Capítulo 24
El cuerpo de Liviana estaba tenso. Ni siquiera reaccionaba; solo podía mirar al hombre que estaba abrazando a Lillian.
A pesar del año y medio que llevaba sin verlo, nunca había olvidado su rostro, ni la proporción de su cuerpo y el espacio que ocupaba.
Su cabello ahora estaba un poco más largo y algo ondulado; algunos mechones le caían sobre la frente.
Su rostro seguía igual de varonil y perfilado, con la mandíbula firme, cubierta por una incipiente barba de varios días.
Pero mentiría si dijera que se veía mal.
Al contrario, se veía más maduro de lo que ya era a sus veintiséis años.
¿Por qué vino?
Ella estaba perdida ahora con su regreso.
Todo su progreso tratando de olvidarlo había retrocedido.
Y no entendía por qué seguía teniendo sentimientos por él.
Marcus ni siquiera la miraba, no la quería, la odiaba, la había humillado y sacado de su casa.
¿Acaso eso no pesaba más que las pocas cosas buenas que él había hecho por ella antes de que se casaran?
Bajó la mirada hacia su gata y tomó aire para controlar sus emociones. No podía permitir que notara que estaba afectada por su presencia.
—Milady.
Liviana levantó la mirada, encontrándose con Marcus frente a ella. Ladeó la cabeza y frunció el ceño al ver su mano extendida hacia ella.
¿Qué quería? ¿Qué lo saludara como si nada hubiera pasado?
Desvió la mirada hacia Lillian, que los observaba con esperanza. Ella soltó un disimulado suspiro.
«Solo finge igual que él, Liviana».
Cuando hizo el ademán de tomar su mano, Nube se incorporó de inmediato, enseñó los dientes y soltó un gruñido bajo. Después levantó una de sus patas delanteras hacia Marcus, como si estuviera dispuesta a golpearlo si se atrevía a acercarse un poco más.
Marcus retrocedió, mirando a la gata con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
—¿Qué demonios...? —musitó, ahora con el rostro fruncido.
Liviana abrió los ojos, avergonzada, y tomó a Nube entre sus brazos antes de que pudiera arañar a Marcus. No deseaba que él, por hacerla sufrir más, la obligara a echarla de su casa solo por intentar arañarlo.
—Nube, compórtate —la reprendió suavemente. Luego miró a Marcus con una expresión de disculpa—. Lo siento, milord.
Marcus miró a Liviana por más de un segundo y luego desvió la mirada hacia la gata. Sonrió de medio lado.
—Parece que no le agrado.
Liviana negó sin mirarlo, acariciando las orejas peludas de Nube.
—No está acostumbrada a estar cerca de personas que no conoce —respondió con tranquilidad.
Luego Nube bajó de su regazo y ella se levantó, pero Marcus no retrocedió y quedaron demasiado cerca, hasta el punto de que pudo percibir la débil fragancia que usaba. Sin pensarlo, retrocedió dos pasos, alejándose de él.
Lo mejor era mantener las distancias. Tampoco quería que él pensara que intentaba seducirlo o algo parecido. A su esposo le encantaba juzgarla sin razón. Lo mejor era no darle motivos.
—Bienvenido, milord. No esperábamos que estuviera presente en las celebraciones —continuó ella, levantando el mentón con seguridad.
Tenía los nervios a flor de piel, pero era muy buena ocultándolos.
Señaló a Lillian, que se encontraba a unos pasos, observando la escena casi sin respirar—.
Sus padres aseguraron que tenía otros asuntos que atender.
Marcus ladeó la cabeza y se aclaró la garganta, asintiendo.
—Los tenía, pero los resolví y decidí asistir a las fiestas —respondió con un tono suave y normal, no duro y frío como siempre cuando se dirigía a ella.
Liviana asintió, maldiciendo al saber que él se quedaría durante todo el tiempo que duraran las celebraciones navideñas.
«Dios, dame fuerzas».
—Entonces le diré a Martha que ordene preparar una habitación para usted —dijo, forzando una sonrisa antes de salir de la sala.
Cuando cerró la puerta detrás de ella, soltó un suspiro largo y tembloroso. Cerró los ojos y apretó los puños antes de continuar su camino por el pasillo.
Después de hablar con Martha y decirle que el hijo de los duques había llegado, se encerró en su habitación, dejando la orden de que, cuando el almuerzo se sirviera, se lo llevaran allí.
No tenía intención de compartir con Marcus, al menos no tan pronto.
Haría el esfuerzo cuando los demás invitados llegaran, pero, por el momento, se mantendría lo más lejos posible de él.
Los duques debían entenderla, o al menos eso esperaba.
Ella sabía cuánto Lillian deseaba que se llevaran bien, o que naciera algo más entre ellos, pero eso era imposible. Marcus nunca la aceptaría ni la amaría, y ella... no estaba dispuesta a humillarse más.
∞∞∞
—Entonces, estás huyendo de tu esposo —comentó Jayne, divertida, mientras ajustaba con cuidado el pequeño telescopio.
Liviana frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—No estoy huyendo —replicó con un bufido.
