Capítulo 23 #3
Aunque amaba Green Hills, no quería pasar el resto de su vida allí. Le gustaba la tranquilidad, el campo, el pueblo y las personas que había conocido, pero también quería conocer otros lugares.
—¿Dijiste algo, querida?
Liviana levantó la mirada y parpadeó varias veces. Luego negó con la cabeza. Lillian se encontraba sentada en el sillón frente a ella, hojeando una publicación que había llevado consigo desde Londres.
—No. Solo hablaba con Nube.
Señaló a la gata, que ya había vuelto a acomodar la cabeza sobre sus piernas. Lillian sonrió mientras miraba al animal.
—Todavía no puedo creer que hayas adoptado dos gatos.
—No podía dejarlos allí. Eran muy pequeños y estaban solos —respondió, encogiéndose de hombros.
—Y además les pusiste nombres bastante particulares.
Liviana soltó una pequeña risa.
—¿Qué tienen de malo?
—Nada. Solo me hace gracia que uno se llame Bombón y la otra Nube.
—Son nombres bonitos —dijo sin parar de reír.
En ese momento se encontraban en uno de los salones más pequeños de Agneswood House. Era una habitación cálida y acogedora, especialmente agradable con el frío de ese día. La chimenea permanecía encendida y varias velas iluminaban la estancia.
Alexander había salido al pueblo, y eso había provocado una pequeña discusión entre los duques de la que Liviana había sido testigo.
Lillian se había negado rotundamente a que su esposo saliera con ese tiempo tan frío. Alexander, por su parte, había asegurado que no permanecería fuera demasiado tiempo y que no había razón para preocuparse.
Habían discutido durante varios minutos. Nada realmente grave, pero para Liviana había resultado sorprendente. Nunca había visto a los duques discutir, ni siquiera una mala mirada entre ellos. Al final, Alexander había salido de todos modos y Lillian se había quedado claramente molesta.
Liviana no había podido evitar sonreír, pensando que seguramente eso era lo que significaba estar casado con alguien a quien se amaba.
Bajó la mirada hacia la gata que descansaba sobre sus piernas y continuó acariciándola, reparando entonces en la publicación que Lillian tenía entre las manos.
—¿Qué está leyendo?
Lillian levantó la revista para mostrársela y ella leyó la portada: Revista de Sociedad de Lady Kennt.
Liviana arqueó una ceja.
—¿Es una revista de moda?
—No exactamente. Aunque también tiene buenos consejos de moda —respondió, inclinándose un poco hacia delante para mostrarle la revista—. Es una publicación nueva. Ha comenzado a circular en Londres hace algunos meses.
—¿Y quién es Lady Kennt?
—Nadie lo sabe. Solo sabemos que ese es el nombre que utiliza. Algunos dicen que es una dama de la sociedad; otros, que se trata de un caballero que utiliza un seudónimo femenino. Nadie ha conseguido descubrirlo. Pero todo lo que escribe sobre la sociedad son chismes.
Liviana miró la revista con mayor interés. Claro que quería saber los chismes de Londres.
—No sé cómo lo hace, pero parece saber todo lo que ocurre en las casas importantes de Mayfair y en otras zonas de la alta sociedad.
—Debe tener espías —comentó Liviana, divertida.
Lillian solo se encogió de hombros.
—Lo divertido es que todos en Londres esperan y temen cada nueva edición. Nunca se sabe de quién hablará —añadió Lillian, abriendo la página que estaba leyendo—. Son solo unas pocas páginas, pero mira esto.
Liviana se acercó un poco, todavía con Nube sobre el regazo.
—¿Qué dice?
—Al parecer, el duque de Beaufort está enamorado de una cantante francesa.
Liviana abrió los ojos, sorprendida.
—¿Beaufort? ¿El amigo de Marcus?
Lillian asintió.
—Dice que se les ha visto juntos en incontables ocasiones y en circunstancias que difícilmente podrían considerarse propias de una simple amistad.
Liviana dejó escapar una pequeña risa de incredulidad.
—¿El duque de Beaufort con una cantante francesa? Eso sí que no me lo esperaba.
—Y, según Lady Kennt, el duque no se pierde una sola de sus presentaciones en el teatro —añadió Lillian, divertida—. Estoy segura de que Lady Delphina, la duquesa viuda, debe estar arrancándose los cabellos al enterarse de esto.
Liviana rio nuevamente, mientras Nube ronroneaba bajo sus caricias.
Desde el exterior llegó el sonido de unos cascos y, enseguida, Lillian dejó de sonreír.
—Seguro que es Alexander —dijo con la voz seria, nada que ver con la diversión que había mostrado apenas un momento antes.
Liviana intentó contener una sonrisa, porque sabía cuál era la verdadera razón de su preocupación.
La duquesa había fingido todo ese tiempo que no estaba inquieta por la salida de su esposo.
En parte, Liviana la comprendía. Sabía cuánto amaba a Alexander y cuánto temía por su salud.
Desde que estaba en Londres había escuchado algunos comentarios sobre que el duque llevaba un tiempo delicado de salud, aunque nunca había conocido los detalles.
—Seguro que sí —respondió suavemente.
Minutos después, la puerta de la sala se abrió y Liviana levantó la mirada con una sonrisa, esperando ver al duque acercarse con algún regalo para su esposa después de haberla hecho enfadar.
Pero la sonrisa desapareció de su rostro y su corazón dio un vuelco al ver que quien se acercaba a ellas no era el duque.
—Marcus.