Miserable Matrimonio Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

No quedaba lejos de la casa. Solo había que caminar más allá de los jardines, siguiendo un sendero que atravesaba una pequeña arboleda.

El lago estaba alimentado por un estrecho arroyo que descendía desde las colinas.

En primavera, lo rodeaban las flores y las hierbas verdes.

Ahora no había ninguna flor, y las hierbas estaban húmedas y opacas.

Aún no podía creer que Marcus hubiera decidido olvidar la anulación para continuar con el matrimonio.

¿Qué clase de vida los esperaba a ambos a partir de ahora? Ni siquiera podía imaginarse viviendo toda la vida en Green Hills. En algún momento tendría que regresar a Londres, pero no sabía si sería capaz de soportar que Marcus tuviera como amante a Emma, o a cualquier otra mujer.

¿Y ella? ¿Podría aguantar vivir sin conocer lo que era ser amada por un hombre?

Suspiró, apretando las manos y tensando la tela de los guantes que las cubrían del viento frío. Luego cerró aún más el abrigo largo de lana azul pálido, ceñido ligeramente a la cintura y adornado con un amplio ribete de piel blanca en el cuello, los puños y el borde inferior.

Hacía frío afuera, pero necesitaba pensar y alejarse de la casa, de la presencia de Marcus.

Estaba segura de que ahora él quería castigarla, atrapándola en ese matrimonio que creía que había sido un mero capricho de su parte.

Una lágrima resbaló por su mejilla. La apartó con lentitud mientras cerraba los ojos.

¿Acaso no se daba cuenta de que ese castigo sería para ambos? Él quedaría atado a ella para siempre, no tendría como esposa a la mujer que realmente amaba y tampoco tendría herederos, porque dudaba que él quisiera tocarla para concebir.

Sintió un nudo en el pecho al pensar que él pudiera tener hijos con otra mujer y dárselos para que ella los criara haciéndolos pasar por suyos.

—No —musitó apenas, mientras otra lágrima bajaba por su mejilla.

Marcus no podía hacerle algo así. No podía castigarla hasta ese punto.

Pensó en su padre y en cómo le había dicho que insistiría en la anulación.

También le había recalcado que sería difícil, pero ella había creído que al menos lo intentaría.

Y ahora él estaba en América resolviendo asuntos relacionados con sus negocios.

Una confirmación más de que ella no le importaba.

Ni siquiera le había escrito, ni una sola vez.

A veces se preguntaba si su vida habría sido diferente si su madre hubiera sobrevivido.

Bajó la cabeza unos segundos y luego volvió a mirar el lago. El agua estaba tranquila, a pesar del viento helado que movía las ramas del sauce sobre ella.

«Deberías buscarte un protector».

Frunció el ceño, sin saber por qué había recordado la sugerencia de Jayne.

Habían tenido esa conversación meses atrás, después de la última visita de la duquesa.

Jayne le había explicado que un protector era, en cierto modo, como un amante, tal como los tenían los hombres.

Muchas mujeres de la alta sociedad los tenían, especialmente cuando estaban casadas con hombres demasiado mayores como para... complacerlas en la intimidad.

Pero ella no se veía capaz de entregarse a otro hombre, no cuando aún pensaba en su esposo. Sin embargo, si su destino era pasar el resto de su vida junto a Marcus, entonces sí debía empezar a considerar esa posibilidad.

De pronto, sintió un movimiento detrás de ella y enseguida se levantó del banco de hierro, girándose para descubrir qué había producido ese ruido. Nunca nadie había estado allí con ella, por lo que resultaba extraño.

Su corazón dio un vuelco al descubrir que era Marcus, quien se encontraba detrás del banco, siendo este lo único que los separaba. Lo miró con una mezcla de curiosidad y sobresalto. Llevaba un abrigo de lana negro que le caía hasta las rodillas.

—¿Qué hace aquí? —preguntó, poniendo un rostro tranquilo.

—Cuando vengo a Agneswood House, siempre vengo aquí. Fui yo quien puso ese banco ahí —respondió, señalándolo.

Liviana bajó la mirada, avergonzada.

—No... lo sabía. Lo siento —dijo, ajustándose el abrigo—. Yo... ya me voy.

Se dispuso a marcharse para dejarlo solo. Seguramente él había ido allí para pensar o estar solo también. Pero Marcus la detuvo, interponiéndose en su camino y haciendo que sus cuerpos quedaran demasiado cerca.

—Espera —musitó él.

Liviana levantó la cabeza para poder observarlo.

Era más alto que ella; apenas le llegaba al hombro.

Lo observó, admirando sus facciones de cerca.

Eran demasiado escasas las veces que podía estar así de cerca de él.

Sus ojos azules la miraban también, pero ella no se detuvo en ellos.

