Capítulo 24 #3
La decisión de viajar a Green Hills, más que complacer a sus padres al estar presente en las celebraciones, había sido para verla.
Había recibido durante meses informes del señor Thomas sobre Liviana: sabía que salía al pueblo, que pasaba tiempo con Lady Jayne, que pintaba, que había adoptado dos gatos y que parecía llevar una vida tranquila. Nada que pudiera preocuparlo realmente.
Pero una cosa era leer esos informes y otra muy distinta verla con sus propios ojos.
Quería saber cómo vivía y cómo era su vida sin él cerca.
Por lo que, al no tener ninguna misión pendiente de la Corona, decidió resolver buena parte de sus asuntos para partir de inmediato y saciar la curiosidad que le causaba la nueva vida de su esposa.
Ahora que estaba allí, no sabía qué hacer.
Ella había huido hasta el punto de ni siquiera compartir el comedor con ellos, pasaba horas en Devonshire Estate y, si no estaba allí, se la pasaba encerrada en su habitación.
El primer día no le tomó importancia, pero para el segundo y el tercero comenzó a desesperarse.
Se suponía que era él quien tenía que huir de ella y de sus sentimientos.
Se levantó de la cama de repente y se dirigió hacia la puerta.
Debían hablar. Al menos debía disculparse por haberla echado de su casa y por haber creído ciegamente en Emma. En eso, él no tenía razón y lo sabía. También sabía que Liviana tenía derecho a no perdonarlo, pero quizá podían llegar a algún acuerdo que les permitiera pasar esos días en paz.
Caminó por el pasillo y se detuvo frente a la puerta entreabierta de la habitación de Liviana.
—Liviana —llamó a la vez que tocaba suavemente, pero no recibió respuesta.
Volvió a llamar antes de empujar la puerta con cuidado y entrar. La habitación estaba vacía, pero iluminada por varios candelabros y con la chimenea encendida.
Marcus frunció el ceño, con la intención de irse y buscarla en alguna otra sala de la casa, pero se detuvo cuando escuchó voces provenientes del cuarto de baño.
Se acercó unos pasos, sin pensar realmente que estaba invadiendo la privacidad de su esposa, hasta detenerse frente a la puerta del cuarto de baño, que también estaba entreabierta.
Miró por la rendija y contuvo el aliento al ver justamente cómo Liviana se levantaba de la bañera.
Su pulso se aceleró y la sangre comenzó a bombear y a dirigirse a una zona que no debería reaccionar al ver a su esposa.
Pero era inevitable que el deseo despertara al verla con esa ligera camisa de baño de lino blanco, que se adhería a su figura como una segunda piel.
Una de las doncellas sostenía una bata mientras la otra se acercaba para ayudarla.
Pero Marcus apenas podía apartar los ojos de Liviana, hipnotizado por las curvas que los vestidos que usaba conseguían ocultar.
Su cuerpo reaccionó todavía más al ver cómo el camisón caía al suelo dejándola desnuda, con la piel húmeda y nacarada después del baño.
Contuvo el aliento y recorrió su figura con la mirada.
Esa imagen no se comparaba con la que aún guardaba de la noche en que se suponía que debía consumar su matrimonio, cuando ella había acudido a su habitación con un fino camisón casi transparente.
No era la primera vez que veía a una mujer desnuda. Estaba acostumbrado a la compañía femenina y a mujeres dispuestas a complacerlo... pero esa mujer de la que no podía apartar la mirada era su esposa, la mujer que detestaba y había rechazado.
Nunca había negado que era hermosa. Incluso pensaba que parecía un ángel a pesar de considerarla interesada y manipuladora.
Pero verla de esa manera desafiaba su autocontrol y lo obligaba a admitir que una parte de él siempre se había sentido atraída por su esposa.
En ese momento la deseaba con intensidad.
El rencor seguía allí, pero la pasión que despertaba en él parecía superarlo.
Necesitaba alejarse. No podía sucumbir al deseo. Por dejarse guiar por sus instintos más primitivos, había terminado creyendo que estaba enamorado de una mujer que no valía la pena.
No podía cometer el mismo error. Podía admitir que Liviana era hermosa, que le gustaba y que había despertado un deseo que no sabía cómo controlar, pero nada más.
No la amaba y no podía hacerle eso. No podía simplemente acercarse a ella para satisfacer sus propios deseos y después desecharla como si fuera un objeto.
Ella merecía más que eso. Y, si terminaba consumando el matrimonio, ya no podría solicitar la anulación, algo por lo que llevaba trabajando durante meses.
Apartó la mirada por un instante, pero volvió a observarla sin poder resistirse.
Las doncellas ya la estaban ayudando a ponerse un camisón limpio y seco.
Pero la imagen de la delicada línea de sus hombros, la curva de su cintura que bajaba ampliándose en sus caderas, la forma perfecta y redondida de su trasero y sus piernas torneadas que podían envolverlo mientras él...
Retrocedió inmediatamente, moviendo la cabeza con brusquedad para expulsar esas imágenes de sus pensamientos.
Tenía que salir de allí antes de que su autocontrol se quebrara por completo.
Sin decir una palabra, se dio media vuelta y salió a grandes zancadas de la habitación de Liviana, regresando a la suya.
Cuando estuvo solo, se revolvió el cabello con frustración. Su cuerpo todavía reaccionaba al deseo que había despertado al verla, y dudaba que incluso un baño frío fuera suficiente para calmarlo.