Miserable Matrimonio Capítulo 24 #2
40%

Capítulo 24 #2

—Está bien. Creo que... es lo mejor. No mereces vivir una vida huyendo de tu esposo o temiendo una humillación. Eres fuerte, Liviana. Me lo has demostrado durante todo este tiempo al no haberte derrumbado ni dejarte consumir por la tristeza. Ojalá yo hubiera sido la mitad de fuerte de lo que eres.

Liviana la miró con el entrecejo fruncido.

—¿Lo que te pasó fue tan doloroso? —preguntó.

Jayne desvió la mirada, girando el rostro hacia las contraventanas abiertas.

—El dolor fue... indescriptible. Y la culpabilidad, aún peor —respondió Jayne.

Liviana no podía imaginar qué pudo haber sucedido, además de ser rechazada por el hombre del que se había enamorado.

—No tienes que contármelo si es tan doloroso —musitó con una media sonrisa de comprensión.

Jayne asintió, agradeciéndoselo.

En ese momento, tocaron la puerta del observatorio. Al estar abierta, vieron que era el mayordomo.

—Milady, disculpe que la interrumpa, pero el marqués de Stafford busca a su esposa —informó el hombre.

Liviana y Jayne se miraron inmediatamente. Liviana parpadeó y tragó saliva, tratando de comprender qué hacía Marcus allí y, sobre todo, por qué había ido a buscarla.

Jayne la miró, esperando su decisión.

—Dígale que enseguida voy —respondió, y el mayordomo asintió e hizo una leve inclinación antes de retirarse—. ¿Por qué vino?

Jayne se encogió de hombros.

—Por ti. De los tres días que llevas huyendo, no habías demorado tanto en regresar. Puede que se haya preocupado.

Liviana bufó y negó con la cabeza.

—¿Marcus, preocupado por mí? Ni en mis sueños me atrevería a pensar eso.

—Bueno... tal vez haya cambiado. Ha pasado más de un año y...

—No me haré ilusiones. Marcus nunca se preocuparía por mí. Seguro la duquesa lo obligó.

—Entonces ve y pregúntale, Livi. No tengas miedo.

Liviana asintió. Luego se despidió de su amiga, obligándola a quedarse en el observatorio y prometiéndole que estaría bien y que después le contaría todo lo que sucediera.

Liviana bajó los escalones hasta el primer piso, dirigiéndose directamente hacia el vestíbulo, donde imaginaba que Marcus estaría esperándola.

A medida que se acercaba, el corazón comenzó a latirle con más fuerza.

No debía ilusionarse.

Que Marcus hubiera ido hasta Devonshire Estate no significaba que se preocupara por ella.

Se repitió eso una y otra vez hasta llegar frente a las puertas del vestíbulo. Respiró profundamente, enderezó los hombros y adoptó una expresión neutra antes de entrar. Marcus estaba sentado en uno de los sillones, todavía con el abrigo puesto.

Al verla, levantó la mirada.

Liviana no dijo una palabra. Se dirigió directamente hacia el lugar donde habían dejado sus prendas y tomó su abrigo.

Marcus apretó la mandíbula y se puso de pie.

—¿Acaso tenías que esperar que viniera por ti? —preguntó mientras se acercaba.

Liviana se colocó el abrigo con calma antes de mirarlo.

—No debió venir. Ya estaba por regresar.

—De cualquier manera, estas no son horas para que una mujer casada permanezca en la casa de otra persona.

—Es mi amiga —replicó Liviana con tranquilidad—. Siempre que observa las estrellas en su observatorio, me invita a acompañarla. Y, hasta donde sé, las estrellas se ven de noche.

Marcus frunció el ceño y, cuando iba a responder, Liviana continuó.

—Si le molesta que tenga amigas y me divierta, lo siento por usted, milord —expresó sin perder la calma—. Pero tendrá que soportarlo. Después de todo, pronto dejaré de ser su esposa. ¿O me equivoco?

Marcus la miró fijamente con ira. Pero había algo en sus ojos que Liviana no consiguió comprender. No parecía solamente enojo.

—Vamos —fue lo único que dijo, señalando la puerta con un gesto.

Poco después, ambos se encontraban en silencio en el interior del carruaje, sentados frente a frente. Liviana mantuvo la mirada fija en la ventanilla, intentando ignorar la presencia de Marcus. Deseó que el cochero avanzara más deprisa y que el viaje terminara cuanto antes.

—¿Desde cuándo te interesa la astronomía? —preguntó Marcus, rompiendo el silencio.

Liviana lo miró durante un segundo. La escasa luz del carruaje era suficiente para distinguir que él también la estaba observando.

Se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventanilla.

—Usted sabe muy pocas cosas de mí. Así que la pregunta correcta sería: «No sabía que te gustaba la astronomía».

Marcus apretó los puños.

—Liviana... —advirtió, pasándose una mano por el cabello, visiblemente frustrado—. ¿Qué intentas conseguir haciendo que mis padres me reprendan todo el día porque no quieres siquiera cenar con nosotros?

Liviana frunció el ceño y volvió a mirarlo.

—¿Disculpe?

—¿Qué tratas de hacer? —insistió Marcus—. Mi madre está convencida de que te he hecho algo desde que llegué y mi padre apenas puede ocultar su disgusto conmigo.

—Esa no era mi intención.

