Miserable Matrimonio Capítulo 25
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Capítulo 25

Marcus se encontraba en el comedor desayunando cuando Liviana entró en la estancia.

Al verla, se tensó de inmediato y no pudo evitar recordar la escena de la noche anterior, cuando había entrado en su habitación y la había visto desnuda. Apretó la mandíbula y apartó la mirada de su esposa, tratando de no recordar que incluso había soñado con ella después de eso.

Fingió indiferencia mientras continuaba con su desayuno, pero cerró los ojos un instante al percibir el aroma a rosas de Liviana. Carraspeó con incomodidad antes de volver a concentrarse en su plato. No admitiría que había extrañado sentir esa fragancia.

La miró de nuevo y vio que ya se había sentado en el lugar más alejado posible de él. Ella se limitó a desearle los buenos días por educación y comenzó su desayuno con tranquilidad.

Marcus se quedó observándola. Si ella estaba allí, significaba que ya no lo estaba evitando. Y pensar eso hizo que una sensación de alivio recorriera su cuerpo.

Siguió mirándola sin importarle que ella pudiera notar su escrutinio.

Observó primero su cabello, que llevaba suelto.

Nunca se lo había visto de esa manera. Lo tenía bastante largo y espeso, recogido parcialmente hacia atrás con algunos mechones trenzados que se entrelazaban sobre la parte superior de su cabeza, mientras el resto caía en ondas suaves por su espalda y sobre uno de sus hombros.

Algunos mechones más cortos enmarcaban delicadamente su rostro.

Después bajó la mirada hacia su rostro. Parecía tranquila, como si no le afectara tenerlo cerca.

Recordaba perfectamente cómo antes se sonrojaba con solo encontrarse en la misma habitación que él.

Ahora, en cambio, sus mejillas conservaban únicamente un tono rosado natural.

Sus ojos turquesa siempre parecían más claros por la mañana.

Continuó bajando la mirada por su mandíbula, hasta detenerse en su cuello, rodeado por una sencilla cadena de oro con un pequeño dije en forma de flor.

Después observó el vestido. Era de un tono azul pálido, que hacía que sus ojos parecieran todavía más claros. El escote cuadrado estaba adornado con un delicado bordado, mientras las mangas largas cubrían sus hombros y brazos.

Observó cómo tomaba su desayuno con calma y elegancia. No podía negar que su esposa poseía una gracia que antes no había notado del todo por estar juzgándola y rechazándola. Solo había que mirarla para darse cuenta de que Liviana podía ser la esposa perfecta para cualquier noble.

«¿Por qué fui tan estúpido y ciego?». Se preguntó, apretando los labios. Pero ya no podía echar el tiempo atrás.

—¿Quiere decirme algo, milord?

Marcus levantó la mirada una vez más hacia Liviana, que ahora lo observaba con una expresión neutral. Él ladeó ligeramente la cabeza y abrió los labios para negarlo, pero volvió a cerrarlos. Sí debían hablar.

—De hecho, sí —respondió con calma, evitando sonar indiferente. Si quería mantener la paz con su esposa, debía comenzar a hablarle con más respeto—. Creo que ahora que estamos más tranquilos deberíamos hablar.

—¿Sobre la anulación? —inquirió Liviana con la misma expresión serena.

Marcus soltó un ligero resoplido.

—Sí, pero... también sobre cómo convivir durante estos días que estaré aquí, en Agneswood House.

Liviana bajó la mirada hacia su vaso de leche sin mermelada. Le extrañó que no hubiera añadido mermelada a su leche.

—Está bien —respondió Liviana asintiendo, antes de mirarlo con sus ojos turquesa—. ¿Qué propone entonces?

Marcus no dejó de observarla. Siguió el movimiento de su mano cuando llevó el vaso de leche a sus labios y bebió un sorbo. Una pequeña gota quedó sobre su labio inferior y ella la retiró distraídamente con la lengua.

El gesto había sido sencillo e inocente, pero le resultó demasiado... provocador. Tanto que se removió incómodo en su silla y desvió la mirada.

«Definitivamente, no debí entrar en su habitación».

Antes la consideraba hermosa, pero se negaba a desearla. Era fácil hacerlo cuando la creía culpable de todo y, además, se creía enamorado de otra mujer.

Pero ahora que se sentía libre de cumplir con el honor que le debía a Emma y que ya no culpaba por completo a Liviana de lo ocurrido, se le estaba haciendo cada vez más difícil no mirarla con otros ojos.

—Solo que podamos compartir un espacio en paz, sin que se note que solo toleras mi presencia —respondió al fin, sintiendo la amargura en sus últimas palabras, porque antes era ella quien tenía que vivir con él tolerándola.

—¿Y se nota mucho? —preguntó ella con ironía. Él la miró, arqueando una ceja.

—Sí —respondió con sequedad—. Desde que llegué, huyes de cada habitación en la que estoy. Y tus palabras de anoche fueron bastante claras.

—Solo dije la verdad, milord. ¿Acaso no tengo derecho?

—Lo tienes, pero...

—Colaboraré —lo interrumpió ella, levantándose de su silla—. Mientras estemos en la misma casa, me comportaré como una esposa ejemplar.

