Capítulo 26 #2
Y, por supuesto, ella no iría. Se disculparía con Lillian y se retiraría a sus aposentos antes de que comenzaran y obligaran a recitar alguno de los poemas.
—Entonces debe conocer el pueblo bastante bien —continuó Lord Theodore con una sonrisa amable.
—Supongo que sí. He tenido tiempo suficiente para recorrerlo.
El hombre sonrió. Liviana admitía que era guapo, educado y atento; hasta podía decir que era encantador si su humor hubiera sido otro.
—Mi hermana y yo nunca hemos tenido ocasión de conocer Green Hills. Nuestros padres sí, pero nosotros no. ¿Es un lugar agradable?
Liviana escuchó cómo la dama sentada al lado de Marcus reía.
Era una mujer hermosa, de cabello castaño y ojos claros.
Había escuchado que era viuda, pero se veía demasiado joven para haber enviudado.
Sintió que la punzada de celos volvía a recorrerla al observarlos.
Durante toda la cena había intentado no prestar atención a la mujer que estaba sentada junto a su esposo, pero parecía imposible.
Ella reía con facilidad y Marcus incluso había sonreído un par de veces ante algo que la dama había dicho.
Volvió la mirada hacia el hombre que tenía a su lado y le devolvió la sonrisa, queriendo ignorar a su esposo.
En toda la semana habían tenido una relación distante, pero en paz.
Compartían los espacios, pero sin estar cerca el uno del otro.
Y hablaban solo lo necesario. Ninguno mencionó el beso y tampoco se volvió a hablar sobre la anulación.
Lo que la hizo entender que realmente Marcus pensaba mantener el matrimonio.
—Es un pueblo tranquilo. No hay demasiadas diversiones, pero es bastante agradable para pasar una temporada —respondió, bebiendo otro sorbo de vino.
—Eso suena perfecto para nosotros. Mi hermana lleva toda la tarde quejándose de que no hay nada que hacer aquí —dijo él, señalando a la dama que estaba a su lado, que era la misma viuda con la que Marcus se había entretenido toda la cena.
Liviana volvió a mirar a la mujer y luego al caballero.
—¿Su hermana? —preguntó, confundida.
Él soltó una pequeña risa.
—Sí. Mabel Bellamy. Es mi hermana menor.
Liviana abrió ligeramente los ojos y volvió a tomar un trago más largo de vino, acabando su copa.
—Oh... —musitó, sintiendo cómo el calor subía inmediatamente hasta sus mejillas, mezclado con una sensación de rabia y vergüenza.
La hermana del hombre educado que había intentado darle conversación durante toda la cena era la misma a la que había insultado mentalmente por acaparar la atención de su esposo, y más sabiendo que era viuda.
De las cuales sabía que tenían la costumbre de buscarse amantes que las protegieran o simplemente para divertirse íntimamente.
—No sabía que eran hermanos —admitió, sonriendo, mientras sentía que el calor de sus mejillas no dejaba de intensificarse.
—Es comprensible. He llegado esta misma tarde.
Liviana asintió, tomando aire, haciendo que la zona de su pecho se sintiera más apretada.
—Entonces quizá pueda hacernos un favor, Lady Stafford.
—¿Qué clase de favor? —preguntó, sintiéndose más relajada.
—¿Estaría dispuesta a enseñarnos Green Hills mañana? A mi hermana y a mí. Me gustaría conocer el pueblo antes de regresar a Londres.
Liviana abrió la boca y luego la cerró con una sonrisa. Ladeó la cabeza y aceptó con un asentimiento. Él se lo había pedido amablemente y, además, ninguno de los demás invitados había expresado interés en conocer los alrededores.
—Me encantaría. Puedo llevarlos a mi lugar favorito, además de la librería, por supuesto.
Lord Theodore rio con ella sin dejar de mirarla atentamente.
—¿Y cuál es su lugar favorito, milady? —preguntó con interés.
Liviana pareció pensarlo, pero negó.
—Ya lo verá mañana, milord.
—Estoy impaciente por descubrirlo —expresó él sin dejar de sonreír, haciendo una seña a un sirviente para que llenara sus copas con más vino.
∞∞∞
Marcus intentaba mantenerse bajo control mientras fingía una sonrisa a Lady Mabel, quien no paraba de parlotear y coquetear con él. Pero, en realidad, solo podía estar pendiente del idiota que estaba al lado de su esposa.
Desde que notó que sus lugares estaban alejados, fulminó a su madre, a quien le había pedido personalmente que los sentara juntos.
Las últimas tres noches en las que habían estado acompañados de los invitados, su madre no paraba de ponerlos lejos.
Ese día le pidió que se detuviera y sentara a su esposa a su lado.
No podía permitir, y mucho menos soportar, verla hablando con otro hombre.
Y, para su mayor irritación, el que le había tocado esa noche era Ravensworth, quien parecía particularmente más interesado en Liviana.
¿Acaso no sabía que era una mujer casada?
Y ella, ¿por qué le seguía la corriente con esa sonrisa radiante que nunca le dedicaba a él?
«Sí lo hacía, pero tú mismo te encargaste de que dejara de hacerlo».
La voz de su conciencia le devolvió el golpe con crueldad, haciéndolo apretar los labios.
Desde que la había besado hacía una semana, se había contenido para no volver a hacerlo. No sabía por qué de repente tenía la necesidad de estar cerca de ella o volver a sentir el sabor de sus labios, pero su orgullo y su lógica le impedían dar el primer paso.
Su orgullo era su peor enemigo en ese momento, pero también quien lo impulsaba a pensar con lógica: Liviana era la mujer que siempre había rechazado y de quien había dicho que nunca se enamoraría.
Aun cuando no era su esposa y le tenía más respeto, siempre se opuso a la idea de que ella pudiera gustarle, y siempre lo pensaba porque sabía que ella sentía algo por él.
Aún pensaba lo mismo: que no podía sentir deseo por ella, aunque sí lo sentía y lo estaba volviendo loco. Se prohibió a sí mismo estar cerca de su esposa, aunque compartieran la misma habitación. Sin embargo, esa prohibición se estaba desmoronando poco a poco.
«No luches más contra esas emociones; ella seguirá siendo tu esposa de todos modos».
Le repetía la vocecita, y siempre estaba a punto de ceder. Pero se detenía por alguna razón. Y es que no quería actuar bajo el deseo. No quería cometer el mismo error dos veces. Ahora solo sentía deseo por su esposa, curiosidad, tal vez. Pero no era amor.
No podía amarla sin conocerla realmente.
Porque, ¿qué conocía realmente de ella? Que le gustaban las flores, tomar su leche con mermelada, los vestidos con adornos florales, leer, que era introvertida y se ponía nerviosa ante tanta multitud.
Y, por supuesto, que tocaba perfectamente el pianoforte.
Pero eran solo detalles superficiales; para amar a alguien debía conocer sus sentimientos, sus miedos más profundos y lo que realmente habitaba en su corazón.
—¿Estaría dispuesta a enseñarnos Green Hills mañana? A mi hermana y a mí. Me gustaría conocer el pueblo antes de regresar a Londres.
Todos los pensamientos lógicos que acababa de tener se desvanecieron cuando escuchó la pregunta de Ravensworth a Liviana.
Los miró con disimulo, apretando la mandíbula al verla tan sonriente. ¿Acaso le gustaba la atención de ese idiota?
Ravensworth solo quería molestarlo, atrayendo la atención de Liviana, y ella, como una tonta, estaba cayendo en su juego, sin notar la malicia escondida tras esa fachada de caballero educado.