Capítulo 26
Era una tonta por haber caído en los encantos de Marcus. ¿Cómo había permitido que la besara de esa manera? ¿Cómo había olvidado todo el dolor que él le había causado y se había dejado llevar por el momento?
Pero, por mucho que intentara reprenderse, no podía negar que se sentía feliz. Había sido el beso que durante tanto tiempo había imaginado recibir de él y, aunque había terminado de manera dolorosa, todavía podía sentir el calor de sus labios sobre los suyos.
Había sido un beso apasionado, intenso y completamente inesperado. Y lo peor era que una parte de ella deseaba volver a sentirlo. Volver a sentir cómo él la tomaba entre sus brazos y la acercaba a su cuerpo, sentir una vez más sus labios contra los de ella, exigiéndole más.
Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
—¿Y ese suspiro? —preguntó Jayne, que se encontraba sentada frente a ella.
Liviana abrió los ojos de golpe, recordando que no estaba sola. Había pasado tanto tiempo perdida en sus pensamientos que había olvidado por completo que se encontraba en Devonshire Estate.
Después de dejar a Marcus junto al lago, ni siquiera entró en Agneswood House; caminó directamente a pedir que le prepararan un carruaje. Había necesitado alejarse de allí; no bastaba con esconderse en su habitación.
—¿Qué? —inquirió, aclarándose la garganta.
Jayne arqueó una ceja.
—Llevas varios minutos suspirando y haciendo muecas extrañas. ¿Qué ocurrió?
—Marcus me besó —respondió sin pensarlo, haciendo que Jayne quedara inmóvil durante un segundo.
—¿Qué hizo?
Liviana se sonrojó al instante y bajó un poco la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
—Marcus me besó —repitió en voz más baja, casi avergonzada.
Los ojos de Jayne se abrieron con sorpresa, pero luego una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—¡Cuéntamelo todo! ¿Cómo pasó? ¿Anoche mismo, después de salir de aquí?
—Jayne...
—No, no. Sin vergüenza alguna, Liviana. No hiciste nada malo, por Dios. —Se inclinó hacia ella, completamente interesada—. Habla.
Liviana la miró con una ceja arqueada, pero terminó sonriendo al verla tan emocionada.
—¿Sabías que eres muy chismosa?
Jayne se encogió de hombros.
—En mi vida no pasa nada interesante. Al menos anímame con tu historia de amor —respondió con una sonrisa pícara que hizo que Liviana pusiera los ojos en blanco.
Jayne siempre lograba sacarle una sonrisa.
—No es una historia de... amor —recalcó Liviana—. Fue esta mañana, junto al lago. Había ido porque necesitaba pensar en cómo sobreviviría ahora que Marcus pretende continuar con el matrimonio. Entonces...
—Espera, espera —la detuvo Jayne, haciendo un gesto con las manos y mirándola aún más sorprendida—. ¿Dijiste continuar con el matrimonio?
—¿Quieres saber lo del beso o lo del matrimonio? —preguntó Liviana, aguantando una risa al ver lo curiosa que era su amiga.
—Ambas cosas, por supuesto. Empieza por el principio, mejor. ¿Cómo fue que tu querido y granuja esposo decidió mantenerte como su esposa?
Liviana dejó caer los hombros.
—Dice que por su reputación.
—¿Solo eso?
Liviana asintió.
—Creo que hay más razones, pero él no te las dijo.
—¿Qué otra razón podría haber, Jayne?
Jayne bufó, levantándose de su lugar para caminar hacia la chimenea.
—La misma razón por la que te besó, tal vez.
Liviana bajó la cabeza, pensativa. Esa mañana Marcus había actuado extraño.
La había mirado por demasiado tiempo, hasta que ella decidió preguntarle si quería decirle algo.
Él nunca la había mirado durante más de unos minutos a voluntad.
Luego había dicho que quería mantener una relación pacífica mientras estuvieran en la misma casa y, por último, había ocurrido el beso.
¿Será que acaso él empezaba a sentir algo por ella?
Negó con la cabeza. Imposible. Marcus amaba a Emma y aún la culpaba por ese matrimonio. Y luego estaba...
«Esto... no debería haber ocurrido».
Sus propias palabras, que le habían dolido más que una mirada de odio. Porque había negado que ese beso había sido increíble, al menos para ella.
—No sé la razón por la que me besó, Jayne. Y sobre la anulación, él solo dijo que era por su reputación y porque no había conseguido respaldo político.
Jayne permaneció en silencio, asintiendo.
—Entiendo. Tal vez la Iglesia y el tribunal le negaron la solicitud por el tiempo transcurrido —explicó Jayne.
Liviana soltó un suspiro.
—No creo que se resigne a quedarse conmigo. Pienso que solo quiere mantener las apariencias y una relación tranquila entre nosotros hasta encontrar una solución para librarse de mí —confesó, expresando lo que había pensado muy en el fondo.
—¿Como el divorcio?
Liviana asintió sin mirar a Jayne.
—No se... atrevería —musitó Jayne, mirando a Liviana con preocupación—. Un divorcio es mucho peor que una anulación, Liviana. Él mismo podría condenarse a no volver a casarse.
—Supongo que buscará un método para hacerlo. Marcus es inteligente, Jayne.