Marcus asintió en agradecimiento.

—¿Y sobre la anulación de nuestro matrimonio? —preguntó aún de pie, lista para abandonar el comedor.

Marcus se enderezó y apoyó los codos sobre la mesa para juntar las manos.

—Se me ha hecho difícil solicitarla. Mi reputación... nuestra reputación —rectificó— se vería gravemente afectada. Esperaba tener respaldo político a estas alturas, pero aún se niegan a involucrarse.

Si era sincero, había dejado de intentar convencer a Harrington de que le brindara su apoyo político para solicitar la anulación desde hacía más de tres meses.

Y cuando intentó iniciarla sin ningún respaldo y sin importarle su reputación, le pidieron pruebas y el motivo por el cual estaba solicitando la anulación de su matrimonio después de más de un año de casados.

No dio ningún motivo, porque realmente la razón era demasiado estúpida y nada aceptable para que la Iglesia y los tribunales le concedieran la posibilidad de proseguir con el proceso.

—¿Entonces? —insistió Liviana.

La miró, notando cómo su rostro se llenaba de preocupación.

¿Tanto quería dejarlo?

Pero ya había tomado una decisión, aunque le resultara apresurada y supusiera una derrota para su orgullo. También sabía que no podía hacer nada más.

—Me temo que seguiremos siendo marido y mujer —sentenció, queriendo ver su reacción.

Liviana dio un paso hacia atrás, negando con la cabeza.

—Debe... debe haber alguna solución —musitó, mirando al suelo. Luego volvió a mirarlo y se acercó a él involuntariamente—. Este matrimonio... solo hará que seamos infelices. Haga algo antes de que sea demasiado tarde.

Él la observó con seriedad, sin entender por qué Liviana deseaba tanto la anulación ahora, cuando ella lo quería y había deseado ese matrimonio.

Entendía que quisiera mantenerlo lejos después de todo lo que había hecho y le había dicho, pero...

no podía aceptar que los sentimientos que ella sentía por él se hubieran desvanecido tan pronto.

—Liviana —dijo con calma, sin apartar la mirada—.

No sé si te hayan instruido en este tema, pero cuando dos personas se casan en esta sociedad, es para siempre.

Solo un motivo demasiado fuerte justificaría una separación.

Por capricho no puedes hacer que me case contigo y luego querer anularlo como si fuera un simple contrato de negocios.

Si lo que buscas es liberarte de las cadenas que tú misma decidiste ponerte, te advierto de que no podrás.

Él vio cómo sus ojos se humedecían y luego giraba la cabeza.

—Yo no lo hice por capricho —respondió con la voz quebrada.

Su corazón dio un vuelco, esperando que ella dijera algo más, como que continuaba sintiendo algo por él.

—Aunque eso no importa. Usted seguirá pensando lo peor de mí —dijo ella sin mirarlo.

Marcus frunció el ceño—. Pero... no entiendo por qué se dio por vencido solo por la reputación.

Usted es un marqués y futuro duque, su reputación puede reponerse, y tendrá la libertad de casarse con...

la señorita Ashton —su voz se quebró al nombrar a Emma.

Marcus se levantó y ella retrocedió unos pasos.

—Esto no tiene que ver con la señorita Ashton —gruñó. No deseaba involucrar a Emma en esa conversación—. Y ya tomé la decisión, Liviana. No hay vuelta atrás. Seguirás siendo la marquesa de Stafford. Ahora debes asumir la responsabilidad que elegiste.

Liviana lo miró con tristeza y, sin decir nada, salió del comedor casi corriendo. Marcus apretó los puños, sintiéndose un idiota por no haber sabido tener más tacto en sus palabras.

—Liviana, espera —gritó, caminando para ir tras ella, pero sus padres entraron en el comedor, deteniéndolo.

—Déjala, Marcus —pidió su padre con calma—. Deja que asimile que después de un año esperando una anulación, ahora le digas que continuarán casados.

Marcus apretó la mandíbula, pero le hizo caso a su padre.

—¿Y por qué decidiste dejar de insistir en la anulación? —preguntó su madre, tratando de esconder su alegría, pero se podía notar en el brillo de sus ojos.

—Mi reputación —respondió sin dar más explicación.

No quería explicar que, además de no tener una razón sólida para anular el matrimonio ante la Iglesia y los tribunales, ya no quería casarse con Emma, que era el principal motivo por el que al principio había decidido anular su matrimonio con Liviana.

—¿Solo eso? —insistió Lillian.

—Sí, madre. ¿Qué otro motivo buscas?

Lillian negó, acercándose a la mesa del desayuno.

—Ninguno —musitó.

Marcus desvió la mirada hacia la puerta por la que Liviana había salido casi corriendo, como si huyera de él una vez más. Bajó la cabeza, sintiendo que la conversación aún había quedado a medias. Ni siquiera le había pedido disculpas, que era, en realidad, por donde debía haber empezado.

∞∞∞

Liviana miraba el pequeño lago sentada en un banco de hierro viejo que estaba debajo de un sauce. Había encontrado ese lugar el año pasado, cuando siguió a Nube y a Bombón, y desde entonces, siempre que quería pensar o estar sola un rato, se escapaba a ese rincón.