Capítulo 27 #2
La palabra «esposa», dicha por él en ese tono protector y posesivo, hizo que el corazón de Liviana diera un vuelco. Lo miró sin decir nada, esperando que se arrepintiera de sus palabras, o que solo estuviera imaginando que Marcus estaba siendo amable y ofreciéndose a comprarle un par de guantes.
Era su esposa, pero él nunca la había tratado como una. Por lo que decidió escuchar a su orgullo y negarse. Prefería seguir manteniendo las distancias que él mismo había impuesto después de besarla hacía una semana.
No más esperanzas.
Aunque sabía que solo bastaría otro beso de Marcus para desmoronar todo su orgullo.
—De verdad no deseo nada, milord. Gracias por ofrecerse a comprármelos.
Marcus frunció ligeramente el ceño.
—No tienes que agradecerme nada, Liviana. Eres mi esposa —volvió a recalcar con más firmeza.
Ella desvió la mirada hacia abajo, notando que él tenía en la mano un elegante alfiler de pañuelo de plata.
—Ese es bonito —comentó Liviana para desviar el tema.
Marcus levantó la mano, mostrando el alfiler.
—¿Te gusta?
Liviana asintió.
—Sí. Pero...
Se detuvo, alejándose hacia la otra vitrina.
Comenzó a mirar los distintos alfileres de pañuelo que estaban expuestos, hasta encontrar uno que llamó su atención.
Era de plata, más sencillo que el anterior, pero tenía una pequeña piedra azul en el centro que le recordó el color de los ojos de Marcus. Lo tomó entre los dedos y se lo mostró.
—Creo que este le quedaría mejor.
Marcus miró el alfiler y después la miró a ella.
—¿Por qué te gusta este en especial? —preguntó, tomándolo a la vez que rozaba ligeramente los dedos de Liviana.
—Combina mejor con usted —respondió con una ligera sonrisa.
No le diría que era porque el color de la piedra combinaba con sus ojos.
Después de varios minutos, salieron de la tienda. Marcus había pagado el alfiler y Lady Mabel había salido con dos cajas que colocaron dentro del carruaje.
Luego pasaron por una tienda de joyería.
Era pequeña en comparación con las grandes joyerías de Londres, según había exclamado Lady Mabel.
Liviana nunca había hecho esa comparación; jamás había estado en una joyería de Londres.
Las joyas que tenía eran herencia de su madre y las que, por alguna razón, su padre había permitido que conservara.
Y como eran muchas, realmente nunca había necesitado más. Ni siquiera las había usado todas.
Luego visitaron una sombrerería, una perfumería y tienda de jabones, una tienda de porcelana y artículos de decoración, y, a ese punto, ya era casi mediodía y Liviana se moría de hambre por haberse saltado el desayuno.
Marcus se mantuvo demasiado cerca de ella durante todo el recorrido, sin darle la oportunidad a Lord Theodore de acercarse demasiado.
—¿Cuál es ese lugar favorito que me comentó anoche, Lady Liviana? —preguntó Lord Theodore con una sonrisa.
Marcus apretó los puños, conteniéndose para no replicar que debía dirigirse a su esposa única y exclusivamente como Lady Stafford.
—Ya estamos llegando, milord. Le aseguro que le encantará —respondió ella con una sonrisa feliz, sabiendo que pronto comería algo.
Cuando llegaron a la casa de té china, entraron haciendo sonar la pequeña campanilla de la entrada. El establecimiento estaba casi vacío; solo había dos mesas ocupadas al fondo.
—¡Lady Liviana! —exclamó una voz desde el otro extremo del local.
Liviana sonrió inmediatamente al reconocerla.
—¡Señora Lin!
Una mujer de edad madura apareció detrás del mostrador con una sonrisa enorme. Llevaba el cabello oscuro recogido en un sencillo moño y un vestido de manga larga de lana color burdeos.
—¡Pensé que esta semana no vendría! —exclamó, acercándose a ella.
Marcus arqueó una ceja en silencio, observando a su esposa con sorpresa.
—Mi hijo se pondrá feliz de verla, milady. La ha echado mucho de menos —continuó la mujer con una sonrisa cariñosa.
—Yo también lo he extrañado.
Esas palabras hicieron que Marcus frunciera el ceño y ladeara la cabeza.
—¿Podemos sentarnos en algún lugar mientras termina de socializar con la clase trabajadora? —Liviana dejó de sonreír un poco al escuchar el no tan discreto susurro de Lady Mabel.
—Permítame presentarles —continuó Liviana, señalando a los hermanos—. Él es Lord Theodore Bellamy, conde de Ravensworth, y ella es su hermana, Lady Mabel.
La mujer hizo una pequeña reverencia con seriedad. Ella también había escuchado el comentario.
—Y... mi esposo, el marqués de Stafford —señaló a Marcus, no muy segura de haberlo presentado. No sabía si se enojaría por decir que era su esposo.
La sonrisa de la señora Lin se volvió ligeramente más elegante.
—Bienvenido nuevamente al pueblo, milord. Usted y sus padres, los duques de Agnes.
Marcus inclinó la cabeza con cortesía.
—Gracias.
—Le avisaré a Peter que está aquí —dijo la señora Lin, volviendo su atención hacia Liviana—. Está deseando verla. Quería visitarla en Agneswood House, pero no me atreví a permitirlo mientras los duques estuvieran presentes. Pensé que quizá no sería apropiado.
