Capítulo 27 #3
Liviana giró enseguida el rostro ante la mención de Marcus.
Miró cómo la doncella y dos más tenían en sus manos cajas de regalos cerradas. Parpadeó, sorprendida.
—Mar... ¿Mi esposo? ¿Están seguras? —preguntó, queriendo confirmar que no hubiera escuchado mal.
Se levantó de su tocador y se acercó con pasos lentos a las mujeres que sostenían los regalos.
—Sí, milady —asintió la mujer.
—Déjenlos... sobre la cama —ordenó, señalando con la mano el lecho.
Las sirvientas asintieron y dejaron las cajas sobre la cama para luego retirarse. Se quedó mirando los regalos con desconcierto. Se mordió el labio inferior sin saber qué pensar.
¿Marcus dándole regalos? ¿Por qué?
Con un suspiro, se acercó al borde del colchón y abrió la primera caja. Era pequeña y estaba forrada en terciopelo azul. Abrió los ojos al ver el par de guantes de seda blanca y encaje, con perlas en las muñecas, que había visto en la tienda de accesorios del pueblo hacía dos días.
Los tomó, sintiendo la suavidad de la tela. Eran hermosos. Sin pensarlo, se los probó, sonriendo al ver que le quedaron a la medida, perfectos.
Luego siguió con otra caja. Era un conjunto de diamantes con zafiros, delicados y perfectos para la ocasión.
Los dejó a un lado y continuó con las demás cajas.
Era un sombrero que había visto y le había gustado bastante.
Otra caja estaba llena de productos de higiene personal: jabones, cremas, aceites esenciales y lociones con aroma a rosas.
Cada regalo era de las cosas que más le habían llamado la atención durante el recorrido por el pueblo. Liviana ladeó la cabeza, mirando los regalos esparcidos por la cama.
—¿Marcus me había observado tanto para saber lo que más me había gustado? —susurró para sí misma.
Su corazón latió tan fuerte que tuvo que llevarse una mano al pecho para tranquilizarse.
—Sin esperanzas, Liviana —se repitió en un susurro.
Tal vez todo eso era una disculpa por haber pensado mal de Peter aquel día.
Un toque en la puerta la hizo sobresaltarse.
—Milady —era Thomas, el mayordomo—. La cena pronto será servida.
Se aclaró la garganta y asintió.
—En seguida bajo —respondió.
Miró el collar que Marcus le había regalado. Le quedaría perfecto. Sin pensarlo, cambió los pendientes y se colocó el collar. Luego guardó todos los regalos y salió de la habitación para dirigirse al salón.
La mayoría, por no decir todos los invitados, ya estaban presentes. Algunas damas y caballeros estaban en la mesa de bocadillos y bebidas, y otros estaban reunidos entre sí.
—Liviana —dijo la duquesa con una sonrisa cuando llegó hasta ella—. Estás preciosa.
Liviana le sonrió en respuesta.
—Gracias. Usted también está hermosa.
Siempre había admirado la elegancia de la duquesa. Era una mujer hermosa, a pesar de los años.
—Vi que llegaron algunas cosas y... escuché que mi hijo las envió a tu habitación —comentó, entrelazando su brazo con el de ella.
—Oh —musitó Liviana, sonrojándose mientras tocaba inconscientemente el collar que llevaba—. Sí. Los envió... aunque no comprendo la razón.
La sonrisa de la duquesa no pasó desapercibida para Liviana.
«Por favor, no diga nada».
Pidió, esperando que Lillian no saliera con sus palabras de esperanza en cuanto al matrimonio.
—Es una grata sorpresa —musitó Lillian—. Viniendo de mi hijo, por supuesto.
Liviana solo asintió.
—¿Ha visto a Lady Jayne? —preguntó, queriendo desviar el tema.
—Sí, la vi en la mesa de bocadillos —respondió la duquesa.
—Gracias por aceptar invitarla.
Lillian negó con la cabeza y acunó su mano.
—Es un placer volver a verla después de casi cinco años fuera de la sociedad. Los duques de Devonshire deberían replantearse su decisión de mantenerla alejada tanto tiempo.
Liviana frunció el ceño. ¿Sus padres eran quienes la mantenían alejada? Creyó que ella misma se había exiliado de la sociedad después de ser rechazada por el hombre del que se había enamorado.
Se acercó a Jayne, que seguía cerca de la mesa de bocadillos con una copa de ponche. Estaba hermosa. Nunca la había visto tan arreglada. La Nochebuena pasada, como había sido entre ellas y los sirvientes, solo se habían puesto sus vestidos habituales, nada extravagante como estaban esa noche.
Jayne llevaba un vestido color púrpura profundo, casi ciruela, con un sutil estampado floral en tonos dorados.
—Al fin te dejas ver —comentó divertida su amiga—. Los duques no escatiman en sus fiestas.
—De hecho, no. A la duquesa le gusta exagerar un poquito con las decoraciones y los banquetes.
—Aún recuerdo mi primera temporada. Era uno de los bailes más esperados —añadió Jayne, sonriendo.
—Igual que los de tus padres —dijo Liviana, mirándola fijamente. Jayne se tensó —. No sabía que tus padres fueron quienes te exiliaron de la sociedad, Jayne.
Su amiga entreabrió los labios para negar, pero terminó soltando un suspiro.
—Sí, lo hicieron después de que humillara a mi familia con el gran escándalo que ya sabes —admitió—. Después de que todo Londres supiera que había pasado la noche con... él, y de que él no quisiera responsabilizarse, decidieron que lo mejor era alejarme de Londres y... de ellos.
—¿Nunca te han visitado?