No quería descubrir algún sentimiento negativo hacia ella en su mirada.

En vez de eso, recorrió sus cejas espesas y negras, los dos pequeños lunares que adornaban su pómulo derecho, debajo del ojo.

Su nariz perfilada y perfecta, luego sus labios finos y su mandíbula marcada, cubierta por una ligera barba.

Sus ojos se quedaron mirando fijamente el nudo de su pañuelo. Cuando pretendía alejarse, se tensó al sentir la mano de Marcus sobre su mentón. Su corazón latió aún más fuerte. Su tacto era suave y delicado. Él nunca la había tocado así.

Marcus levantó su rostro con delicadeza hasta que sus ojos se encontraron. Ella entreabrió los labios para decir algo, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta. Por nerviosismo, pasó la lengua por sus labios para humedecerlos, notando cómo Marcus bajaba la mirada hacia ellos.

—Milord, ¿qué...?

No alcanzó a terminar porque Marcus se inclinó y sus labios tocaron los suyos.

Liviana abrió los ojos, sorprendida, sin saber cómo reaccionar. Había esperado tanto tiempo ese beso que ahora no sabía si era real o producto de su imaginación.

Marcus continuó besándola con seguridad, dándose cuenta de que debía ir más despacio con ella, pues apenas podía seguir su ritmo.

Liviana cerró los ojos y comenzó a mover sus labios, correspondiendo al beso, sintiendo que todo el esfuerzo por olvidarlo había sido en vano. Olvidando incluso dónde estaban, aferró las manos a la tela del abrigo de Marcus casi sin darse cuenta.

No sabía cómo sentirse. Marcus era el hombre que la había hecho sufrir con su rechazo y su rencor, que la había culpado, juzgado y pensado lo peor de ella. Pero allí estaba él, besándola, y ella ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo.

Pero lo estaba disfrutando; ese beso era todo lo que había querido de él cuando se casaron en la iglesia.

Un pequeño suspiro escapó de sus labios cuando él pasó los brazos por dentro del grueso abrigo y la acercó más por la cintura. Liviana sintió que las piernas le temblaban.

Ese sonido fue suficiente para hacer que Marcus perdiera el poco juicio que aún conservaba. Siguió besándola con más intensidad, profundizando el contacto, mientras una de sus manos permanecía firme sobre su cintura y la otra se deslizaba detrás de su nuca.

Ella apoyó las manos sobre su pecho, todavía nerviosa, pero no intentó apartarlo; no quería que ese beso terminara.

Marcus se separó apenas unos centímetros y respiró con dificultad, mirándola fijamente: sus mejillas estaban encendidas, sus labios ligeramente entreabiertos y sus ojos turquesa lo observaban con una mezcla de sorpresa y nerviosismo.

—Eres... —murmuró, pasando el pulgar lentamente por su mejilla—. Dios, Liviana...

Ella tragó saliva, sin saber qué significaban esas palabras.

—¿Qué?

Marcus negó con la cabeza. Solo la besó otra vez, juntando más sus cuerpos, deseando estar en alguna parte de la casa donde pudiera hacerla suya sin interrupciones.

La deseaba con urgencia.

Pero no debía sucumbir más al deseo, no más de lo que había hecho al besarla.

Se apartó de repente.

Liviana lo miró confundida, todavía respirando con dificultad.

—¿Qué sucede? —preguntó, sintiendo cómo él se apartaba de ella y establecía una distancia entre ambos. Sintió la punzada del rechazo recorrerle la espalda.

Él pasó una mano por su cabello, negando con la cabeza.

—Esto... no debería haber ocurrido —dijo él, sin siquiera mirarla a los ojos.

La ilusión que apenas había comenzado a crecer dentro de ella murió de inmediato. Ella bajó la mirada, aguantando las ganas de llorar.

Claro. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua?

Marcus no la amaba, no la deseaba, ni siquiera entendía qué había sido ese beso.

¿Por qué la ilusionaba tan cruelmente? Pero ella era la estúpida; debió mantenerse fuerte y rechazar ese contacto.

Se acomodó el abrigo con manos temblorosas y tomó aire para aliviar el ardor del pecho.

—Por supuesto —murmuró con la voz temblorosa.

—Lo siento —lamentó él, pero Liviana negó, forzando una sonrisa amarga.

—No tiene que disculparse, milord. Solo fue... un error.

Marcus la miró arrepentido y eso le dolió aún más que recibir una mirada de odio o reproche.

—De verdad lo siento, Liviana. Quería disculparme contigo por todo lo demás, por haber sido un idiota contigo anoche, y por... —se calló, como si no supiera cómo continuar.

Liviana simplemente comenzó a alejarse; si permanecía allí unos segundos más, terminaría llorando frente a él.