Jayne levantó la mirada del telescopio y arqueó una ceja.
—¿Y por qué estás aquí todavía, siendo ya casi las nueve de la noche?
Liviana abrió los labios para responder, pero volvió a cerrarlos.
—A ver, no me molesta que estés aquí. Eres mi amiga y, si encuentras un refugio aquí conmigo, puedo ordenar que preparen una habitación para ti —continuó Jayne con una sonrisa sincera, sin burla esta vez.
Liviana le sonrió en agradecimiento, pero negó con la cabeza.
—Creo que ya sería gritar demasiado alto que no quiero estar cerca de mi esposo —dijo, mirando cómo Jayne volvía a concentrarse en el telescopio.
No sabía que a su amiga le gustaba observar el cielo nocturno hasta hacía pocos meses, cuando la había invitado a observarlo con ella. Había sido una experiencia reveladora y hermosa para Liviana.
El observatorio era pequeño. Aunque no tenía idea de cómo debía ser un observatorio, esa era la primera vez que veía uno, al igual que un telescopio.
Pero Jayne tenía muchas cosas allí: libros de astronomía y geografía, algunos de los cuales Liviana sí había leído, porque le interesaba conocer las distintas partes del mundo que rodeaban Inglaterra.
De ahí había nacido su deseo por conocer otros lugares, como América o, tal vez, Oriente Medio.
También tenía algunos mapas demasiado antiguos y varios mapas de constelaciones.
En ese momento, las contraventanas estaban abiertas para poder observar el cielo nocturno, y el frío de diciembre se colaba por la habitación, aunque la chimenea encendida mantenía el resto de la estancia agradablemente cálida.
—Y yo creo que ya todos deben de haberlo percibido, Liviana.
Desde hace tres días solo vienes aquí, te escondes en tu habitación, no compartes el comedor con ellos y, ahora mismo, estás aquí, observando las estrellas conmigo, esperando que terminen de cenar y estén dormidos para regresar a Agneswood House.
Liviana bajó la cabeza, aún con los brazos cruzados.
—Es solo que... no quiero darle la oportunidad de humillarme o de pensar cosas de mí que no son —musitó.
Jayne apuntó algo en un cuaderno y la miró con cierta pena.
—Te entiendo. Sé que amar es doloroso, y más cuando no eres correspondida.
Pero, Liviana... Ha pasado un año y medio en el que te has preparado para este momento, para enfrentarlo sin bajar la cabeza.
¿Vas a dejar que todo ese esfuerzo se desperdicie por miedo a una humillación o a lo que piense ese granuja?
Liviana sonrió un poco y negó con la cabeza.
—No es tan fácil. Pensé que estaría preparada, pero...
—Lo sé, sé que no es fácil. Si lo fuera, ya habría regresado a Londres —la interrumpió Jayne, volviendo a mirar por el telescopio.
Liviana se quedó mirándola un instante. Ya eran cuatro años y medio los que Jayne llevaba en Green Hills.
No había regresado a Londres ni una sola vez, ni siquiera para disfrutar de una temporada siendo considerada una solterona a los ojos de la alta sociedad.
Pero a ella no le importaba, siempre y cuando permaneciera lejos de quien le había hecho daño.
Aún no sabía todos los detalles; Jayne le había contado poco y lo menos doloroso.
Pero lo que sabía era que se había enamorado y entregado al hombre equivocado.
—Esta noche el cielo está despejado —comentó Jayne—. Mira.
Se apartó del telescopio y le hizo un gesto para que se acercara.
—¿Qué estás observando? —preguntó.
—Las estrellas. En esta época del año hay algunas constelaciones que se distinguen con mucha claridad.
Liviana se inclinó y pegó el ojo al ocular.
—Es impresionante —susurró.
Permaneció unos segundos observando el cielo hasta que distinguió varias estrellas agrupadas, formando un dibujo que casi no llegaba a comprender.
—¿Es... un cazador?
Jayne soltó una sonora carcajada.
—¡Sí! Aunque no exactamente como lo estás imaginando.
Liviana se apartó del telescopio y la miró con una ceja arqueada.
—No te burles de mí. También puedo leer libros de astronomía y saber más que tú de estrellas y constelaciones —reprochó, cruzándose de brazos nuevamente.
Jayne rio, llevándose una mano al estómago.
—Sí, puedes leer también, pero te llevaría tiempo.
Todo lo que sé ha sido fruto de cuatro años de intensas lecturas —respondió Jayne, mostrándole a Liviana un libro con un dibujo de la constelación que acababa de ver—.
Lo que viste fue Orión —explicó, todavía divertida—.
Los antiguos astrónomos imaginaron que esas estrellas formaban la figura de un cazador.
Liviana asintió sonriendo. No deseaba leer libros de astronomía; no era un pasatiempo que le llamara la atención.
—Creo que ya debería regresar —dijo al cabo de unos minutos.
—La invitación de pasar la noche aquí era en serio.
Ella negó con la cabeza.
—Tienes razón, no debería seguir huyendo. Debo enfrentar a Marcus. Incluso... debemos tener una conversación seria. Al menos yo necesito saber si continúa queriendo la anulación.