—Me habría encantado recibirlo —respondió Liviana—. Dígale que puede visitarme cuando quiera.
—Se lo diré. Ahora tomen una mesa. Prepararé su té personalmente y tomaré sus pedidos.
Liviana asintió, deseando haberle pedido también un pedazo de tarta de limón, pero se contuvo. Solo tomaría su té por el momento. Si alguno de sus acompañantes pedía algo más, tal vez ella también, pero no quería ser la única que comiera mientras los demás solo bebían té.
La señora Lin se alejó hacia la parte de atrás del establecimiento. Liviana señaló una mesa y enseguida Lady Mabel tomó su lugar, seguida de Lord Theodore. Cuando ella quiso hacer lo mismo, sintió que Marcus sujetaba delicadamente su brazo, alejándola hasta quedar cerca de la entrada.
—¿Quién es Peter? —preguntó con el ceño fruncido y un tono demandante.
Liviana lo miró, desconcertada.
—¿Por qué quieres saber? —inquirió ella, sin comprender por qué Marcus estaba actuando demasiado extraño.
—¿Por qué debería extrañarte tanto? ¿Y por qué tendría que visitarte en Agneswood House? —demandó una vez más, mirándola fijamente.
Liviana frunció el ceño. Miró alrededor, procurando no llamar la atención de los demás clientes, y se soltó con suavidad de su mano.
—Porque es mi amigo —respondió con calma.
—¿Amigo? —gruñó Marcus, apretando la mandíbula para luego levantar un dedo y señalarla—. Te prohíbo que...
Marcus se calló al escuchar una voz infantil chillar detrás de ellos.
—¡Lady Liviana!
Ella giró la cabeza con una sonrisa.
—Peter.
Marcus vio al niño, de unos ocho o nueve años, abrazar a su esposa por la cintura con confianza. Ladeó la cabeza y dio un paso atrás, avergonzado. Peter solo era un niño, y él se había llenado de celos pensando lo peor.
Apretó los dientes, desviando la mirada, molesto consigo mismo. ¿Cómo era posible que se hubiera molestado por escuchar que alguien más extrañaba ver a Liviana?
—Los esperaré afuera —dijo casi en un susurro y, sin esperar respuesta, salió del local. Se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello con frustración.
¿Qué le estaba haciendo Liviana para que estuviera reaccionando de manera tan irracional cuando otro hombre se le acercaba?
La noche anterior, durante la cena, solo había podido estar pendiente de lo que hablaba con Ravensworth, y ahora había pensado lo peor de un niño.
Si repasaba la conversación, era fácil deducirlo.
Liviana, y mucho menos la señora Lin, se atreverían a hablar frente a él, su esposo, de un hombre que quisiera verla.
Deseaba que esos dos días pasaran lo más rápido posible, porque después de Nochebuena pensaba regresar a Londres. Si seguía en Agneswood House, terminaría perdido con Liviana tentándolo. Estaba conociendo una parte de ella que, siendo sincero, le estaba gustando bastante.
∞∞∞
Nochebuena había llegado por fin. Ese día había sido todo un caos en Agneswood House.
Además, nadie había podido salir debido a la lluvia, que no había parado de caer desde la madrugada.
Por lo que los salones habían estado ocupados por grupos tanto de caballeros como de damas, mientras los sirvientes iban de un lado a otro, terminando de colocar algunas decoraciones, limpiando y preparando la cena.
Desde temprano, el aroma de las ramas de pino, el acebo y la hiedra se mezclaba con el de las velas encendidas y los preparativos de la cocina.
En distintos rincones había pequeños ramilletes de acebo con sus bayas rojas, mientras que sobre las mesas se habían dispuesto velas y arreglos de flores de invierno.
Liviana ya tenía puesto su vestido en tonos azul profundo y marfil.
El corpiño, de escote cuadrado, estaba cubierto por una delicada capa de tul color marfil que suavizaba el escote y las mangas largas y transparentes.
Una ancha banda azul ceñía el talle alto, justo debajo del busto, y se anudaba en la espalda.
La falda combinaba una capa exterior de un suave tono lavanda grisáceo con una sobrefalda azul oscuro que descendía hasta el suelo.
Y una pieza de tela marfil recorría el centro de la falda desde la cintura hasta el dobladillo.
Aún estaba sentada frente a su tocador, admirando el peinado que le había hecho una de las doncellas.
Se veía hermosa. Y los pendientes de zafiro la hacían lucir más radiante y elegante.
Solo le faltaba encontrar un colgante a juego, ya que los pendientes venían con un collar demasiado llamativo, que no encajaba con la hermosura del vestido.
Prefería algo más sencillo, y todos los colgantes que tenía pensado que combinarían, ya los había usado durante esos días.
Resopló, mirándose en el espejo el cuello sin adornos. No se veía mal. La capa de tul sobre sus hombros se veía bastante bien sin un colgante que lo recargara.
Sintió que tocaban la puerta y, distraídamente, mientras seguía buscando en su joyero, permitió el paso.
—Milady —escuchó la voz de una de las sirvientas.
—¿Sí? —respondió sin mirarla.
—Su esposo le envía estos regalos.