—Entonces, ¿cuál era?

Liviana desvió la mirada y apretó los puños sobre su regazo. ¿Por qué él siempre tenía que pensar lo peor de ella?

—Porque no quiero estar cerca de ti, Marcus —respondió finalmente, dejando de lado las formalidades.

Lo miró fijamente, tratando de impedir que sus ojos se humedecieran por la impotencia y el ardor que él le provocaba—.

Yo estaba muy bien aquí, esperando tu carta para saber que, por fin, este matrimonio había llegado a su fin.

Pero ha pasado un año y medio y esa carta todavía no ha llegado. Y ahora estás aquí.

Se detuvo unos segundos antes de que su voz comenzara a quebrarse, aunque hizo todo lo posible por contenerse.

—¿Qué pretendes, Marcus? —continuó, diciendo su nombre una vez más, aun sabiendo que él detestaba que lo llamara así.

Marcus abrió la boca, pero Liviana no le dio tiempo de responder.

—¿No fue suficiente con echarme de tu casa? ¿No fue suficiente con que me marchara de Londres para darte la libertad y el espacio que tanto deseabas? ¿También tenías que venir hasta aquí para atormentarme?

Una lágrima amenazó con escapar, pero Liviana la contuvo. Por esa razón no quería enfrentarlo, porque sabía que no estaba preparada y lo que menos quería era llorar frente a él.

—¿Qué más quieres de mí? ¿Qué me vaya a otro continente? Lo haría, créeme. Pero primero yo también quiero librarme de este miserable matrimonio.

Marcus la miró ahora con más suavidad y algo de vergüenza.

—No vine a atormentarte —musitó finalmente, girando el rostro hacia un lado.

Liviana soltó una pequeña risa amarga, limpiándose una lágrima rebelde que bajó por su mejilla.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Solo quería pasar las celebraciones con mi familia —respondió sin elevar la voz—. No sabía que mi presencia te causaría tanto malestar.

Liviana lo miró, con el pecho subiendo y bajando mientras trataba de controlar las ganas de llorar.

—¿Cómo querías que me sintiera? ¿Cómo quieres que me siente en la misma mesa contigo, sabiendo cuánto me odias y que detestas todo lo que soy?

No soy tan hipócrita, Marcus —masculló con una mezcla de rabia y dolor en la voz.

Luego respiró hondo una vez más—. Estoy dejando las ganas de fingir para cuando lleguen los demás invitados.

Aunque imagino que para nadie en Londres es un secreto que nuestro matrimonio es un completo fracaso.

Marcus permaneció callado, sin saber cómo responder a las palabras de Liviana. Ella hablaba con tanta seguridad que le costaba siquiera defenderse, aun sabiendo que gran parte de la culpa de esa situación era de ella.

—Liviana... yo, lo...

En ese momento, el carruaje se detuvo y Liviana no esperó a escucharlo. Abrió la puerta y salió sin esperarlo. Subió las escaleras casi corriendo hasta su habitación y la cerró de un portazo.

∞∞∞

Marcus estaba en su habitación, recostado en la cama, con un brazo detrás de la cabeza, mirando el techo del dosel, incapaz de dejar de pensar en la conversación que había tenido con Liviana hacía una hora.

Todavía le costaba creer que esa era la misma mujer con la que se había casado.

Un año y medio atrás, Liviana jamás se habría atrevido a hablarle de esa manera.

O eso quería creer. Ella siempre había sido callada, obediente e incluso hacía todo para hacerlo sentir bien, como proponer horarios en los que él pudiera evitar verla.

Había cambiado. Eso podía notarlo, aunque siguiera viéndose igual: hermosa como un ángel, con esos ojos de un turquesa claro, el rostro delicado y esa piel tan suave que parecía porcelana. Pero la forma de mirarlo... Al parecer, ya no tenía los sentimientos que decía tener por él.

«Y si es así, es tu culpa».

Bufó ante la vocecita que lo atormentaba desde que había visto a Liviana alejarse del carruaje. Era cierto, era su culpa, pero tampoco debía molestarle. Ella merecía amar a alguien que la valorara de verdad, que la amara como él no podía hacerlo.

Eso debería hacerle sentir alivio, pero no sabía por qué ese pensamiento, el de que ella hubiera dejado de amarlo, le provocaba... algo que no sabía definir.

No sabía exactamente qué, pero estaba seguro de que no eran sentimientos por su esposa.

Él no la conocía realmente y no volvería a cometer el error de decir que estaba enamorado sin conocerla de verdad.

Emma se había burlado de él por tonto, porque ahora admitía que solo se había sentido atraído por su belleza y su personalidad llamativa, pero, en el fondo, no había llegado a conocerla lo suficiente.

Y, en cuanto a Liviana, ella tenía razón; no la conocía porque nunca se dio la oportunidad de hacerlo, solo porque se había convencido de que era una mujer calculadora que había provocado ese matrimonio y que solo buscaba conseguir lo que quería.

Pero, ¿cuánto de eso era realmente cierto y cuánto había sido producto de su propio orgullo? Aunque no le quitaba la culpa, todavía seguía creyendo que ella era responsable de que estuvieran en esa situación.

Se pasó una mano por el rostro con frustración, preguntándose qué habría ocurrido si hubiera intentado conocer a su esposa antes de juzgarla.