Miserable Matrimonio Capítulo 27
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Capítulo 27

Liviana abrió los ojos, cerrándolos nuevamente por la luz que se filtraba con demasiada intensidad a través de la cortina.

Sintió nuevamente el insistente golpeteo en la puerta y, frotándose los ojos, se incorporó lentamente sobre la cama.

—¿Quién es?

—Milady, Lord Ravensworth y su hermana la esperan en el salón principal para dar un paseo por el pueblo.

—¿Paseo? —susurró, haciendo una mueca al sentir un incesante dolor de cabeza.

Miró a su alrededor, viendo que estaba en su habitación; luego se miró a sí misma, sorprendiéndose al ver que tenía el mismo vestido de la noche anterior.

Intentó recordar lo que había pasado, pero todo estaba demasiado borroso. Solo llegó a recordar cómo había aceptado la invitación de Lord Theodore para acompañarlos a recorrer el pueblo.

—Enseguida voy —se apresuró a decir, levantándose con prisa—. Puedes entrar y ayudarme, por favor.

Sintió que la puerta se abría, pero ella solo corrió al cuarto de baño para lavarse, esperando que el agua fría lograra despertarla por completo.

Luego salió y la doncella estaba esperándola.

—Toma cualquier vestido que me sirva para recorrer el pueblo —ordenó, sentándose frente al tocador mientras quitaba todas las horquillas enredadas en su cabello.

Se reprendió por haberse dormido sin siquiera haberse despojado de sus ropas y cepillado el cabello. Pero aún más por haber bebido más de lo que estaba acostumbrada.

Mientras terminaba de quitarse las horquillas y trataba de desenredar su cabello, se sonrojó al pensar que pudo haber hecho alguna imprudencia estando ebria.

—Dios mío —susurró con preocupación.

—¿Este le gusta, milady? —preguntó la doncella, mostrándole un vestido de lana en un delicado tono lavanda, de talle alto, justo debajo del busto.

El escote cuadrado estaba rematado con un fino borde del mismo tono.

Las mangas eran largas, se abrían con suavidad hacia las muñecas y estaban adornadas con delicados bordados dorados en forma de ramas y hojas.

El mismo bordado continuaba desde el centro del corpiño y descendía por la falda, que caía ligera hasta los tobillos, con varias capas de muselina sobre la lana.

—Sí, ese es perfecto —dijo, acercándose para que la mujer la ayudara a cambiarse—. Te agradecería que me ayudaras con rapidez. No quiero hacer esperar al conde.

—Sí, milady.

La doncella asintió y enseguida Liviana sintió cómo sus dedos desataban los lazos del vestido con rapidez.

El tejido se deslizó por sus hombros hasta caer al suelo, dejándola solo con la enagua de franela y las medias de lana.

Seguido, la doncella tomó el vestido que había elegido y, con más rapidez, terminó de vestirla.

Sin detenerse, corrió hacia el tocador para recoger su cabello en un rápido recogido, sujetándolo con unas horquillas de plata.

Frotó sobre su piel un poco de su perfume favorito de rosas y tomó su abrigo de lana forrado de piel, color marfil.

Ya lista, salió de su habitación y casi corrió escaleras abajo para llegar al salón principal. Al entrar, su sonrisa disminuyó al ver a Marcus también esperando junto al conde y su hermana.

—Buenos... días —expresó, caminando despacio hacia ellos y mirando por un segundo a su esposo, que la observaba con seriedad—. Disculpen el retraso.

—No se preocupe, milady. Aún es temprano —respondió Lord Theodore con una sonrisa, a la vez que tomaba su mano para darle un beso en el dorso como cortesía.

Marcus enseguida se acercó a ella y, sin disimulo alguno, la apartó de él. Algo que la hizo mirarlo con cierta sorpresa.

—Recuerde lo que le advertí, Ravensworth —espetó Marcus, con una ceja arqueada.

El hombre sonrió y asintió.

—Por supuesto, Stafford.

Liviana frunció el ceño, mirando entre su esposo y el conde, sin comprender qué estaba ocurriendo.

—¿Nos vamos? —preguntó, alejándose de Marcus y señalando la salida.

Los hermanos salieron primero y, cuando ella iba a seguirlos, Marcus la detuvo tomándola de la mano. Liviana sintió un vuelco en el corazón y miró sus manos entrelazadas; luego lo miró a él con los labios entreabiertos.

—Tenemos que hablar sobre lo de anoche —dijo él con suavidad, dando un paso hacia ella para arreglar el mechón de cabello que se había escapado de su peinado.

Liviana tragó el nudo de nerviosismo que se le había formado en la garganta ante el contacto de Marcus.

—¿Anoche? —preguntó con la voz apenas audible, aún más nerviosa por lo que pudo haber hecho mientras estaba bajo los efectos del vino—. ¿Qué... pasó?

Marcus entrecerró los ojos y soltó un leve suspiro. Luego negó y se alejó un paso.

—Nada importante —respondió sin mirarla—. Vamos, nos esperan.

—No tiene que ir si no quiere —dijo de pronto, mordiéndose el labio—. Si... insistí anoche para que nos acompañara, fue solo por el calor del momento. Bebí de más y no... creo que haya sido consciente de muchas cosas.

