Miserable Matrimonio Capítulo 27 #4
48%

Capítulo 27 #4

—Mis hermanos lo hicieron durante los dos primeros años. Luego empezaron a viajar y se olvidaron de mí. Mi madre es quien me escribe todas las semanas, pero nunca he respondido ninguna de sus cartas —explicó Jayne sin emoción alguna en su voz.

Liviana asintió lentamente, sin querer hacer más preguntas. La situación de Jayne era mucho más compleja y dolorosa de lo que había imaginado al principio.

—¿Y cómo está la relación con tu esposo? —preguntó Jayne, ofreciéndole una copa de ponche.

Liviana enseguida negó, como si lo que le estuviera ofreciendo fuera veneno. Jayne arqueó una ceja.

—Hace algunos días me pasé con algunas copas de vino y no recuerdo qué pasó después —contó Liviana.

—¿En serio? —preguntó Jayne, divertida.

—Sí. Nadie ha comentado nada al respecto, pero... siento que hice algo vergonzoso.

Jayne disimuló una risa.

—Bueno, si nadie ha dicho nada, es porque no hiciste nada, Liviana.

Ella soltó un suspiro y negó. Aun así, seguía teniendo el presentimiento de que sí había hecho algo.

Luego de media hora pasaron al comedor. Estuvo tranquila y agradeció que esa noche pusieran su lugar lejos de Lord Theodore.

Su esposo estaba cerca, a dos lugares de distancia, pero no habían hablado; solo habían intercambiado miradas desde lejos. Ella había querido acercarse para darle las gracias por los regalos, pero lo vio ocupado, reunido con varios nobles, y decidió hacerlo después, en algún momento de la noche.

Luego de la cena, que había sido muy extravagante para su gusto, con más platos de lo habitual, habían pasado al salón de baile para disfrutar de la orquesta. Algunas parejas danzaron en la pista, incluyendo los duques de Agnes. Ella sonrió al verlos tan felices.

—Hola —escuchó la voz de Marcus a su lado.

No se giró para mirarlo, pero él le tendió una copa de ponche. Ella negó.

—No quiero beber —dijo con suavidad, mirándolo. Por un segundo se perdió en el azul de sus ojos, pero apartó la mirada enseguida.

—Una copa no te hará nada —insistió él con una sonrisa—. Te lo prometo.

—Está... bien —aceptó la copa y dio apenas un sorbo, sintiendo el dulce sabor especiado recorrer su garganta.

Se quedaron en silencio, mirando a las parejas danzar. Ella lo observaba de reojo, con cierto nerviosismo por su cercanía. Ya debería estar acostumbrada a su proximidad después de todos esos días, pero lo que más la ponía nerviosa era que él mismo fuera quien se acercaba.

—Gracias —dijo de pronto, llamando su atención.

Él la miró sin comprender.

—Por los regalos.

Él le sonrió en respuesta, encogiéndose de hombros.

—Vi que te gustaron bastante esas cosas y que no quisiste comprarlas.

—No llevaba mi...

—Ya te dije que eso no debe impedirte comprar lo que quieras. Tu esposo tiene mucho dinero.

Liviana no dijo nada, porque lo que quería decir arruinaría lo que fuera que estaban teniendo en ese momento. Pero no podía olvidar cómo él le había negado comprar un simple juego de mesa y sillas para el pequeño jardín que había querido crear en su casa en Londres.

—Milord —llamó ella, girándose para quedar frente a él.

Marcus la miró fijamente mientras daba un sorbo a su whisky.

—¿En serio... prefiere que sigamos siendo esposos? —preguntó sin dejar de mirarlo. Debía sacarse esa duda de dentro.

Marcus continuó mirándola. Luego miró a su alrededor y vio cómo su madre los observaba desde lejos. Negó con la cabeza antes de volver a mirarla. Tomó su mano y observó cómo le habían quedado los guantes.

—Te quedan hermosos —musitó, más para sí mismo que para ella—. Hablemos con más privacidad.

La sacó del salón para guiarla hasta el salón de arte. Él cerró la puerta detrás de sí. La habitación estaba poco iluminada, pero encendió algunas velas para iluminar tenuemente el espacio. Se volvió hacia ella, mirándola con intensidad.

Liviana esperó que él dijera algo, si realmente pensaba continuar con el matrimonio o si pensaba en alguna otra... solución.

—¿Entonces? —insistió al ver que él solo la miraba.

—Te dije que sí mantendría nuestro matrimonio. No pude ni siquiera iniciar el proceso de anulación, Liviana —respondió, manteniéndose alejado—. Y después de pensarlo bien, creo que lo mejor sería seguir siendo marido y mujer por nuestras reputaciones.

Liviana bajó la cabeza y asintió, sintiendo cómo el pecho se le apretaba.

Había sido tonta al esperar una respuesta diferente.

Aunque se hubiera repetido que no podía tener esperanzas, el comportamiento de Marcus durante los últimos días le había dado señales confusas que ahora comprendía que no eran más que una cortesía obligada ante la sociedad.

Solo se estaba comportando como un esposo debía hacerlo.

—¿Y por qué me besaste aquella vez? —preguntó sin pensar, levantando la mirada. Si iba a sufrir más, mejor que fuera de una vez.

Marcus no respondió. Solo la miró, dejando el vaso de whisky sobre una mesita para acercarse a ella. Liviana lo miró con el corazón acelerado, sin moverse hasta que Marcus estuvo tan cerca que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Por la misma razón por la que quiero hacerlo ahora de nuevo —susurró, antes de acortar la distancia entre sus labios para besarla con deseo.