», le recordó esa inoportuna vocecita en su cabeza.

—¿En serio? —preguntó ella, dudando—. ¿No va a volver a prohibírmelo cuando pase este momento?

Marcus negó lentamente.

—No —musitó en respuesta, mirando ahora sus pechos expuestos y la marca que empezaba a tornarse más roja.

—Está... bien —aceptó ella—. ¿Regresamos a la fiesta?

Aunque ella ya no tenía ganas de regresar, solo quería ir a su habitación y gritar contra la almohada de felicidad por lo que había pasado. Marcus la había besado y le había dado... placer, y lo mejor era que no se había arrepentido ni había dicho que había sido un error.

—¿Quieres regresar? —preguntó él, acariciándole la mejilla con una de sus manos.

Ella negó despacio, perdida en su mirada.

¿Por qué no podía ser razonable y simplemente apartarse? Aunque él la estuviera tratando bien, no podía olvidar todo lo demás, todo lo malo, el sufrimiento que había vivido antes.