Marcus la miró de una forma que la puso nerviosa. Desvió la mirada un momento, sin saber qué pensar de esa expresión.

—Sí, lo sé. Pero igual quiero ir. Sería bueno visitar el pueblo. Hace años que no lo hago y pasé gran parte de mi niñez aquí, en Green Hills, así que sí, tengo motivos de sobra para acompañarte.

—Ya veo —respondió ella, teniendo ganas de preguntarle qué lugares de Green Hills le gustaban más, pero se contuvo.

Seguramente él no estaría interesado en compartir sus recuerdos con ella.

—Entonces... vamos.

Ambos salieron de la casa y subieron al carruaje que los esperaba frente a la entrada. Los hermanos Bellamy ya estaban esperando en el interior del vehículo. Se acomodaron en los asientos y Marcus dio un golpe en el techo para que se pusiera en marcha.

Mientras se acercaban al pueblo, todos permanecieron en silencio.

Liviana se concentró en mirar por la ventanilla, aunque de vez en cuando miraba a la mujer frente a ella, Lady Mabel.

Estaba seria y, aun así, su rostro era perfecto, fino y perfilado, con facciones delicadas y demasiado femeninas.

Volvió la mirada hacia la ventana, sintiendo una punzada de envidia.

¿Por qué ella no podía ser igual de perfecta?

Suspiró discretamente, tratando de apartar esas emociones negativas. No tenía por qué sentirse inferior a nadie.

El carruaje se detuvo frente a una de las calles principales del pueblo, donde varios comercios se alineaban a ambos lados de la vía. A pesar del frío, algunas personas caminaban de un lado a otro, haciendo sus últimas compras navideñas.

Lord Theodore fue el primero en descender y luego ayudó a su hermana a bajar. Liviana esperó unos segundos antes de hacerlo, pero Marcus se adelantó y le ofreció una mano. Ella la miró durante un instante antes de colocar la suya sobre la de él.

—Gracias —murmuró.

Marcus no respondió. Solo la ayudó a bajar y luego se apartó para dejarla avanzar.

—Theodore, quiero entrar aquí —señaló Lady Mabel la tienda de accesorios que estaba frente a ellos.

Liviana se giró y frunció los labios. La tienda era exclusiva y demasiado costosa. Siempre que la visitaba junto a Jayne, solo miraba, ya que un par de guantes de lujo costaba más de tres libras, una suma que prefería reservar para sus necesidades cuando quedara soltera.

«Pero ya no quedarás soltera». Le recordó esa voz interna.

Sí, ya no tendría la libertad que había pensado y para la que se había preparado mentalmente.

Ahora podría gastar un poco de lo que había ahorrado durante ese año y medio con las mensualidades que su esposo le enviaba.

Pero, para su mala suerte, en el apuro de esa mañana había olvidado llevar su ridículo con algunas monedas.

Ahora tendría que abstenerse de comprar algo.

—Entraremos un momento —le pidió Theodore, abriendo la puerta para su hermana—. Luego seguimos el recorrido.

Liviana los siguió, y Marcus entró detrás de ella después de ordenarle al cochero que los siguiera de cerca para cuando desearan regresar.

El interior era mucho más cálido que la calle.

Había varias vitrinas de cristal y estantes de madera donde se exhibían toda clase de pequeños artículos.

Lady Mabel se dirigió inmediatamente hacia una vitrina llena de accesorios femeninos, mientras Theodore se detuvo cerca de otra donde había algunos artículos para caballeros.

Liviana observó los objetos como siempre que visitaba la tienda con Jayne.

Hubiera querido comprarse algo, ya que admitía que esa tienda tenía productos de muy buena calidad y también muy hermosos.

Accesorios que hubiera querido lucir en Nochebuena y que habrían sido un muy buen complemento para el vestido que usaría.

Lady Mabel tomó un pequeño broche de plata adornado con una piedra azul y comenzó a examinarlo.

—¿Qué opinas? —preguntó a su hermano.

—Es bonito.

Mabel puso los ojos en blanco y volvió su atención hacia la vitrina.

Liviana sonrió ligeramente y negó con la cabeza, alejándose para mirar otras vitrinas donde se exhibían finas peinetas de carey decoradas con perlas.

También se detuvo especialmente en un par de guantes blancos de seda y encaje, bordados con pequeñas perlas en las muñecas.

Eran exactamente lo que combinaría con su vestido para la cena.

—¿Te gustan?

Liviana se sobresaltó y se giró rápidamente, encontrándose con los ojos azules de Marcus. Le dedicó una sonrisa sin mostrar los dientes mientras entrelazaba las manos frente a ella.

—Son bonitos —respondió, volviendo a mirar los demás accesorios.

—Si te gusta algo, solo tienes que pedirlo —añadió Marcus de repente. Su voz sonó baja y firme cerca de su oído, provocándole un ligero escalofrío.

Ella contuvo el aliento y tragó con dificultad antes de negar.

—Solo estoy mirando, milord. Son piezas muy hermosas, pero no es necesario. Además, he olvidado mi bolso en Agneswood House.

—No creo que eso sea un impedimento —replicó él con una sonrisa que la hizo mirarlo con una ceja arqueada—. Eres mi esposa. No necesitas llevar monedas contigo cuando estás a mi lado.