—No lo suficiente —musitó para sí misma. Luego soltó un resoplido—. Creo que deberías ganarte su amor, o al menos hacer que te desee tanto que no pueda siquiera pensar en otra mujer.
—No lo dices en serio... —dijo entrecerrando los ojos.
Pero la sonrisa pícara de Jayne le confirmaba que sí hablaba en serio. Se levantó también de su lugar y negó con la cabeza.
—¡No!
—Pero...
—No, Jayne —interrumpió con el ceño fruncido—.
Solo me odiaría más si descubriera mis intenciones.
Marcus me odia por haberlo atrapado en este matrimonio y, si intento acercarme a él de esa manera, solo conseguiré que crea que estoy intentando manipularlo aún más.
Prefiero mantener mi dignidad intacta y aceptar que nuestro matrimonio es, y seguirá siendo, un error.
Jayne la miró con tristeza.
—Pero tú lo amas —musitó con seriedad.
—Lo hago. Por mucho que intenté olvidarlo, sigo siendo la estúpida que no entiende por qué amo a un hombre que no me corresponde —exclamó con rabia, aguantando las lágrimas.
—No eres estúpida, Liviana —dijo Jayne, acercándose—. Solo eres una mujer enamorada. Y si nosotras pudiéramos entender por qué nos fijamos en hombres que nos hacen sufrir, quizás tendríamos más poder en esta sociedad. Pero somos vulnerables cuando entregamos el corazón.
Liviana asintió, dándole la razón. Ella se había mantenido firme, decidida a alejarse de Marcus, a querer una anulación y ser libre, pero solo tuvo que recibir un beso de él para olvidarse de todo y volver a desear que la amara como ella siempre había soñado.
—Pero creo que deberías evitar que tu esposo piense en un divorcio. Eso te arruinaría aún más ante la sociedad —añadió Jayne con preocupación.
—Lo del divorcio fue solo un pensamiento.
—Que puede volverse realidad. En todo caso, debes pensar en ti. Si te divorcias, no tendrás nada ni nadie. Te excluirán de la sociedad y puede que hasta termines en la ruina total.
Liviana bajó la mirada, pensando. Ya había sido egoísta al aceptar el plan de Lillian para casarse con Marcus, y todo había terminado muy mal.
Terminó negando y sonriéndole a Jayne con calma.
—No te preocupes, todo saldrá bien.
Pero Jayne no parecía convencida; ella misma había terminado excluida de la sociedad por no haber sido más fuerte e inteligente.
∞∞∞
Una semana después, ya todos los invitados a las celebraciones navideñas estaban en Agneswood House. En total, Liviana había contado entre catorce y dieciséis personas; algunos eran nobles, como marqueses y vizcondes, y otros, burgueses muy importantes y adinerados dentro de la sociedad.
Faltaban apenas dos días para la llegada de la Nochebuena, pero desde la llegada de los invitados, cada noche se organizaban cenas extravagantes, seguidas de veladas de música en el salón principal o reuniones entre los caballeros y las damas.
Durante el día, las mujeres se reunían para bordar junto a la chimenea, intercambiando cotilleos sobre la sociedad. En especial, debatían sobre La Revista de Sociedad de Lady Kennt.
A Liviana no le agradaba mucho estar rodeada de tantas personas que solo buscaban criticar la vida ajena, además de que no conocía muy bien a las damas.
La duquesa se las había presentado una vez en su primer baile, pero habían sido tan poco acogedoras con ella aquella vez que ahora no le apetecía estar cerca de ellas ni de sus hijas, que tampoco la incluían en sus conversaciones.
En fin, Liviana no se sentía nada cómoda con todos esos invitados. Pero no podía quejarse; Agneswood House no era su casa, por lo que debía atenerse a las decisiones de los duques.
Lo mejor era, y no quería parecer grosera, que la hija de los duques, Lady Aline, no hubiera asistido a las celebraciones.
Ella era una de las invitadas que le preocupaba.
Sabía que no era del agrado de la hermana de Marcus y no quería tenerla todos esos días mirándola con repudio y juzgándola en silencio.
Pero había escuchado que se había quedado con su esposo y la familia de él esa Navidad.
—Gracias —musitó ella cuando uno de los sirvientes dejó frente a su lugar en la mesa el segundo plato de la cena. Era un guiso de faisán preparado con una salsa espesa y aromática.
—He escuchado que lleva mucho tiempo en Green Hills, Lady Stafford.
Liviana levantó la mirada de su plato para mirar a Lord Theodore Bellamy, conde de Ravensworth e hijo del marqués de Denbury.
Durante los últimos minutos había respondido con educación a sus comentarios, pero comenzaba a preguntarse por qué insistía tanto en conversar con ella.
El hombre había intentado hablarle en más de una ocasión desde que se habían sentado a la mesa y, aunque no había dicho nada inapropiado, eso comenzaba a incomodarla un poco.
—Sí, un año y medio, aproximadamente —respondió con una sonrisa cortés, para luego dar un sorbo a su copa de vino.
Ya era la tercera que bebía y empezaba a sentir los efectos del alcohol, lo que solo aumentaba su deseo de que la velada terminara pronto.
Pero sabía que, después de la cena, irían al salón de arte para recitar poesía.