Capítulo 26 #3
—¿Está interesado, entonces, milord? —La pregunta de Lady Mabel hizo que apartara los ojos de su esposa, quien se veía realmente bella esa noche con ese vestido de muselina verde pastel.
—¿Disculpa? —inquirió, mirando a la castaña, pero desviando por un segundo la mirada hacia su esposa. Lady Mabel siguió su mirada.
—Oh... —asintió, removiéndose en su silla, incómoda—. Su esposa está bien, milord. Solo conversa con mi hermano, igual que nosotros.
Marcus entrecerró los ojos.
—¿En qué estaría interesado, milady? —preguntó de vuelta, para no hacer algún comentario despectivo contra Ravensworth.
El conde y él eran rivales en la Cámara de los Lores; tenían ideales y visiones políticas completamente opuestas, lo que los llevaba siempre a una constante confrontación verbal.
Lady Mabel le sonrió con coquetería y se acercó a él más de lo debido. Él carraspeó, haciendo que retomara su postura al llamar la atención de los demás. Sabía cuál era la intención de la mujer y no pensaba seguirle el juego.
—No se humille de esa forma, milady. Y tampoco humille a mi esposa —masculló con voz gélida, haciendo que la mujer palideciera y adoptara una postura recta.
En lo que restó de la cena, ella no volvió a dirigirle la palabra, y eso le importó poco. Tenía toda su atención en la conversación y los movimientos de su esposa y Ravensworth, quien estaba incitando a Liviana a beber más vino del que ella acostumbraba.
Cuando su madre anunció que podían pasar al salón de arte, se puso de pie inmediatamente, acercándose a Liviana para tomarla en sus brazos justo a tiempo y evitar que cayera al suelo.
Estaba mareada por el vino, y era justo lo que había querido el desgraciado de Ravensworth.
—Stafford —dijo el hombre con una sonrisa—. Estaba conociendo a su esposa. Muy encantadora y amable al ofrecerse a llevarnos a conocer el pueblo a mi hermana y a mí.
Marcus apretó la mandíbula.
—No le dejó otra salida, Ravensworth. ¿Crees que no escuché lo insistente que fue para iniciar una conversación? —replicó Marcus, sosteniendo a Liviana.
Los invitados se iban alejando, pero interesados en saber qué le pasaba a la marquesa.
—¿Estuvo escuchando nuestra conversación, Stafford? —preguntó Ravensworth, divertido.
—Hijo, ¿qué le pasa a tu esposa? —preguntó Lillian al llegar junto a ellos con preocupación.
Marcus le dirigió una última mirada a Ravensworth antes de volver su atención hacia su madre.
—Marcus... —balbuceó Liviana, recostando la cabeza contra su pecho.
—Solo bebió un poco de vino de más. La llevaré a su habitación —respondió Marcus con frialdad, sin soltarla.
—Sí, es lo mejor —asintió la duquesa.
Marcus bajó la cabeza y rozó con los labios su cabello, percibiendo nuevamente su aroma floral.
—Liviana —dijo con suavidad. Ella emitió un pequeño sonido en respuesta—. ¿Puedes caminar?
—Sí —respondió ella, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos. Pero cuando intentó apartarse y dar un paso, se tambaleó, perdiendo el equilibrio—. Todo da vueltas, Marcus —susurró, aferrándose a su brazo para no caer.
—Cuidado —musitó Lillian, preocupada.
Marcus enseguida la tomó en sus brazos con firmeza, sujetándola por la cintura y las rodillas para cargarla contra su pecho.
Sin decir nada más, se alejó con ella en brazos, llevándola hasta su habitación. La tendió sobre la cama con cuidado y, cuando iba a alejarse, ella lo detuvo sujetándolo por la solapa de la chaqueta.
Marcus parpadeó, sorprendido, y la miró fijamente. Estaban demasiado cerca.
—Bésame —pidió ella, haciendo que todo su cuerpo se tensara ante la inesperada petición.
—Liviana... —musitó.
No hizo ningún movimiento para acercarse, pero tampoco quiso apartarse.
—Por favor. Piensa que soy otra mujer, que soy Emma si quieres, pero solo bésame.
Marcus tragó saliva y recorrió con la mirada su rostro sonrojado por el alcohol. Maldijo para sus adentros al imbécil de Ravensworth por haber hecho que Liviana bebiera tanto.
—No necesito pensar en nadie más para desearte, Liviana —susurró, apartándole con delicadeza un mechón del rostro—. Pero estás ebria, Liviana. No voy a aprovecharme de eso.
Ella frunció ligeramente el ceño, como si no comprendiera sus palabras.
—Solo quiero que me beses...
Marcus cerró los ojos durante un instante, conteniéndose. La deseaba y, aun así, tenía que alejarse.
—Mañana —murmuró finalmente—. Si mañana sigues queriendo que lo haga, hablaremos de ello.
Liviana pareció querer responder, pero terminó apoyando nuevamente la cabeza sobre la almohada.
Marcus se quedó observándola durante unos segundos, viendo lo hermosa que era. Ella todavía sentía algo por él. Había podido sentirlo cuando la besó hacía una semana y podía verlo ahora. Pero no quería volver a cometer el mismo error de dejarse llevar por el deseo sin pensar en las consecuencias.
Se inclinó para acomodarle mejor las mantas y luego dejó un casto beso en su cien.
—Duerme —susurró, apartándose de la cama.
Liviana cerró los ojos y, poco a poco, su respiración comenzó a tranquilizarse.
Marcus permaneció allí unos segundos más, asegurándose de que estuviera bien antes de darse la vuelta y marcharse.